El novedoso plan de la CGT: sacar a los militantes a controlar los precios

La iniciativa de la CGT se ha probado ineficaz en múltiples ocasiones de la historia, sin embargo nada les impide volver a la carga tratando de que la voluntad se imponga a la realidad.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

CGTNadie puede dudar de que la inflación es el peor “impuesto” que las malas administraciones le cobran a los pobres. Como los precios van en ascensor y los salarios por la escalera, siempre terminan pagando los platos rotos aquellos que disponen de un peor ingreso como para hacerle frente a la suba generalizada de precios.

En esa dinámica la responsabilidad política es innegable, especialmente porque los dirigentes se emperran en elegir las mismas recetas de siempre, ignorando las más elementales leyes económicas. Insistir siempre con las mismas formas conduce invariablemente al mismo resultado.

Sin embargo, nuestra clase dirigente sabe que se puede perseverar por el mismo camino, sabiendo que siempre habrá a quién echarle la culpa por lo que ella no puede hacer. Esa necedad (que se mezcla sutilmente con algo de viveza para distraer a los desprevenidos) los empuja a prácticas arcaicas, que rozan lo ridículo (y dependiendo cómo se integren con el Estado, también lo antidemocrático).

El nuevo plan para combatir los efectos de la inflación es algo que se ha probado absolutamente ineficaz: sacar a los militantes a la calle a controlar los precios. Así como hace unas semanas se sumaron algunos ministros o intendentes con fotos en sus redes, ahora la CGT pretende que sus compañeros piqueteros se dediquen a relevar la manera en la que los comercios remarcan los precios.

La receta es casi tan vieja como la inflación y trae a la memoria aquella campaña del peronismo de los tempranos ‘50, que alentaba a los niños a denunciar a los almaceneros que subían el valor de los caramelos o los pebetes, como si los pequeños comerciantes no fuesen también el eslabón más débil de la cadena de comercialización. Llamaban a denunciar el agio y la especulación, dos expresiones que los prehistóricos sindicalistas no demorarán en reflotar.

La idea de que vaya un puñado de militantes a controlar los precios es quitarle al Estado su verdadera responsabilidad, que es administrar adecuadamente la economía. Aunque esto pueda ser una cortina de humo para distraer de otras cosas más importantes o delicadas, no debe minimizarse porque las consecuencias son potencialmente negativas.

¿Cómo se identificarán los militantes? ¿podrían presionar a los comerciantes? Sabiendo que todos los precios de las cadenas de supermercados están en la página de Precios Claros, los que deberían tratar con las hordas de inquisidores son justamente los más desprotegidos.

¿Cuánto podría pasar hasta que los muchachos se pongan una pechera o un brazalete? ¿Cuánto hasta que se pongan una remera o una camisa, un uniforme que los identifique? Pensar en organizaciones paraestatales que presionen a los integrantes de la sociedad civil lleva irremediablemente a los casos de la Alemania y la Italia de la preguerra (con los camisas pardas o los camisas negras, respectivamente) o en los colectivos chavistas que siembran terror en la Venezuela madmaxizada tras el estrepitoso fracaso del Socialismo del siglo XXI.

Darle ese poder a organizaciones que dependen del financiamiento del Estado (o peor, de un gobierno en particular) pero que no están sujetas a la formación o las responsabilidades de los agentes públicos, es abrir la puerta a excesos de todo tipo. Aunque la iniciativa de un puñado de sindicalistas enriquecidos espuriamente se más risible que preocupante, nunca hay que ceder ante prácticas que tienen el potencial de convertirse en una amenaza a las libertades de los ciudadanos.

La movida deja en claro que en esta nueva fase del peronismo-kirchnerismo-cristinismo, ninguno tiene los pies afuera. Todo el variopinto espectro ideológico que representan las múltiples organizaciones que forman la coalición del gobierno están enfocadas en sus rivales (o enemigos) políticos por fuera del armado que hace poco menos de dos meses ha iniciado un nuevo periodo de gobierno.

Piqueteros y sindicatos, unidos y organizados contra el agio que endilgan a los empresarios. Seguro para dividirse las tareas pensarán en aquella frase del Martín Fierro que afirma que “cada lechón en su teta, es el modo de mamar”. Harían bien en recordar el verso entero: “a nadie tengas envidia, es muy triste el envidiar. Cuando veas a otro ganar, a estorbarlo no te metás”.