Coronavirus, Estado y mercado

Es interesante observar que, después de décadas reflexionando sobre el rol del Estado en las sociedades modernas, al final volvemos a pedirle que haga lo que, por definición, debería hacer con independencia de cualquier otro criterio, esto es, brindar salud, educación y seguridad.

Por Pablo Esteban Dávila

Es interesante observar que, después de décadas reflexionando sobre el rol del Estado en las sociedades modernas, al final volvemos a pedirle que haga lo que, por definición, debería hacer con independencia de cualquier otro criterio, esto es, brindar salud, educación y seguridad.

La crisis del Coronavirus ha vuelto a poner sobre el tapete esta cuestión. Con un país en cuarentena se espera que haya recursos suficientes como para atender a los casos más graves y que las fuerzas de seguridad tengan los medios suficientes como para hacerla cumplir. Sin la reclusión obligatoria dispuesta ni hospitales en condiciones, el pronóstico sería todavía más sombrío de lo que es. Sólo el Estado es capaz de asegurar estos bienes públicos esenciales.

La educación, es inevitable, también tambalea frente a las medidas de excepción que se han tomado. Aun en pleno Siglo XXI, la organización escolar se encuentra fuertemente atada al dictado presencial de clases, esto sin contar con la función de contención social que cumplen muchos establecimientos educativos. Sin embargo, es sano que, tanto desde el Estado como de las propias comunidades educativas, se hayan puesto al servicio de los estudiantes diferentes plataformas de aprendizaje en línea. Aunque se desconoce qué porcentaje de alumnos se encuentra haciendo uso de estas posibilidades, se presume que es razonable y que vaya en aumento.



Hasta ahora, el Estado argentino, en todos sus niveles, parece estar dando batalla con alguna hidalguía. Hay problemas en la Capital Federal y el conurbano bonaerense para hacer cumplir la cuarentena, pero también es cierto que resulta complicado enfrentarse con éxito a la especial pasión argentina por la desobediencia, al menos en aquella región tan particular. Pero en el resto de las provincias las restricciones parecen estar funcionando. Nadie habla, todavía, de colapso sanitario o cosa que se le parezca. Es buena cosa.

La contracara de este inédito despliegue estatal es su financiamiento. En situaciones normales, la mayoría de la opinión pública da por sentado que el gasto gubernamental es sufragado por los impuestos del sector privado. Esta presunción es compartida incluso por los más estatistas. No obstante, ahora que empresas y trabajadores se encuentran en cuarentena, la falta de actividad amenaza a la economía tanto como el Covid-19 al sistema respiratorio. ¿Quién pagará por la salud y la seguridad de extenderse la pandemia?

Sucede que sin mercado no hay impuestos, porque únicamente los privados crean la riqueza necesaria para que el gobierno pueda redistribuirla. Casi con el agua al cuello, ni siquiera los que sostienen que el Estado es el mejor empresario o el más estratégico se atreven a soslayar este hecho. La Casa Rosada, nominalmente de centro izquierda, comienza a darse cuenta de que no puede menospreciarse ese flujo invisible, cotidiano, que se las arregla para concertar a millones de actores para producir bienes y servicios a cambio de una serie de señales denominadas precios y valores. Cuando la fuerza mayor hace que esta coordinación desaparezca, la cuestión se transforma en un dolor de cabeza para gobernantes y burócratas.

La situación de necesidad impuesta por el flagelo hace que todo se vea más claro que antes. Es indispensable que el Estado brinde los servicios indispensables y que el mercado provea los fondos para que ello ocurra. No hay supletoriedad en las empresas públicas para esta alquimia. La mayoría requiere de subsidios para funcionar y sus balances son ampliamente deficitarios. Son parte del problema, no de la solución.

Tómese el caso de Aerolíneas Argentinas. Algunos, especialmente a través de las redes sociales, han ponderado su accionar al repatriar a miles de compatriotas desde destinos tales como Miami o Madrid. Sin esta herramienta pública -sostienen- ninguna otra compañía los hubiera rescatado. Lamentablemente, esto no es correcto. Se olvida, en muchos casos maliciosamente, que fue el propio gobierno argentino el que impidió los vuelos desde los países afectados, tal como le recordó la española Iberia al canciller Felipe Solá tras un furcio nacionalista en Twitter. Además, para ejecutar estos vuelos “humanitarios”, Aerolíneas pasa una factura multimillonaria todos los meses, que deben cubrir con sus impuestos también los contribuyentes que jamás se suben a sus aeronaves.

Afortunadamente, el presidente es lo bastante sensato como para no batir el parche sobre los imaginados méritos de la actividad empresaria del Estado. Sabe (y lo dice) que el precio a pagar para detener el Coronavirus es parar la economía, que no es otra que la economía privada. Para comprender mejor este punto baste reparar en que, salvando las prestaciones esenciales, la ausencia de actividad administrativa supone un ahorro apreciable para las cuentas públicas y que incluso la prestación del servicio de Justicia -tan indelegable como podría serlo el de la educación- parece no importar mucho por el momento. Es un hecho que la mayoría de los jueces y fiscales han puesto pies en polvorosa ante el virus y que han instituido una feria sanitaria de facto que, seguramente, complementará las tradicionales de julio y enero por venir.

Cuando la crisis concluya sería interesante que la humanidad tuviera, entre sus activos, una nueva vacuna y estrategias sanitarias más eficaces contra las amenazas biológicas que, de tanto en tanto, aparecerán en el horizonte. Pero también sería fantástico que, al menos en Argentina, se tomara nota de cuan débil puede ser el Estado cuando no existe un sector privado capaz de generar riqueza en forma sustentable. Durante años el gasto público improductivo ha sentido sus reales sobre empresas y contribuyentes, ahogando sus finanzas y generando un entorno normativo que ha desalentado sistemáticamente la inversión y el riesgo. Tan endeble, tan delgado es el tejido productivo nacional que un resfriado puede matarlo, como parece estar sucediendo por estas horas.

La amenaza del Covid-19 quizá represente, más allá de todo el sufrimiento que conlleva, una oportunidad única para redescubrir las bondades del mercado y sus infinitas variaciones creativas, archivando definitivamente los sueños de un Estado omnipotente que, cuando las papas queman, se las ve en figurillas para cumplir los únicos cometidos que no puede delegar en terceros.