El Teorema Versalles

La historia política contemporánea de Villa María bien podría haber inspirado una obra de Shakespeare. Lo tiene todo: amistad, intriga, pasión y traiciones. Y, para delicia de los lectores, su final está todavía abierto.

Por Pablo Esteban Dávila

La historia política contemporánea de Villa María bien podría haber inspirado una obra de Shakespeare. Lo tiene todo: amistad, intriga, pasión y traiciones. Y, para delicia de los lectores, su final está todavía abierto.
El inicio de la saga hay que buscarlo atrás en el tiempo, cuando un jovencísimo Eduardo Accastello debutaba como concejal peronista en la capital del departamento San Martín. En 1995, y cuando la ciudad todavía era gobernada sin interrupciones por el radicalismo, intentó llegar al poder mediante un acuerdo con la UCEDE local. No le alcanzó, pero el precedente sirvió, entre otros factores, de inspiración para la fundación de Unión por Córdoba tres años después.
Dueño de una determinación sobresaliente, Accastello llegó finalmente a la intendencia en 1999 y, desde aquel entonces, rigió de una u otra manera la vida política de la ciudad. Sus sucesores, primero Nora Bedano (exesposa) y luego Martín Gill, fueron, cada uno a su turno, señalados por él mismo para reemplazarlo.
Cuando en 2003 irrumpió inesperadamente el kirchnerismo, Accastello se percató rápidamente de dos cosas: la primera, que sus ambiciones para ocupar la gobernación de Córdoba serían postergadas sine die por José Manuel de la Sota; la segunda, que Néstor estaba huérfano de representantes en una provincia que, como se recuerda, se había decantado mayoritariamente por Carlos Menem en abril de aquel año. No dudó en abrazar al flamante presidente.
Su lealtad le fue pagada con creces. Durante muchos años, Villa María fue considerada la Dubái mediterránea gracias a los fondos que, generosamente, la Nación le dispensaba. Esta ayuda se prolongó incluso cuando el Centro Cívico cortó lazos definitivamente con la Casa Rosada. A cambio, Accastello logró que el entonces Frente de la Victoria triunfase en el departamento San Martín cada vez que algún compromiso electoral solicitaba su intervención.
Luego del triunfo de Mauricio Macri, el exintendente comprendió que el kirchnerismo ingresaba en tiempos de cambio y supo reinventarse. Hábil jugador de póker, había logrado mantener relaciones razonables con el PJ cordobés durante su larga militancia K, ductilidad que le permitió ser rehabilitado para ingresar al club de De la Sota y Juan Schiaretti. Hoy es el ministro de Industria en el flamante gabinete provincial.
Lo que no logró, sin embargo, fue conservar su influencia sobre Martín Gill, intendente desde diciembre de 2015 y recientemente reelecto. El exrector de la Universidad Nacional de Villa María mostró pronto tener vuelo propio y elegir su propio camino, para desmayo de su mentor. Fue una traición de las más comunes en la política, para las cuales no existe antídoto eficaz y de la que ningún dirigente, por más importante que sea, está exento.
Quizá por el principio de la simetría inversa, Gill decidió desempolvar su fe kirchnerista cuando se hizo evidente que Accastello hacía lo propio con sus convicciones pejotistas. Esto ensanchó todavía más la grieta entre ambos. De cualquier manera, cada uno, a su modo, hizo un buen negocio: mientras que este imaginó una nueva proyección provincial luego de la contundente reelección del gobernador, aquél se restregó las manos tras la victoria de Alberto Fernández en las presidenciales de octubre.
En los papeles, Gill garantizaba al presidente conservar el histórico reducto K en una provincia monolíticamente antikirchnerista. Con un poco de suerte y algo de audacia, hasta podría haber reeditado las gloriosas épocas de la obra pública accastellista merced a la ayuda federal. Sin embargo, Alberto tenía otros planes. En el proceso de armado de su gabinete, el nombre del intendente apareció en el bolillero de los candidatos y no dudó en convocarlo para que ocupara la Secretaría de Obras Públicas de la Nación. Es la misma posición que, en su hora, supo desempeñar el malogrado José López, el de los bolsos con dólares y el convento trucho.
