El rugby: política y violencia en una sociedad enferma

El cobarde asesinato en grupo que protagonizaron unos rugbiers en Villa Gesell es una muestra más de una sociedad violenta, de la que un deporte no puede mantenerse al margen.

Por Javier Boher
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rubgyComo todos los veranos en que los políticos se escapan de vacaciones, el foco de las noticias está en los episodios de los centros de veraneo que puedan ayudar a cubrir horas de programación y hojas en los diarios. Sin lugar a dudas la cobarde golpiza -que resultó en una muerte- que un grupo de rugbiers le propinó a un joven en Villa Gesell vino como anillo al dedo para los editores y productores sedientos de noticias.

El hecho tiene todos los ingredientes necesarios para viralizarse: una multitud de rugbiers que -tras una noche de excesos- golpea y mata a un individuo indefenso. La etiqueta de rugbier funciona como un disparador automático: poco pensantes, violentos, elitistas, católicos, aporafóbicos. En los círculos del progresismo académico, heteronormativos, patriarcales, perpetuadores de violencia machista.

Esa generalización y simplificación se recuesta sobre innumerables episodios similares, que refuerzan los estereotipos existentes. Los que los repiten sin conocimiento de causa contribuyen a un imaginario que no parece tener mucho en común con la realidad.



El rugby es uno de los deportes más practicados en la Argentina, además de ser uno de los que tiene mayor extensión geográfica en su cobertura. Aunque en Buenos Aires y otros centros urbanos tiene un claro sesgo clasista, en el interior del interior es un deporte más vinculado a las clases populares. Con tal trasfondo resulta difícil pensar que no atraviese a la política, especialmente sabiendo que es un deporte que en este país se practica desde hace unos 120 años.

El sesgo clasista que muchos le atribuyen al rugby parece no ser un indicativo de posicionamiento político. Revisando las estadísticas, se descubre que de 220 deportistas víctimas de la última dictadura militar, 152 jugaban al rugby, algo así como el 69%, un número demasiado elevado para ser representativo de una élite, aunque sea cierto para algunos.

Hubo dos presidentes que practicaron el deporte. Macri lo jugó en Newman, el colegio al que asistió y en el que el rugby es obligatorio. El otro jugó acá, en Universitario, aunque no era cordobés. Lo hizo mientas estudiaba odontología. Aunque su nombre se haya convertido en un símbolo de la resistencia al macrismo, Héctor José Cámpora fue rugbier como Macri.

Ese vínculo del peronismo y el kirchnerismo con el rugby también toca a Cristina Fernández, que antes de ser novia de Néstor (al que le gustaba el básquet) fue pareja de un rugbier de La Plata durante varios años.

Tal vez esa relación sea algo traída de los pelos, aunque si se trata de kirchnerismo, rugby y pelos, Ernesto Guevara, el “Che”, podría ser el caso. Era conocido en el ambiente del rugby por jugar con vincha y pegar tackles duros. Fue el responsable de editar la revista “Tackle”, la primera del país dedicada exclusivamente al rugby.

Seguramente hay muchos más, que pueden haber llegado a jueces, ministros, diputados, senadores, sean de izquierda o de derecha, radicales o peronistas, liberales o conservadores. La política argentina tiene mucho que ver con el rugby, aunque esté lejos de determinarla.

Cuando en las elecciones del año pasado un concejal marplatense llamó a fiscalizar a favor de Macri, muchos salieron al cruce. Es que el rugby es básicamente apolítico: es de mal gusto militar política hacia el interior de los clubes, los que a su vez no se prestan para las andanzas de los políticos. El vínculo existe, porque es inevitable, pero no se utiliza como en el fútbol (pensemos en cuántos políticos y sindicalistas son dirigentes y tendremos una idea).

El rugby es parte de una sociedad enferma, en la que en los últimos años ha habido numerosos casos de violencia o abusos. La red de pedofilia en el fútbol juvenil, el caso de los jugadores que violaron a una chica en Carlos Paz, el otro que abusaba de la ahijada, el otro al que le pusieron una cláusula respecto a la violencia de género en el contrato. Todos estos hechos no parecieron despertar la misma indignación, aunque sean igual de aberrantes.

El rugby es parte de una sociedad violenta, en donde no es un escándalo que una patota de la UOCRA se agarre a tiros con una de UTA, que un puñado de camioneros bloquee una fábrica o que algunos miembros del Surrbac golpeen a un periodista. Es una sociedad en la que las leyes no parecen existir para todos, donde se es más vivo cuando se trata de evadirlas.

Cuando los primeros equipos de rugby de Argentina salieron a competir en torneos de potencias, el rendimiento no fue bueno. Contrastaba con la elevada performance de los individuos que jugaban en Europa.

A la hora de esbozar una hipótesis al respecto, Daniel Hourcade (ex entrenador de Los Pumas) dijo que nuestros jugadores se criaban y vivían en una sociedad en la que la ley no vale nada, lo que después les traía problemas para respetar los rígidos reglamentos y arbitrajes de las competencias internacionales. Esa dimensión social -que nada tiene que ver con el juego, sino con la idiosincrasia de los argentinos- es la que se encuentra detrás del penoso episodio que protagonizaron estos jóvenes, y es la que urge cambiar para evitar que se repita, independientemente de la etiqueta que puedan recibir los perpetradores.