Los hijos de UTA

Las imágenes de la barbarie en la sede de la UTA en Buenos Aires hacen que se esfume esa ilusión de civilidad que embriagó a todos tras las elecciones de octubre.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Casi como en el título de una obra de teatro de Carlos Paz, llegó diciembre y los muchachos están calientes. Toda la interna contenida en el frente sindical empezó a salir a la superficie como los volcanes que emergen sobre la corteza terrestre para escupir su ira. Lo de la tarde del lunes en la sede de la UTA en Buenos Aires representa un nuevo elemento en una historia que se repite hace ya un tiempo.

Si hay un punto en el que los argentinos se quisieron sentir por encima de la media histórica nacional fue la elección presidencial, que todos los actores decidieron jugar según las reglas del deber ser para palmearse por la espalda y felicitarse por lo democrático del proceso. En algún punto, Macri buscaba esa imagen de normalidad (exagerada) por sobre la barbarie que se vio en redes (porque la televisión eligió hablar de la final del Bailando).

La violencia del conflicto mostró la crudeza de la política sindical, en la que los puños, las armas y los palos son moneda corriente para la resolución de disputas, tal como manda la rica tradición política de este país de guapos. ¿Hay que mantener el poder? Todo vale. ¿Hay que recuperarlo? Valen aún más cosas.

Las escenas eran dantescas, todo en el marco de la lluvia de papeles que dejó todo blanco, como en aquella vieja publicidad del mundial 2006 en la que los alemanes se sorprendían de lo que creían era una nevada. Seguramente también se sorprenderían si vieran que esto fue real, no una secuencia cinematográfica de alguna película independiente de alguna ex república soviética.

Las escaleras apoyadas en la fachada del edificio sirviendo para ocupar el edificio desde el primer piso recordaban a cualquier secuencia medieval de los vikingos asolando Europa, aunque faltaran los arqueros, los baños de brea hirviendo y las piedras dispuestas a repeler el ataque. ¡Menos mal que ninguno decidió jugar al Coronel Osinde en Ezeiza!

Mientras en la puerta del edificio había un auto dado vuelta, los que lo rodeaban se cubrían y pedían cordura a los compañeros que trepaban por la fachada, pidiéndoles que tengan cuidado con los vidrios que caían de las ventanas que rompían. Es lógico que se hayan enojado con los de arriba: ¿se puede ser tan insensible de lo que le pasa a los que están abajo?

Por suerte abajo todo se vivía con algarabía, pensando en que este sea un espectáculo para toda la familia, en el que los más chicos aprendan los más sagrados valores del pueblo argentino. Se pudo ver a los muchachos festejando su logro junto a un Mickey Mouse con cara de hantavirus y a un Papá Noel con los dedos en V, quizás celebrando que este año iba a recibir dos bolsones navideños (del que lo mandó y del atrincherado en la terraza).

El que estaba arriba era Roberto Fernández, paladín de la institucionalidad y el diálogo, que le dijo a Radio La Red “si suben, los mato a fierrazos”. Eso es apaciguar los ánimos y llamar a la concordia para evitar tragedias.

Las imágenes hacen recordar a Sor Teresa de la UTA, el personaje de Diego Capusotto que se toma en broma la liturgia sindical de las peleas con otros gremios, el odio a la patronal, los cortes de calles y la manipulación de los afiliados. El código está tan naturalizado que no parece sorprender a nadie.

La violencia de la protesta no es inocente, y la decisión de los grandes medios de no mostrarla tiene que ver con lo que se sabe que significan los estallidos sociales de fin de año en un país que hoy tiene alrededor de un 40% de pobres y en el que se anunció como un gran plan económico la profundización del cepo con una devaluación encubierta, el congelamiento de las jubilaciones o el aumento de las contribuciones patronales y las retenciones.

Ese contexto, más la naturalización y banalización del errado camino de la violencia como forma de expresión del descontento o de la resolución de las internas, deja a la vista que no es algo ajeno a la forma de ser del país, sino la norma. Partiendo de esa premisa, es sólo cuestión de tiempo para descubrir qué tan hijos de UTA pueden ser todos los argentinos.