“Onírico, como un Cosquín con camellos”

La periodista y escritora cordobesa Analía Iglesias, que residió en el Magreb cuatro años, firma el nuevo título de la Biblioteca Marroquí de editorial Alción, que dirige Leandro Calle. Se titula “Machi Mushkil – Aproximaciones al destino magrebí”, y es el duodécimo de la colección.

Por Gabriel Abalos
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Analía Iglesias, foto de Elise Ortiou Campion. En superposición, la tapa de «Machi Mushki».

Analía Iglesias trabajó como periodista durante diez años en Córdoba antes de emigrar a Europa. Primero fue a Alemania, y finalmente se radicó en Madrid. Hace dieciocho años trabaja en España como periodista en temas de género, sexualidad, derechos humanos, ciencia, medio ambiente y cultura. Durante cinco años coordinó el blog Eros de El País y es coautora de los libros: Lo que esconde el agujero: el porno en tiempos obscenos y Te puedo: la fantasía del poder en la cama, ambos publicados por Editorial Catarata. Cuatro años atrás, Analía obedeció al impulso de trasladarse a Marruecos, donde residió hasta el año pasado. Producto de su larga experiencia de contacto con la cultura marroquí, nació la idea de este libro editado por Juan Maldonado, “el editor de nuestros cruces non-sanctos”, apunta la autora.

En la contratapa de Machi Mushkil, expresa Analía Iglesias: “Casi todos los occidentales vamos a Marruecos a dejarnos envolver en un cierto orientalismo demodé, cuando no transitar medio día el exotismo del desierto, para luego postear la foto del camello. Estos textos, cruce de crónica y poesía, habitan en la brevedad de lo personal, porque el vivir pausado en el reverso de la postal del dromedario tiene pocas palabras. Lejos de la postal turística, con amor, pero ninguna condescendencia, este es un tributo a un Magreb personal, desde el asombro y, paradójicamente, el anticlímax de la pertenencia de un ciudadano que intenta fijar el momento preciso en que la ajenidad deja de serlo.”

En la siguiente entrevista, Analía Iglesia se explaya sobre su relación de amor con la cultura del norte de África, y sobre esta novedad bibliográfica.



–Viví los últimos cuatro años casi en Rabat, en Marruecos, y fue una aventura, algo me atraía del Magreb, quizá nuestra ignorancia absoluta de lo que es África y sobre todo de lo que es el Magreb, el norte de África árabe musulmán, a la vez bereber, que son los pueblos originarios de África. Y digo nuestra ignorancia como sudamericanos. Ellos a nosotros nos conocen más que nosotros a ellos. Ellos sobre todo conocen la canción de protesta de los años setenta. Así, a esa gran curiosidad sudamericana de no conocer a esa gente, se sumaba lo discriminados que están. Son la primera minoría de migrantes en Francia, en Bélgica, en España. Todo ese cóctel de gente discriminada, más desconocimiento propio, hizo que me dieran una ganas locas de instalarme, por lo mucho que quería conocer esa sociedad desde adentro.

Una vez instalada en Marruecos, la escritora comenzó a dar forma al proyecto de escribir una serie de textos que iban a ser ilustrados por fotografías de un artista marroquí. Los textos crecieron, las fotos se demoraron, entonces Analía Iglesias pensó en publicar solo los textos.

– Vi que tenían un cuerpo propio. Entonces hablamos con Leandro Calle, que es muy listo y tiene un buen ojo, y conoce mucho la poesía marroquí también, de los poetas francófonos, y la ama mucho. El dirige en Alción la hermosa Biblioteca Marroquí. Me propuso hacer unas croniquitas, y yo le dije que dejáramos eso abierto y que había que hacer un glosario sobre todo para lectores argentinos, porque los españoles están más cerca, vivimos a 14 km del estrecho, aquí la gente se puede cruzar en cualquier momento. Por la proximidad, por el turismo a Marruecos, hay cosas que aquí se comprenden, pero en Latinoamérica no. Entretanto, yo agudizaba el ingenio para ver por dónde meter croniquitas que no fueran demasiado explicativas, porque mi viaje era un viaje muy personal y mis textos tenían que ver con esa confrontación entre mi infancia en Córdoba y ese mundo africano.

Machi Mushkil es el resultado de esos ejercicios de confrontación personal resueltos en textos que los develan:

– Yo fui por primera vez a Marruecos hace doce años, como turista, y desde ahí me quedó la sensación de cruzar y ver y decir: esto es como Cosquín, pero onírico, era como Cosquín con camellos. Desde entonces me quedó ese deseo de cruzar, y en estos doce años he ido muy a menudo, hasta que un día dije: quiero ir un tiempo a vivir a Marruecos, y me fui. Me había quedado plantada esa semillita de amor por esa África musulmana. Esa África que también me remitía un poco a la Pampa de Achala, no sé, a cosas de mi infancia, también las ciudades tenían cosas de mi infancia en los setenta, porque tienen cosas setentistas. Está por un lado lo exótico, pero ese es el orientalismo que vamos a buscar los occidentales en general, cuando vamos a comprar cosas baratas en el Soko, en la Medina. Pero por otra parte está todo esto occidental de los años setenta que también tenemos en el centro de Córdoba. Entonces los textos tienen esa cosas muy personal de mi infancia y también de la periferia, ya que están cerca de Europa y tan lejos a la vez.

Parte del proceso de conocer y asimilar una cultura parece estar ligado a la necesidad de atravesar una etapa de desencanto.

–Me sucedió, porque tiene que suceder, ver que el encanto se va diluyendo en el día a día, o bueno, no se diluye, pero se cruza, se superpone, porque esas capas de encanto que le ves a un lugar se superponen con tu vida de ciudadano ahí, de pelearte como cualquier ciudadano, de hacer la cola para pagar la luz. Mi papá trabajaba en Epec y cada vez que iba a pagar la luz, como lo hacía en los años setenta, me acordaba de la oficina de mi papá en Córdoba. Entonces los textos surgen de ese lugar de entrecruzamiento entre el encanto y la vida cotidiana. Y entretanto sigo yendo y sigo siendo ciudadana africana, ciudadana magrebí.