La vicepresidencia, de la campanita del Senado al cogobierno

Cuando el 10 de diciembre Alberto Fernández jure ante Cristina Fernández -la cabeza del nuevo Poder Legislativo- ya nada volverá a ser como antes. Por primera vez, la Argentina tendrá un vicepresidente con más poder que el presidente de la Nación

Por Pablo Esteban Dávila

En la historia política tradicional de la Argentina, el vicepresidente de la Nación era el encargado de tocar la campanita del Senado. Así de despectiva era la consideración de su rol institucional. Sólo en caso de muerte o renuncia del presidente podía adquirir alguna estatura política, reemplazándolo al frente del Poder Ejecutivo y mostrando así sus reales capacidades.

Sin embargo, aquel imaginario está a punto de cambiar decisivamente. Cuando el 10 de diciembre Alberto Fernández jure ante Cristina Fernández -la cabeza del nuevo Poder Legislativo- ya nada volverá a ser como antes. Por primera vez, la Argentina tendrá un vicepresidente con más poder que el presidente de la Nación.

Podría decirse que, desde que CFK anunciara la postulación de Alberto y se reservara para sí el segundo lugar en la fórmula del Frente de Todos, esta era la posibilidad más realista. No obstante, casi todos los interesados dentro del peronismo, incluida la propia Cristina, hicieron creer durante la campaña de que sería el entonces candidato quien llevaría las riendas del país en caso de triunfar y no la expresidenta. Su victoria bien podría serle atribuida a esta ficción.



Pero las ficciones, aunque estén bien narradas, no dejan de ser fábulas. Ni Fernández hará lo que le plazca en su gobierno (al menos en un principio), ni su vice se abstendrá de intervenir en sus decisiones. Lo que sucede por estos días con el armado del gabinete nacional es una muestra de lo que habrá por venir.

A estas alturas, resulta obvio que sus colaboradores no serán todos los que él había imaginado. Muchos no han pasado el filtro de Cristina y, de seguro, otros tampoco lo harán. La crucial cartera económica se encuentra todavía sin definiciones y los nombres que se ventilan no despiertan expectativas de ninguna clase. Guillermo Nielsen, un hombre reconocido y respetado, fue uno de los primeros en ser vetados por sus opiniones liberales. No es una buena noticia para el futuro gobierno.

Esta intromisión desmiente las anteriores bravuconadas del presidente electo sobre que él y solo él definiría su gabinete y los grandes lineamientos de su administración. También relativiza la influencia y la importancia del respaldo otorgado por los gobernadores justicialistas, quienes en su momento advirtieron en el exjefe de gabinete de los Kirchner la coartada perfecta para escaparle a la grieta y militar activamente por un candidato inmunizado de los excesos kirchneristas. Todo parece indicar que el poder que pudieran reunir dentro del partido es poca cosa en comparación de la autoridad que, de hecho, ella ha comenzado a ejercer sobre Fernández.

Probablemente este no fuera el escenario convenido en un principio por los integrantes del ticket peronista. Todo hacía prever (y así se especuló desde esta columna) que existían motivos de mutua conveniencia que recomendaban una división del trabajo pacífica, en donde el cabeza de fórmula mandaría en la Casa Rosada y Cristina lo haría en el Congreso. Es evidente que esta ecuación se ha roto antes de mostrar sus frutos, en perjuicio del primero.

La asimetría en el tome y daca, al menos en esta etapa, así lo sugiere. Mientras que Alberto debe solicitar autorización para tal o cual nombre de su propio equipo, la expresidenta ya se hizo del control absoluto del Senado y del bloque oficialista en Diputados. En la línea sucesoria se encuentra ella primero y luego la esposa del gobernador de Santiago del Estero, Claudia Ledesma Abdala. No es un secreto que la señora Abdala le responde fielmente. Sergio Massa, entretanto, todavía no cuenta con el plácet necesario para liderar la cámara baja, conforme el compromiso asumido al regresar con la cabeza gacha al campamento cristinista.

Es una situación delicada para un país con un sistema presidencialista. El poder no se comparte porque, de lo contrario, deja de ser tal. Nadie quiere ser pájaro de mal agüero, pero las evidencias indican que el doble comando es una posibilidad real. Y, también debe ser dicho, que Cristina no ha hecho ningún esfuerzo para disimular su tutela sobre quién se apresta a suceder a Mauricio Macri.

Todo esto podría ser anecdótico de no ser porque la Argentina discurre por una crisis económica de considerable magnitud. El nuevo presidente deberá tomar medidas fuertes en sus primeros meses de mandato y explicitar qué rumbo habrá de tomar para salir adelante. Es difícil imaginar que, en el medio de la dinámica que le impondrán las circunstancias, deba detenerse a consensuar con su mentora todas y cada una de las políticas a implementar, especialmente aquellas de corte ortodoxo que inevitablemente habrán de adoptarse.

Tampoco debe soslayarse la nueva geografía del poder nacional. Axel Kicillof, el menos peronista de los gobernadores justicialistas, será sin embargo el que más asistencia de la Nación requiera, habida cuenta las infinitas necesidades de la provincia de Buenos Aires. Y, lo que es más grave, poco podrá hacer el presidente para restringir sus pedidos o reclamarle mayor austeridad, so riesgo de profundizar sus diferencias con Cristina, la máxima valedora de Kicillof.

Una estrategia para limitarlo podría pasar por establecer un cordón sanitario en torno a la principal provincia argentina, utilizando las necesidades y recelos del resto de los gobernadores peronistas para limitar la aspiradora bonaerense. No obstante, esto requeriría de la chequera presidencial en grado extremo, de una manera muy similar a la metodología que Macri tuvo que echar mano a efectos de garantizarse apoyos más o menos fluidos para sus principales acciones de gobierno.

Existe, empero, un límite: apelar a este tipo de profilaxis depende de los recursos con que cuente el Tesoro, un supuesto que no debe darse por sentado. Si algo define a la economía argentina por estos tiempos es la escasez y la contracción. Es cierto que el macrismo entregará una administración con algún superávit (en consonancia con las metas acordadas con el FMI), pero lo será a costa de sacrificar obra pública y erogaciones contracíclicas. Los gobernadores se mostrarán dispuestos a apoyar a Fernández por sobre Kicillof o aun por sobre Cristina si el presidente pone algo de su parte, que no es otra cosa que recursos de libre disponibilidad para sus jurisdicciones.

Es, en definitiva, una ruleta rusa fiscal. Alberto sólo puede contrarrestar la amenaza del cogobierno con recursos económicos. Estos pueden provenir tanto de la mayor actividad económica como de más impuestos o mayor emisión monetaria. Las dos últimas son alternativas suicidas, aunque al alcance de la mano. La primera es más complicada porque depende, en última instancia, de la sabiduría de sus decisiones (de las que poco se conoce) y de que se despeje el horizonte político, hoy oscurecido por las perspectivas de una vicepresidenta ubicua, lista para limitar los aspectos que no sean de su agrado y para mandar la campanita del Senado al desván de los recuerdos.