Los “presos políticos” no recuerdan lo que son las fiestas

La patética marcha realizada ayer para forzar la liberación de los políticos presos por corrupción se realizó bajo la consigna de que estén libres para Navidad. No recuerdan todo lo que conllevan las fiestas.

Por Javier Boher
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Qué momento difícil el de las fiestas. Es tiempo de balances personales y encuentros familiares. Vuelven los recuerdos de los que se fueron y la posibilidad de crear nuevas anécdotas duraderas con los que todavía están. Con decisiones como si es con la familia biológica o con la política, adónde van a ir los chicos o cuál va a ser el menú, las fiestas son todo un evento en cualquier familia.

Por tal motivo ayer marcharon algunas organizaciones sociales (aunque por la magnitud de la asistencia, quizás haya sido una sola y con varios militantes pegando el faltazo). La consigna fue “Por una Navidad sin presos políticos”, esa ridícula figura con la que han decidido bautizar a los dirigentes encarcelados (algunos con condena, otros no) por causas vinculadas a la corrupción del gobierno anterior.

La movida era esperada por muchos, pero fue un audio del ex vicepresidente Amado Boudou que compartió Fernando Esteche hace unos días lo que volvió a movilizar a las bases, que según ellos estarían ansiosas esperando para recuperar a sus líderes. Toda una operación para presionar al poder judicial, que ya bastante ha ayudado a ir largando a los que estaban con prisión preventiva (que es lo que corresponde, siempre que eso no signifique que se pare el proceso).

La consigna remite a aquel patético episodio del 25 de mayo de 1973, cuando el entrante gobierno de Hector J. Cámpora no pudo contener la presión de las organizaciones armadas y se terminó produciendo el “devotazo”, con la liberación de todos los presos políticos por la Revolución Argentina que se había iniciado en 1966.

Sólo un adolescente educado en consignas ideológicas o un adulto muy poco leído -que descubrió la política de grande- pueden sostener que los que hoy pueblan las cárceles tienen algo en común con aquellos detenidos de entonces. Para empezar, y como madre de todas las diferencias, los de aquel momento habían sido apresados por una dictadura militar ilegítima, no por uno de los poderes del Estado funcionando según las normas democráticas.

El chantaje emocional de pedir que los presos retornen a pasar las fiestas con sus familias pretende hacer a un lado las causas por las cuales están allí, como si fuesen los únicos que en principio deberían pasar las fiestas tras las rejas. De eso se trata estar preso, es pagar con el aislamiento por fallarle a la sociedad.

Por es absurdo pensar que las leyes pueden doblarse o reinterpretarse porque Boudou le quiere cambiar los pañales a los mellizos o porque De Vido quiere darle de comer a sus pájaros exóticos. Para eso estaba la posibilidad de no delinquir, que prefirieron obviar. Los actos tienen -o al menos deberían tener- consecuencias.

Si este reclamo prosperara, hay uno que probablemente preferiría la soledad de la cárcel al bullicio de una mesa familiar plagada de turrones y garrapiñadas. Tal vez no pueda probar sidra ni vitel toné, pero tampoco debería sostener un encuentro con los que no soporta. Esa persona es Omar “el caballo” Suárez, dirigente sindical del SOMU.

Hace un tiempo fue privilegiado con la prisión domiciliaria, por cuestiones de salud que lo estaban afectando. Quizás los años de acción política lo tuvieron alejado de su casa, porque cuando se comunicaron ante la señal enviada por su tobillera electrónica de que estaba violando la restricción de la detención en la casa de su hija, el sindicalista manifestó su deseo de volver al penal.

Tal vez le pasó como a Alexander Selkirk, el náufrago que inspiró a Daniel Defoe para escribir “Robinson Crusoe”. Cuenta la historia que, a su regreso a la civilización, el verdadero náufrago se pasaba todo el día en la costa mirando el mar. Sólo lo interrumpía para algunas reuniones en las que contaba su historia, que le valían el sustento.

Suárez se acostumbró a la soledad del penal. Volver a su familia, convivir con hija, nietos o yerno, sin posibilidad de abandonar la casa, lo empujaron a pedir el regreso a la cárcel de Marcos Paz. Por ahora no le dieron con el gusto, sino que lo enviaron a otro domicilio. Allí tampoco podrá disfrutar de la soledad.

Seguramente los “presos políticos” ya se olvidaron lo que significa pasar la Navidad con la familia, con los que se alicoran y se enojan cuando hablan de política o reclaman una deuda vieja, los adolescentes que se quieren ir de joda o los nietos que lloran porque tienen sueño y quieren que llegue Papá Noel. Después de eso seguro terminan haciendo como “el Caballo”: felices de estar afuera para Navidad; desesperados por volver al penal para Año Nuevo.