El quórum es una herramienta

La novela por el quórum giró sobre el supuesto de que es un ataque a la república y las instituciones, cuando antes que una obligación es una herramienta que todos han sabido usar a su beneficio.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Por momentos la gente parece olvidarse las particularidades del presidencialismo, si es que efectivamente conoce como funciona. Dicha forma de gobierno tiene un elemento distintivo frente al parlamentarismo -el sistema que funciona en la mayoría de los países europeos- y es la legitimidad directa que tienen el poder legislativo y el ejecutivo.

Al ser elegidos por el voto directo, diputados, senadores y presidente pueden decir que a ellos los eligieron con un mandato emanado desde el pueblo. En el parlamentarismo es el poder legislativo el que decide cómo se conformará el ejecutivo, por lo tanto no hay una identificación directa con el primer ministro como ocurre con el presidente: en definitiva, muy pocos votaron a quien encarne esa figura.

El origen popular de la composición del poder hace que sea muy difícil determinar quien tiene razón a la hora de negociar, consensuar o respaldar cualquier proyecto de política. Todavía algunos recuerdan que cuando lo trataban de traidor por la 125, Julio Cobos respondía que a él lo había votado la misma cantidad de gente que a Cristina. La legitimidad de las urnas es inapelable.

Los tironeos por el quórum que negó Juntos por el Cambio al Frente de Todos en la Cámara de Diputados levantaron una polvareda un tanto exagerada. Mutuas acusaciones de autoritarismo, de falta de respeto por las instituciones republicanas, de falta de compromiso con la democracia o del beneficio de la duda a un gobierno que recién empieza, todo eso coexistió a lo largo de la jornada de ayer.

No existe una obligación de dar quórum (es decir, alcanzar la mitad más uno de los miembros de la cámara) en nuestro sistema político, lo que convierte al simple acto de sentarse en una silla en toda una cuestión política fundamental. Sin quórum no se abre la sesión; si no se abre la sesión, no se tratan proyectos.

Como ocurrió en muchas ocasiones, la oposición decidió no sentarse a tratar el proyecto del oficialismo. Es quizás la única instancia de control que puede tener la oposición para evitar que el poder legislativo acompañe todos los proyectos del gobierno. En ese escenario, el parlamento debe convertirse en el lugar en el que los legisladores parlen, en donde se negocien las decisiones políticas para dotarlas de más legitimidad que sólo el número de la mayoría.

Como bien recordaba el periodista Juan José Domínguez, el Frente para la Victoria nunca dio cuórum al gobierno que encabezó Mauricio Macri, por aquello de que es obligación del oficialismo conseguir el quórum. Posteriormente citó un tuit de Agustín Rossi, el mismo autor de la frase anterior, a raíz de la reforma previsional: “Si todxs lxs (sic) que votamos en contra no damos quórum, no hay sesión y no hay ley”.

Aquella vez que se trató la reforma previsional, los hoy ergidos en víctimas de la prepotencia de los que niegan el quórum intentaron voltear la sesión por todos los medios posibles. Las piedras en la calle, el gordo mortero, los de las lanzas y toda la victimización ante los medios de comunicación fueron la parte más viva del conflicto, aunque adentro los vivos le arrebataron el micrófono al presidente de la Cámara o intentaron incentivar un cacerolazo desde su banca.

La letra chica del proyecto se puede debatir con más o menos detenimiento, explorando los riesgos de aceptar esas medidas propuestas. La justificación de la oposición para evitar el quórum empezó por la voluntad de ceder facultades propias del poder legislativo al poder ejecutivo, una locura imposible.

El gobierno apostó a que todo lo que debería someterse a debate y negociación salga de un plumazo por la fuerza. Dos días para leer y aprobar un megaproyecto que pretende modificar las reglas básicas de la economía, la administración pública, el esquema previsional y el balance de poderes no parecen suficientes como para que la oposición le de la posibilidad de aprobarlo pese a no obtener ningún rédito de ello.

El sistema presidencialista tiene mecanismos rígidos que atentan contra la gobernabilidad, como bien pueden dar fe Alfonsín o De la Rúa que no pudieron superar una oposición consolidada en ambas cámaras del Poder legislativo, que poco se preocupó por las figuras democráticas o republicanas a la hora de hacer valer su poder.

Así son las rígidas reglas de juego en las que se debe hacer política para gobernar en Argentina. Al final será la política la que destrabe lo que hoy se presenta como un obstáculo infranqueable, porque, como siempre, terminarán consiguiendo el quórum.