Diario oculto de un prisionero inglés (Primera Parte)

Tras ser rechazada la primera invasión inglesa, un oficial británico cautivo en las sierras de Córdoba escribía datos y vivencias en su cuaderno. Las autoridades españolas y los patriotas, en 1806, le exigieron la entrega del diario, que Alexander Gillespie ocultó.

Por Víctor Ramés
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Ilustración sobre las invasiones británicas al Río de la Plata en 1806.

El capitán Alexander Gillespie fue uno de los oficiales del ejército de más de 1.500 hombres, al mando del general Beresford, que tomó Buenos Aires como si fuese un paseo en junio de 1806. Las tropas inglesas ocuparon la plaza durante cuarenta y seis días: “Era invierno cuando nos adueñamos de Buenos Aires, tiempo en el que se dieron tertulias y bailes cada tarde, en una casa u otra”, anotaba en su diario el oficial Gillespie. Las tropas de ocupación parecían haber tenido un efecto social estimulante para la clase distinguida porteña. Gillespie, designado comisario de prisioneros durante la breve ocupación, escribió un libro donde recogió impresiones e informaciones de su permanencia en el país enemigo. Convertido él mismo en prisionero, tras la reconquista de Buenos Aires por las milicias comandadas por Liniers, fue confinado junto a los varios otros militares ingleses en San Antonio de Areco. De allí, un importante grupo fue conducido a Calamuchita, en las sierras de Córdoba, y alojado en una estancia ubicada entre los pueblos de San Ignacio y Santa Rosa. En la capital cordobesa había montados 3.000 milicianos listos para entrar en acción.
El traslado hacia el interior de Gillespie y el contingente de oficiales y soldados derrotados fue encomendado a los Húsares Infernales de Núñez, una de las milicias populares voluntarias creadas por Liniers. El motivo de esa operación era prevenir conspiraciones desde dentro, cuando se sabía que los ingleses desplegaban una segunda invasión desde el puerto de Montevideo, que acababan de tomar.
Así, no fue en viaje de placer que Alexander Gillespie vino a parar a las sierras cordobesas, lo que no le impidió ser un visitante extranjero que residió unos meses en la provincia y dejó interesantes páginas sobre sus vivencias.
La estadía de Gillespie nada tuvo que ver con la de un hombre rebajado ni humillado por su condición de prisionero enemigo. Como él mismo consignó en su libro, luego de comentar noticias de destinos menos amables de otros prisioneros: “En cuanto a mí, yo continuaba en mi pacífica estadía, entre las colinas que a lo largo diversifican el valle de Calamuchita, situado cerca de una de las muchas corrientes que interceptan sus planicies”. En esa calma, escribía. Los apuntes que el militar reunía en un cuaderno fueron objeto de la preocupación de las autoridades españolas, en particular debido a la inclusión de un acta en la que las máximas autoridades del cabildo -y muchos otros habitantes ilustres de la ciudad- habían jurado lealtad al gobierno británico y no ofrecer resistencia a los invasores. El libro de Gillespie, cuyo título se podría traducir como Recolecciones y señalamientos (Gleanings and remarks) sería publicado recién en 1818, en Londres.
Su lectura permite entrever algo de la Córdoba rural a través de la mirada del autor. Las citas referidas a la provincia de Córdoba comienzan al llegar el 18 de abril a Saladillo, donde “no había más que cuatro chozas, una capilla y un fuerte en ruinas. Aquí un río pequeño se incorpora al Tercero”
Al día siguiente la caballería y los prisioneros vieron a unas treinta leguas la sierra de los Cóndores “que se extiende noventa millas hacia el sur de Córdoba.”
La repetición del paisaje pampeano deja poco que decir al militar británico, “excepto el terreno ascendente que se interpuso en nuestro camino a Fraile Muerto, adonde llegamos a las ocho de la tarde”. Gillespie recoge su propia versión sobre el nombre del lugar: “Ese pueblo se llama así por un fraile que mataron en el lugar los indios que él había sido enviado a convertir”. Señala también el capitán prisionero que allí nacía un lindo bosque que ininterrumpidamente alcanzaba hasta Córdoba, “cerca del cual se hallaba la aldea de unas veinte casas, con una barraca fortificada en la que había agujeros para disparar los mosquetes, y una iglesia muy prolija”.
Aquella tarde en Fraile Muerto, se encontraron con trescientos voluntarios montados de Córdoba, camino a unirse al ejército en Buenos Aires. El viaje continuó al día siguiente temprano y se refrescaron “en Ballesteros de la Esquina, a cinco leguas de Fraile Muerto, donde hay una casa de posta en el llano. La vestimenta de la gente no mostraba cambios, ya que, en lugar del poncho, usaban unas mantas de género grueso de su propia manufactura, una tarea que les demandaba tiempo, al no conocer el uso de las lanzaderas para pasar el hilo, lo que hacían manualmente”.
Los prisioneros llegaron a Cruz Alta, próxima a la orilla del río Tercero, y permanecieron cerca de una pequeña capilla dedicada a la Santísima Trinidad, con un curato y asistente, como a una milla de aquel río…”. El 23 de abril se hizo alto en unas casas cerca del río, y un par de oficiales ingleses que se habían separado del resto fueron atacados por leones, pero ambos lograron huir sin ofrecer resistencia.
“Por todas partes se veían extensiones boscosas, cuyos árboles no eran más altos que nuestros robles más pequeños y por su irregularidad se notaba que crecieron al capricho de la naturaleza. Debimos rodear este mediodía por su borde un bosque extenso, ya que algunos de nosotros intentamos penetrar lo más posible, pero al no tener brújula pronto nos desorientamos. Fue gracias a la guía del sol que pudimos, finalmente reunirnos con nuestra caravana, ya a punto de partir”.
Tras su paso por otras poblaciones, la caravana tuvo a la vista su último destino, San Ignacio, el 1° de mayo. “Se encontraba a no más de tres leguas de distancia en línea recta, pero debido a las sinuosidades, a los tramos ásperos del camino, roto por los profundos surcos de las lluvias, no llegamos hasta el día cinco”
En esa esforzada aproximación a San Ignacio, el 3 de mayo “nuestro descenso fue lento pero perceptible en la vasta planicie de Calamuchita, entre las estupendas sierras de los Cóndores y las altas cumbres, o montañas de Córdoba, hasta que llegamos al Río Grande que nace a sus pies y corre por el valle, donde se le suman varias corrientes, entre ellas la de San Ignacio…”.