Confortablemente incómodos

El sábado pasado se cumplieron los 40 años de “The Wall”, un álbum doble de Pink Floyd que después tuvo su prolongación en la famosísima película de Alan Parker, pero que también implicó un choque de egos en la banda que concluyó con una separación en muy malos términos.

Por J.C. Maraddón
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Su apogeo fue tan breve como intenso, pero su aparición trajo consecuencias notables para la música contemporánea, además de influir en otras áreas de la expresión artística. El punk, cuya plenitud transcurrió entre 1976 y 1978, representó una crítica radical al aburguesamiento rockero, a la vez que desenmascaró la connivencia entre las grandes estrellas del género y la industria discográfica. Aunque luego ellos mismos iban a caer envueltos en esas redes, la combinación entre sus mensajes incandescentes y su sonido minimalista no iba a pasar desapercibida para el resto de los estilos de la época, que de alguna manera se volvieron permeables a esa perspectiva.
Más de cuatro décadas después, al analizar ese periodo, resulta evidente que muchas de las grandes bandas progresivas de los setenta, que eran blanco de las acusaciones de la punkitud, evolucionaron en la simplificación de su propuesta o directamente desaparecieron. Emerson, Lake & Palmer, tal vez la formación que más alto llegó en aquello de elevar la vara del rock, sacó a fines de 1978 un disco llamado “Love Beach”, que ya desde su título indicaba un cambio de rumbo ostensible. El trío no sobrevivió a la avalancha de críticas negativas desatada por ese intento de aggiornarse.
En el mismo año hizo lo propio Genesis, que venía atravesando una crisis por la partida como solista del cantante Peter Gabriel. Con el baterista Phil Collins al timón, metieron el hit “FollowYou, Follow Me”, que desairó a los viejos fans pero fue un rotundo éxito de ventas. Al grupo Yes, en cambio, le iba costar un poco más entrar en razones, aunque cuando finalmente lo hizo obtuvo resultados contundentes. Tras cambios en la formación y un interludio de ensayos que no dieron en la tecla, en 1983 la banda publicó el álbum“90125”, que escaló los charts gracias al hoy clásico tema “Owner Of A LonelyHeart”.
Otro de los dinosaurios rockeros de ese tiempo, Pink Floyd, había concentrado los insultos de los punks por sus conciertos monumentales y las pretensiones de elaborar sus obras bajo una premisa conceptual. Cuando todavía no era el cantante de Sex Pistols, Johnny Rotten recorría las calles de Londres con una remera a la que le había pintado la leyenda: “I hate Pink Floyd” (odio a Pink Floyd). Y es que se trataba de un nombre que representaba exactamente aquello que los punks se proponían desterrar de la faz de la tierra.
Aunque parezca insólito, la carrera de los liderados por Roger Waters y David Guilmour iba a tomar una dirección nueva a finales de los setenta, cuando después de la trilogía “The Dark Side Of The Moon”, “Wish You Were Here” y “Animals”, Pink Floyd sorprendiera a todos con “The Wall”. Allí, a pesar de que seguía habiendo un concepto (una historia) que unía a todas las composiciones, también se advertía un predominio del formato cancionero que era muy poco habitual en el grupo. Y no en vano salieron de esa lista algunos de los temas más taquilleros de la historia de esa formación, como “Another Brick in The Wall, Part II”.
El sábado pasado se cumplieron los 40 años de la publicación de “The Wall”, un álbum doble que después tuvo su prolongación en la famosísima película de Alan Parker, pero que también implicó un choque de egos en la banda que concluyó con una separación en muy malos términos. Por supuesto, en estos días ha habido homenajes, tributos y apologías con respecto a esta obra tan recordada. Pero quizás también algún mérito les corresponda a esos punkies que, queriendo denostar a Pink Floyd, obligaron al grupo a salir de la zona donde estaban “confortablemente adormecidos”.