La intensidad bien entendida

Por J.C. Maraddón
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Por más que la posteridad haya fijado la fecha del 10 de diciembre de 1983, con la asunción de Raúl Alfonsín como presidente, como el momento del retorno de las instituciones democráticas en la argentina, la recuperación de los derechos republicanos tras la dictadura fue un proceso que no puede ser datado tan fácilmente. Porque antes de que el candidato de la UCR ganara las elecciones ya se había producido un cierto relajamiento del régimen militar, que había iniciado una apertura forzada por la presión ciudadana. Y porque después, ya con Alfonsín en el poder, hubo resabios de la represión que siguieron activos. Tanto en las fuerzas armadas como en las policiales, continuaron prestando servicios muchos de los que habían protagonizado ese plan de exterminio que se orquestó tras el golpe de 1976, donde se incluyó el secuestro, la desaparición forzada y el asesinato de miles de personas. Y el aparato de inteligencia del estado no había cambiado su orientación y proseguía con su espionaje de dirigentes gremiales y estudiantiles, de militantes políticos y de todo aquel que estuviese bajo sospecha de no alinearse con el pensamiento occidental y cristiano. Es sabido, además, que algunos de esos agentes se mantuvieron en sus puestos durante décadas. Por eso, a la par de que los años ochenta señalaron los albores de la primavera democrática y la fiesta por el retorno a la senda de la institucionalidad, también se verificaron en ese periodo serios reflujos del terrorismo de estado, que se plasmaron en rebeliones y levantamientos de los llamados “carapintadas”. Y también se hizo notoria esa oscura herencia en la discriminación que sufrieron ciertos sectores de la sociedad, condenados por una moral hipócrita a afrontar una doble vida, porque cualquier manifestación de homosexualidad era reprimida, ya fuera por el abuso de autoridad o por la constante clausura de los lugares donde se reunía la comunidad gay. De a poco, la mentalidad fue cambiando y la convivencia social amplió su perspectiva, hasta incluir a quienes no adherían al binarismo de género, que ya en la década de los noventa empezaron a disponer de espacios donde no necesitaban apelar al ocultamiento para sobrevivir. Pero, antes de llegar a ese punto, esas biografías tenían en común un derrotero que estaba atrapado entre los mandatos sociales y los deseos íntimos, en una incongruencia fatal a la que el HIV le sumó una cuota de tragedia que sembró el pánico y la muerte. Agustina Comedi, quien ganó recientemente el Festival de Berlín un premio Teddy por su cortometraje “Playback. Ensayo de una despedida”, había tenido la valentía de relatar una historia autobiográfica en una película de 2017, “El silencio es un cuerpo que cae”, donde reconstruye la vida de su propio padre, fallecido en 1999. Hasta que ella nació, él había sido un personaje conocido en el mundo gay de la capital cordobesa y vivió en pareja con su novio durante 11 años. Cómo es que después de transformó en un padre de familia acorde a lo que establecían los parámetros de la época, es la pregunta que dispara el argumento del filme. Como él tenía una obsesión por filmar todo con su cámara, Comedi combina armoniosamente esos registros caseros con testimonios de familiares y amigos, además de videos en VHS del grupo Kalas, formado por trans y drag queens de la Córdoba ochentosa. “El silencio es un cuerpo que cae”, que ha sido objeto de premios y críticas muy elogiosas, puede ser vista en la plataforma Vimeo on demand, pagando una módica suma que es muy bien recompensada por la calidad y la intensidad de la obra.