La Argentina de la crisis cumple mayoría de edad

Hoy se cumplen 18 años desde la asunción de Eduardo Duhalde como presidente, tras la última gran crisis social que vivió el país, momento de repensar el recorrido realizado.

Por Javier Boher
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La Ley de Weber es conocida por ser la explicación al hecho de que el tiempo pasa cada vez más rápido a medida que crecemos. Aunque todos los años duran lo mismo, representan cada vez menos en el totalidad del tiempo vivido. Así, a medida que crecemos, el tiempo pasa cada vez más rápido.

Tal vez por eso se pasa por alto que un día como hoy, pero hace 18 años, Eduardo Duhalde asumía la presidencia tras la crisis de diciembre de 2001, que había significado la renuncia del presidente Fernando De la Rúa.

Entre idas y vueltas, con un Adolfo Rodríguez Saá que se coló en el medio (y se vio obligado a renunciar por falta de apoyo) y con Puerta y Camaño asumiendo funciones interinas en el mientras tanto, allí se gestó la Argentina que seguiría a los próximos años.

La crítica al neoliberalismo (que se caracterizó por la profunda desigualdad social de la política económica del menemismo, la elevada desocupación y el desmantelamiento de las estructuras del estado de bienestar) se convirtió en un dogma repetido irreflexivamente, negando incluso los aspectos que pudieron haber funcionado. Se responsabilizó al modelo económico por el fracaso social, cuando la corrupción y los negociados de la clase dirigente son una variable explicativa más adecuada.

La mayoría de edad de la argentina del siglo XXI deja algunas marcas más o menos claras. Aquella crítica al Estado ausente abrió las puertas a un estado mucho más intervencionista, que por ese rasgo tan argentino de exagerar las cosas se terminó convirtiendo en un instrumento omnipresente, que sofoca a la sociedad civil con sus formularios, trámites e impuestos.

Esa expansión del Estado significó la institucionalización de nuevos actores. Cuando las personas sin trabajo debieron hacer respetar sus derechos, los sindicatos decidieron darles la espalda para concentrarse en sus afiliados. Allí aparecieron los grupos piqueteros, organizaciones políticas y sociales que surgieron como respuesta a aquella desocupación de dos dígitos propia del menemismo.

Lo que se inició como una cuestión de solidaridad fue degenerando en una fuerza política solventada desde el estado que sobrevivió al 60% de pobreza y se mantuvo como base de apoyo político a un naciente kirchnerismo, que no contaba con apoyo popular. Unificando preferencias, el discurso kirchnerista de izquierda encajó perfecto con el de los dirigentes piqueteros, que encontraron allí su futuro sostén político.

El kirchnerismo original fue, en su esencia, el triunfo de los perdedores. Segundas líneas que nunca habían logrado ganar el poder en sus organizaciones, de golpe premiados por un nuevo gobierno que debía construir poder saltando por encima de las estructuras existentes. ¿No podemos con los sindicatos? Vamos con los piqueteros. ¿No nos apoyan los gobernadores? Los puenteamos hacia los intendentes. ¿El peronismo tradicional nos da la espalda? Vamos con los organismos de DDHH. La “transversalidad” de los primeros años.

Desde su irrupción, el estilo confrontativo que abrazó el kirchnerismo para hacer política marcó el ejercicio de la democracia. “Primero golpeo y después negocio” solía decir el expresidente Néstor Kirchner, inflando el pecho por comportarse como un matón que reduce el número de opciones de su contraparte. Nunca entendió que la política no siempre es un juego de suma cero, en el que todo lo que uno gana es porque otro lo pierde.

La segunda parte del kirchnerismo en el gobierno fue tensar la cuerda con todos los rivales, dividiendo aún más a la sociedad. Apoyó a los industriales ensambladores y amigos del poder en contra del campo. Armó una estructura de medios afines que se opusieran a los dos grandes medios tradicionales. Se reclinó sobre los organismos de derechos humanos y su discurso parcial e ideologizado de reivindicación de la lucha armada, en oposición al rol institucional de las fuerzas armadas y de seguridad.

El período macrista tampoco pudo resolver muchos de estos problemas, preso de la misma lógica maniquea, en un contexto de destrucción de la economía, con una moneda devaluada, sin reservas, con desconfianza por parte de los acreedores y una inflación sostenida.

Aunque devolvió la mayoría de los indicadores como los recibió (e incluso empeoró significativamente algunos, como el salario real), la supervivencia y profundización de las herramientas de seguridad social evitaron el tan temido estallido social, como pasó en 1989 o en 2001, el preparto del nacimiento de este período democrático que llega a su mayoría de edad.

Sistemáticamente, sin importar el nivel de gobierno, el que llega le echa la culpa al que se fue para justificar el ajuste, la suba de impuestos y la mala prestación de servicios. Aunque siempre suena a excusa, quizás tengan razón: cada vez estamos peor, con cada sucesivo gobierno dejando todo en peor estado que como lo recibió.

Quizás entonces la deuda para lo que viene -a partir de hoy que como país cumplimos la mayoría de edad de no tener grandes estallidos sociales- es que los dirigentes se comporten como adultos, trabajando en serio para dejar las cosas mejor que como las reciben. Todo parece indicar que la gente ya no está dispuesta a dejar pasar los berrinches de niño ni los planteos de adolescente, sino a exigirle a la democracia bajo la edad del que ya es imputable.