La coalición de gobierno sufre su falta de programa

EL esfuerzo del panperonismo para ganar la elección no encontró un correlato en la resolución de las disputas internas, que a falta de un programa claro empiezan a mostrar la improvisación.

Por Javier Boher
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coaliciónIndudablemente la política ha ido cambiando a medida que lo hizo la sociedad, pero los que no pueden terminar de adecuarse a los nuevos tiempos son los políticos y los partidos. La legislación electoral, por poner un ejemplo, entiende las cosas como hace décadas.

Esto no significa que haya que demoler todo lo antiguo para meter a la fuerza algunas de las nuevas tecnologías de la información, sino rescatar algunos viejos postulados y resignificarlos para los tiempos que corren. Hoy los programas partidarios son meros cascarones que algunos militantes confeccionan robando ideas de internet. Si hay algo que suena bien, allá va a fosilizarse en alguna página partidaria o gacetilla de prensa.

Sin embargo, los viejos programas eran el eje alrededor del cual se estructuraban los viejos partidos de masas, aquellos que representaban a claros sectores de la sociedad, acompañándolos tanto a la hora de ejercer el poder como de tener que verlo desde afuera. Los partidos tenían identidades que orientaban a políticos y electores.

Todo eso fue desapareciendo ante la irrupción de los partidos “atrapatodo”, un fenómeno que coexistió con la multiplicación de las fuentes informativas y la fragmentación social por nuevas problemáticas específicas que formaron identidades más grandes que la clase.

Este fenómeno empezó hace muchos años en los países desarrollados, alcanzando en estas latitudes una dimensión patológica: no sólo desaparecieron los programas, sino que los mismos candidatos son capaces de decir y hacer cosas diferentes con apenas días de diferencia. Por este camino, el voto y las lealtades terminan definiéndose por cómo cae un político, eso que llaman “de piel”. Votar es casi como ir a elegir con qué vendedor de autos vamos a cerrar el trato, si con el de corbata y anteojos, o con el de chupines y barba delineada, algo totalmente alejado del conocimiento técnico.

Esta situación genera períodos de desorientación como el que se vive ahora. Con un cambio de gobierno de poco más de 45 días, todavía no se puede saber exactamente adónde está parado el gobierno. Por supuesto que hay temas urgentes, como la renegociación de la deuda o la reducción de la pobreza, pero sin un programa de gobierno, con ideas claras y roles definidos, es muy difícil establecer un rumbo.

Hace unos días escribía respecto a los políticos que se toman vacaciones a poco de asumir, como si la emergencia alimentaria, la emergencia social o la emergencia económica fuesen menos urgentes que tomar vacaciones en el mes en el que están todas las obras de teatro en plena temporada. Es ridículo, pero a la vez marca la pauta de la poca contracción al trabajo.

En esa misma línea, quizás como consecuencia del mismo razonamiento con el que deciden tomarse vacaciones antes de cumplir quince días de trabajo, la parsimonia de los nombramientos es un indicador de la improvisación con la que se encaró la pulseada electoral. Aún sabiendo desde agosto (cuando las PASO marcaron el panorama) que iban a ser gobierno, decidieron patear la interna por la que su coalición electoral debía hacerse cargo del gobierno para el momento en el que efectivamente les tocara hacerse con el poder.

Esa situación quizás sea la responsable de que el ministro Kulfas denuncie, después de 45 días de entrar al ministerio, que encontraron U$S10.000 en un cajón de un escritorio. ¿Durante todo ese tiempo de emergencia económica y productiva no hubo ningún funcionario que necesitara buscar algo en un cajón, o que necesitara guardar un paquete de galletitas para la media mañana? Eso es parte de la improvisación con la que encararon el proceso.

Todavía se escuchan los conflictos por las designaciones, a qué piquetero o gremialista se premia, a cuáles se castiga, como se compensa a tal gobernador o como presionan a tal otro a través de X intendente. Siguen resolviendo un conflicto interno que prefirieron evitar desde agosto, que no quisieron encarar tras el triunfo en octubre y que a lo largo del tránsito desde diciembre parece no estar del todo claro cómo van a hacerlo.

La planificación es aquello para lo que servían los programas. Ayuda a definir prioridades y a trabajar para cubrirlas. Permite establecer objetivos mensurables. Sirve también para imputar responsabilidades por si no se alcanzan los logros deseados.

Un programa no es una mera declaración de principios, sino un conjunto de lineamientos para evitar situaciones como esta, en la que el ímpetu con el que deseaban llegar al poder se convirtió en la traba que les impide llenar los cargos de gobierno y finalmente empezar a ejercerlo. La interna de esa gran coalición peronista no los deja gobernar. Como dicen algunos historiadores de la Guerra Civil Española para explicar el fracaso de las fuerzas republicanas: no se puede hacer la revolución en medio de una guerra. Si la interna no se resuelve, el gobierno nunca arranca.