La otra viajera que se detuvo en la Docta (Primera Parte)

De las innumerables mujeres extranjeras que visitaron Córdoba, muy pocas dejaron su testimonio publicado. La cronica de esta semana recuerda a Lady Ethel Gwendoline Moffatt Vincent, quien pasó en 1893 y tomo notas para el libro “China to Peru, over the Andes - A Journey Through South America”.

Por Víctor Ramés
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Fotografía de Buenos Aires publicada en “De China a Perú sobre los Andes, un Viaje por Sudamérica», Londres, 1894.

En una crónica anterior caracterizamos a la irlandesa Marion McMurrough Mulhall como la única mujer viajera de origen europeo que dejó por escrito las impresiones de su paso por la ciudad y la provincia de Córdoba durante el siglo XIX. Corresponde hacer estricta justicia a otra viajera de origen británico que publicó un libro en 1894, en Londres, conteniendo referencias a La Docta, producto de una visita personal.

Lo mismo que Marion –la esposa del periodista irlandés Michael Mulhall– Lady Ethel Gwendoline Moffatt Vincent, nacida en 1861 en Inglaterra, realizó viajes a través del mundo con su esposo, el coronel, oficial de policía y político del Partido Conservador Sir Charles Edward Howard Vincent, quien ocupó un lugar en la Cámara de los Comunes entre 1885 y su muerte en 1908. Ethel se había casado con él en 1881. Director de Investigaciones Criminales de la Policía Metropolitana inglesa, Howard Vincent era un experto viajero y la figura descollante de la pareja, tal como era la norma entonces. Junto a él Ethel comenzó a recorrer el mundo y a escribir sus experiencias, y continuó haciéndolo por años y publicando libros aun después de la muerte de Howard, ya que vivió noventa y un años y falleció en 1952.

Entre las obras en cuya tapa aparecía su nombre como Mrs. Howard Vincent -uso claramente patriarcal del nombre y apellido de su esposo, que borraba casi por completo su identidad- se cuentan Cuarenta millas sobre tierra y agua, Diario de Viaje a través del imperio británico y Norteamérica, en 1885, y De Terranova a la Cochin China en 1892. Los viajes a través del mundo de Lady Ethel Gwendoline Moffatt Vincent se inscribían en una práctica “deportiva” de los ricos, aunque en su caso dejó como resultado interesantes descripciones sobre “remotas” pequeñas y grandes sociedades humanas.



Tras dar a conocer los libros arriba citados, Ethel publicó en 1894 De China a Perú sobre los Andes, un Viaje por Sudamérica, donde refiere su paso por la provincia y la ciudad de Córdoba, un punto más o menos perdido en el itinerarios de la inglesa rumbo al Perú. La descripción de Ethel Mofffatt Vincent tiene el valor del documento personal, aunque sus palabras repiten inevitablemente los tópicos previsibles del retrato, como una larga fila de viajeros escritores que se detuvieron en la ciudad de Córdoba. Era ineludible no reparar en las iglesias de la capital, en su universidad, en sus edificios más conspicuos. Son valiosas sus descripciones de la “pampa” entre algunos puntos urbanos esparcidos en el mapa cordobés. Transcribimos su ingreso en la provincia de Córdoba viniendo en tren desde Santa Fe:

“Ocurre una maravillosa transformación luego de que llueve sobre la pampa. Nos habían hablado sobre esto, pero es necesario verlo para creer. La misma tierra quemada, dura como la superficie de un ladrillo, se convierte en un rico limo; el pasto verde comienza a brotar con tiernos retoños. Hasta las matas marrones que crecen se vuelven un poco menos duras y fibrosas. Abundantes charcos se juntan en cualquier pequeño hueco o declive. El ganado se pone a pastar más ávidamente. Y todo este agraciado cambio se produce después de unas pocas horas de lluvia, tan rico y prolífico es este suelo de la pampa. Solo le falta riego para convertirse en un país sonriente.”

La inglesa y su marido continúan avanzando en ferrocarril sobre la llanura cordobesa y su relato va dando cuenta de los cambios que experimenta el paisaje:

“Fue muy placentero viajar a lo largo de una jornada, hora tras hora, mirando desde nuestro gran coche aireado por la ventanilla, la vista infinita de la pampa desarrollándose frente a nosotros. Los montículos de césped, amontonados en torno a los postes del telégrafo, acabaron siendo objeto de nuestro interés. Casi saltamos del asiento para mirar la figura distante de un gaucho solitario. Las estaciones, que al atardecer son un lugar de reunión favorito, resultan para nosotros tan estimulantes como la aparición de un coche especial fuera de horario para la población nativa. Nuestra curiosidad es mutua y recíproca. A la siesta, poco antes de pasar por Villa María, se percibe un cambio notable en la región. Viajamos a través de un matorral de árboles cuyas ramas desnudas como esqueletos muestran espinas. Es un cinturón estéril de pampa, un distrito arenoso, estéril, cuya vegetación es de árboles bajos de madera dura y leñosa con matas espinosas, de los cuales el chañar es el más común. Por eso se le llama ‘estepa de chañar’, estribación de la formación de monte, una pampa de salina infértil que llega hasta el lago salado y envuelve a Tucumán en el norte distante.”

Esa travesía por un paisaje seco proseguirá prácticamente hasta que los esposos viajeros se aproximen en tren a la ciudad de Córdoba, de la cual ya se hallan cerca. La capital será objeto de interés para la pluma de Ethel Mofffatt Vincent.

“Continuó así hasta que alcanzamos Córdoba al atardecer. La llegada a la ciudad es muy agradable. Las dunas de arena y las lomas, con sus profundos cursos de agua, y las vías cortando a través de ellas, producen un cambio muy bienvenido, incluso antes de descubrir a la ciudad, mirando hacia abajo desde los altos terraplenes. Córdoba está situada en un delicioso valle verde, un perfecto oasis, donde los altos chopos florecen en abundancia, y las pequeñas casas de tejas rosadas que se asoman en medio, dan a la ciudad un aspecto muy oriental. Es en realidad el lecho de un viejo río, y las barrancas coronadas de edificios, rodean la ciudad. Allí, para deleite y refresco de los ojos, se eleva a lo lejos, como a unas veinticinco millas, el porte de las sierras de Córdoba, en una sucesión de picos cada uno más alto que el otro, hasta formar una especie de escalera intensamente azul y fría en la atmósfera cristalina. Solo al cabo de dos días de un viaje continuo a través de la pampa, y dos semanas de transitar por un país chato como un tablón, estábamos en condiciones de apreciar realmente los modestos encantos de Córdoba.”