La partida de Gill hacia Buenos Aires generó otro capítulo dentro de esta novela de desencuentros. Conocedor de la vulnerabilidad de todo funcionario político, en donde la estabilidad está a tiro de decreto, el intendente se cuidó de renunciar a su dignidad electiva, optando, en su lugar, por un pedido de licencia de 179 días. La extrañeza del plazo obedece a que no existe la posibilidad de mantener el cargo por más de seis meses sin elegir por quedarse en la ciudad o renunciar. Tener lo mejor de los dos mundos requiere algo de creatividad.
Pero la estrategia encierra un problema clásico, el de la sucesión. Como Villa María no tiene viceintendente, es el presidente del Concejo Deliberante quien reemplaza al Lord Mayor en caso de ausencia. Y Carlos De Falco -de él se trata- parece tener más afecto por Accastello que por Gill. Dada esta situación, el intendente en uso de licencia ha requerido a los suyos que aparten a De Falco y designen, en su reemplazo, a Pablo Rosso, de quién supone es un incondicional.
Decirlo, como ocurre a menudo, es más fácil que hacerlo. Gill no tiene mayoría propia en el Concejo y requiere de los accastelistas (que son dos) o de los macristas (que totalizan 5) una improbable colaboración para llevar adelante sus planes. Si no lo lograse, estaría a las puertas de un virtual cambio de signo político en el gobierno local. Por estas horas se verifican afiebradas negociaciones para que las intrigas del Concejo villamariense no separen lo que la voluntad popular ha unido.
Sin embargo, y amen de lo sorprendente de la situación, no es el brulote lo que más apasiona al analista, sino la miopía de sus principales protagonistas, esto es, del presidente de la Nación y del propio intendente. Ambos han coincidido, aunque involuntariamente, en dejar a la deriva un territorio ganado para el kirchnerismo. Lo que está sucediendo allí es un recordatorio de lo provisorio que pueden ser los límites comarcales cuando de política se trata.
¿Qué tan imprescindible puede resultar Gill en la Secretaría de Obras Públicas? O, mejor sea dicho, ¿qué cosa atiende mejor a los intereses de Fernández? ¿retener una ciudad importante en una provincia díscola o conchabar a un funcionario que, de todos modos, ya estaba alineado con su gobierno? Puede que sea opinable, pero la primera opción pareciera ser la recomendable, dada la actual geografía electoral del país.
Dado este razonamiento, es forzoso concluir que la mayor cuota de la responsabilidad por el desatino le compete al presidente. Al excluir a Gill de la cotidianeidad cordobesa, le priva un potencial candidato a su propio espacio en Córdoba y revive el fantasma de Accastello que tanto mortifica al intendente. Además, deja un poco más solo a Carlos Caserio en su disputa con el gobernador por el control partidario. No se entiende la tirria de tener cerca a sus incondicionales, aun en contra de lo que dicta la sana práctica de la política.
Puede que Fernández sea víctima del “teorema Versalles”. La historia señala que el imponente palacio fue mandado a construir por Luis XIV para mantener cerca suyo a los nobles franceses y evitar, de tal modo, desagradables conspiraciones o el surgimiento de algún cisne negro capaz de disputarle el trono. Encerrarlos en una libertina jaula dorada fue el mejor remedio a sus preocupaciones reales.
No obstante, el presidente dista de tener las tribulaciones del Rey Sol. Por el contrario, él necesita que su delgada aristocracia -que es más bien escasa; el resto le pertenece a Cristina- ocupe territorio a lo largo y ancho del país y lo consolide en su propio poder. Encerrar a sus incondicionales en la Casa Rosada o los aledaños edificios del gobierno no es la mejor decisión táctica especialmente cuando, en el caso de Gill, se trata de un dirigente con votos propios en un distrito con una escasa tasa de albertismo por habitante.