La rapidez lentificada

Un cuarto de siglo después de que los Rolling Stones actuasen por primera vez en la Argentina, las noticias aseguran que el legendario grupo está a punto de iniciar una nueva gira internacional, luego de que el cantante Mick Jagger se recuperase de sus problemas cardiacos.

Por J.C. Maraddón
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Cuando los Rolling Stones saltaron a la consideración general, procuraron que su desafío a la moral imperante estuviera al menos un peldaño por encima del de los Beatles. Con sus flequillos y sus gritos, los de Liverpool habían escandalizado al mundo adulto y habían subyugado a la audiencia juvenil. Eso dio pie a que entrasen en escena aquellos que apostaban a ser aún más revulsivos y a ocupar la trinchera para que el recambio generacional no quedase supeditado a una mera banda, sino que tuviera el empuje de una camada de artistas dispuestos a poner las cosas patas para arriba.
Como una especie de eslogan, surgió en ese momento la frase: “¿Dejaría usted que su hija se case con un Rolling Stone?”. Esa pregunta, que hoy suena intolerable y ni siquiera podría sostenerse en un plano meramente retórico, provocaba en aquella época un cisma familiar, porque los padres se resistían a considerar la posibilidad de responderla de manera afirmativa. Esos músicos representaban un modelo de conducta que todavía era rechazado por la sociedad, con el mismo énfasis con que los adolescentes soñaban con imitarlo, más allá de que los ídolos rockeros subrayasen que no pretendían transformarse en ejemplos para nadie.
Cuando, por fin, los Rolling Stones actuaron por primera vez en la Argentina, ya habían perdido esa condición de muchachitos casamenteros. Hace 25 años, en ocasión de sus shows en la cancha de RiverPlate en febrero de 1995, eran señores cincuentones que estaban en condiciones de ser los padres de muchos de los fanáticos que fueron a verlos. Y la dimensión de su prestigio a esa altura del partido quedó evidenciada en la recepción que les brindó el presidente argentino de aquel momento, Carlos Menem, y el trato protocolar que recibieron, más acorde a un monarca en ejercicio que a celebridades del negocio de la música global.
A pesar de su edad, ellos seguían exponiendo el desparpajo y la desfachatez de siempre, lo que los ubicaba en la categoría de “viejitos piolas”, que podían seguir cautivando al público adolescente y que ejercían su seducción con top models veinteañeras, un hábito naturalizado un cuarto de siglo atrás que hoy merecería adjetivos condenatorios. En aquella oportunidad, frente el deslumbramiento que produjo el desembarco de Sus Statánicas Majestades, hubiese sido muy raro que un teenager contestara con un “no” rotundo ante la consulta: “¿Te gustaría que tu papá fuese un Rolling Stone?”.
Dos décadas y media después, las noticias aseguran que el grupo está a punto de iniciar una nueva gira internacional, luego de que el cantante Mick Jagger se recuperase de sus problemas cardiacos. Y los fieles locales, que son muchos, se ilusionan con que el cuarteto, cuyos miembros son ahora septuagenarios, programe actuaciones en la Argentina, un país donde saben que se les ha rendido un culto especial cada vez que vinieron, como lo demuestra el hecho de que exista una tribu urbana conocida como “los rolingas”, denominación que proviene de la pose Stone que se empecinan en exhibir.
Como los abuelos que hoy son, no ocultan las arrugas ni los achaques propios de cualquier persona entrada en años, pero garantizan una puesta en escena que honra el recuerdo de aquellos inicios en los que su rebeldía desató una ola de admiración. Dinosaurios sobrevivientes de la extinción generacional que los ha dejado con muy pocos contemporáneos, reafirman su presencia en los albores de la tercera década del siglo veintiuno y hacen ostentación de una longevidad que contrasta con aquel paradigma sesentista que invitaba a vivir rápido y morir joven. Por supuesto, una cosa es decirlo y otra, muy distinta, es llevarlo a cabo.