“Teddy” refiere su paso por Córdoba (Primera Parte)

En 1913 llegó a Córdoba el expresidente norteamericano Theodore Roosevelt. A través de fuentes diversas y de un artículo suyo para la revista The Outlook, se puede reconstruir aquella visita del político republicano a La Docta.

Por Víctor Ramés
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Theodor Roosevelt en un rapto de buen humor. Dejó escrita una nota sobre Córdoba.

“Una multitud se había dado cita en el andén para recibir al huésped. En la propia estación ferroviaria le dio la bienvenida, en nombre de la ciudad, su ‘Lord Mayor’, Ramon Gil Barros. Hubo luego un acto protocolar en la Gobernación. Al término del mismo, el viajero decidió, de manera inesperada, pasar al despacho del primer magistrado.”

Así describía Emilio Sánchez, en su libro Del pasado cordobés en la vida argentina, el arribo a Córdoba del expresidente norteamericano Theodor Roosevelt, el martes 18 de noviembre de 1913, de camino a la cordillera de los Andes. Se hallaba a cargo del gobierno de Córdoba Garzón Maceda.

Roosevelt vino por invitación del Museo Social Argentino, institución fundada en 1911 para el estudio de los problemas sociales y la búsqueda de respuestas para la sociedad contemporánea. Su recepción en Buenos Aires se hizo entre marchas y aplausos, y en la casa de gobierno le dio la bienvenida el vicepresidente a cargo de la presidencia, Victorino de la Plaza. Se le dedicaron homenajes, banquetes, eventos y recepciones, e Incluso se hizo acuñar una medalla para la ocasión. Roosevelt se entrevistó con diversas personalidades intelectuales y políticas.

La visita del líder republicano se inscribía en la política de cooptación de las naciones sudamericanas bajo los principios de la vieja doctrina Monroe, resumida en el precepto “América para los americanos”, que se proponía excluir los intereses europeos en juego. Lo precedían hechos trágicos en Centroamérica, encuadrados en lo que los EE. UU. llamaban la “guerra bananera”, entre los que se hallaban frescos la intervención en Panamá algunos años antes y la invasión y ocupación militar de Nicaragua en 1912. El mensaje que venía a traer Roosevelt a la Argentina tenía que ver con poner a nuestro país en un lugar especial en el concierto panamericano, como una nación capaz de autodefinir su destino, a diferencia de los países del Caribe y Centroamérica que, a su juicio, debían contar con la custodia estadounidense y caían bajo la aplicación de la política del garrote (Big stick).

La figura de Teddy Roosevelt, el cazador por deporte de elefantes, cebras, rinocerontes y otros animales en el África, el estadista fuerte del imperio del norte, el “hombre elegido” para engrandecer a los Estados Unidos, no contaba con la unánime predisposición argentina, y en Córdoba, según cuenta Emilio Sánchez, hubo legisladores que no asistieron al banquete de homenaje a Roosevelt, mencionando cuestiones protocolares. De hecho, hubo menos concurrentes de lo esperado al evento.

Para aquella cena se había impreso una invitación en inglés, convidando a una cena en honor al Coronel Theodor Roosevelt. La organizaban el gobierno y la municipalidad de Córdoba. Se haría en el Plaza Hotel, donde se alojaban Roosevelt y su comitiva. Habría una apertura musical a cargo del Octeto “Ad Artem”, previo a una aristocrática cena de platos en francés. El propio Emilio Sánchez, periodista, diputado provincial, fiscal, hombre funcional al elenco gobernante, relata que se apresuró a contestar la invitación. “No iba a desechar la única oportunidad que, acaso, me reservara la vida para cambiar un saludo, para escuchar al personaje que la América Latina tenía singular interés en conocer”.

Por lo que cuentan los periódicos y el memorialista, el discurso que Roosevelt hizo resonar en el salón del Plaza, a los postres (bombe diable rose y gateau parisien), incluyó afirmaciones como que deseaba “la América regida por los americanos para la humanidad” y que su país, que era ya una potencia mundial, “tendría papel preponderante en el concierto universal”.

La visita del norteamericano le permitió interesarse por el estado de la educación en Córdoba, lo que lo llevó a visitar la Universidad Nacional de Córdoba, y también la Escuela Nacional de Agricultura. Así lo refiere en el relato de su viaje, publicado en el semanario neoyorquino The Outlook, del que Roosevelt era editor asociado.

La nota se titula “Camino a los Andes / Una vieja ciudad universitaria”. Allí el visitante describe sus impresiones:

“Cuando llegamos a la provincia de Córdoba, pasamos a través de un campo de granjas, más bien árido que me recordó uno del oeste de Texas, con árboles parecidos de algún modo a los mesquites (leguminosas comunes en Texas y México) y al palo verde (espinillo) y setos de cactus con flores brillantes. Luego el campo se volvió más fértil, hasta que llegamos a la floreciente ciudad de Córdoba. Se trata de una ciudad muy antigua, más que cualquier ciudad de los Estados Unidos. Uno de nuestros acompañantes, que nos hacía de guía por la ciudad, era un hombre descendiente de uno de los primeros pobladores, cuyos antepasados habían estado en Córdoba durante trescientos años. Era un ciudadano próspero y pujante. Su negocio era la compra y venta de ganado, fincas y propiedades urbanas, mientras que su hermano era un abogado prominente. Durante los últimos veinte años, Córdoba había dado un gran salto hacia adelante y hoy es una ciudad próspera, con líneas de trolley, red de agua potable, división limpieza de las calles y el resto, tal como una ciudad de los Estados Unidos del mismo tamaño. Visitamos la Universidad. El año próximo celebrará su tricentenario, ya que es más antigua que cualquier universidad estadounidense. No debe entenderse esto, sin embargo, fuera del contexto real. Estas viejas universidades de América Latina durante el período hispánico colonial no eran otra cosa que la continuidad del viejo sistema universitario medieval, y representaban un retroceso en relación a un tipo no demasiado avanzado en su origen, tal como la vieja universidad mahometana de la actualidad, que es retrógrada respecto al estándar de la antigua universidad mahometana que floreció bajo el califato de Córdoba. Sin embargo, allí donde la ignorancia estaba a un nivel muy alto y era tan profunda, estuvo bien que existieran aquí y allá al menos unas luces débiles e intermitentes.”