Resistencia al neoliberalismo, ganancia del capitalismo

La diplomatura de resistencia al neoliberalismo que presentó la Universidad de Buenos Aires es un adefesio ideológico que deja en claro que el capitalismo se reinventa de formas caprichosas.

Por Javier Boher
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Si hay algo de lo que nuestro país se ha enorgullecido siempre es de su sistema educativo. Pese a las tendencias revisionistas que pretenden demonizar al “padre del aula, Sarmiento inmortal”, aquel germen de educación primaria universal y pública formó a sucesivas generaciones de argentinos que entendieron a la educación como una herramienta de movilidad social o de autorrealización.

Con una cobertura educativa pública que abarca desde el nivel inicial hasta el nivel superior, las posibilidades de estudio existen para todos aquellos que puedan superar todas las otras barreras de acceso vinculadas a cuestiones laborales o socioeconómicas. El reconocimiento del valor de la educación -aunque golpeado- sigue condicionando a los gobiernos responsables de garantizarla.

Por eso tanta gente celebra la multiplicación de la oferta educativa en el nivel superior, que genera nuevas carreras o cursos destinados a satisfacer las crecientes y complejas necesidades del mercado laboral en el mundo moderno.



El mundo actual presenta nuevos desafíos para los que hay que prepararse, razón suficiente para que la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (la universidad argentina mejor rankeada a nivel internacional) haya decidido lanzar una llamativa diplomatura en su oferta académica 2020: Diplomatura sobre Movimientos Sociales, Derechos Humanos y Resistencias frente al Neoliberalismo.

Casi como si fuese un curso sobre homeopatía o astrología, un adoctrinamiento pseudocientífico de resistencia al neoliberalismo que sólo puede traducirse en desprecio a las ideas liberales en general. A favor de los derechos humanos, pero siempre con una mirada sesgada y oportunista que niega el cuerpo fundamental de derechos civiles y políticos que conforman el génesis de los derechos humanos.

En medio de esa lógica de oponer resistencia al neoliberalismo (un concepto extemporáneo, habida cuenta de que septiembre de 2001 no sólo derribó las Torres Gemelas, sino también el romance con el consenso liberal) se cuela una voluntad de definir un pensamiento único en un espacio en el que se deberían debatir ideas en lugar de clausurarlas. Lo opuesto al pensamiento crítico que debería primar en las universidades.

Pensando en las implicancias de una propuesta tan “revolucionaria”, ya que la facultad ha decidido convertirse en una escuela de formación política de cuadros militantes bien podría extremar su oferta formativa para alcanzar todos los rincones de la lucha popular por la emancipación de “les oprimides”.

Se me ocurre pensar en una “Tecnicatura universitaria en Cálculo de trayectorias parabólicas de objetos contundentes”, con especial énfasis en el trabajo teórico, ya que la práctica sólo es posible cuando gobiernan otros signos políticos.

Dicha propuesta podría tener como materias Resistencia de Materiales (para conocer cuánto se demora en transformarlo en proyectiles, o cuánto puede aguantar los embates de las hordas emancipadoras) o Meteorología (para entender cómo el viento puede influir en la probabilidad de acierto a los cascos de los uniformados).

Aquellos que ya hubiesen cursado esa tecnicatura más primitiva podrían aplicar para la “Especialización en química de combate y combustión popular”, pensada en llevar a todos los interesados en derrocar el capitalismo las herramientas necesarias para pasar al lado inflamable de la protesta social, para evitar papelones como el del manifestante mapuche que se prendió fuego arrojando una molotov al cuartel de Gendarmería en el sur. Eso pasa por ser autodidacta; para llenar esos vacíos debe existir la educación pública.

Por último, pero no menos importante en estos tiempos, podrían ofrecer “Gestión administrativa del aporte social solidario de las organizaciones de la economía popular”, un curso clave para que los líderes de organizaciones sociales puedan administrar más eficientemente los recursos que baja el Estado, parasitando de las necesidades de los beneficiarios sin tener problemas para que les cierren los números.

Por último, siempre hay que pensar en las formas a través de las cuales se pueden costear los esfuerzos por vencer al capitalismo. Porque la diplomatura sale $25.000, bastante más que lo que puede destinar un proletario a destruir la opresión del sistema, pero bastante menos de lo que le sale a los emancipadores pequeñoburgueses un tour por el paraíso socialista cubano o una visita a los grandes centros turísticos del imperio.

Al final, como siempre, billetera mata revolución.