Gobierno de Alberto, ¿nada nuevo bajo el sol?

Tener gente con lustre ayuda a decodificar el real peso específico de quién los lidera. El prestigio de los convocados habla más de la influencia del convocante que el de sus propios laureles. Por ahora esto no ocurre con el armado del que se tienen noticias.

Por Pablo Esteban Dávila

Es un hecho que la candidatura de Alberto Fernández nació de una brillante jugada de Cristina Fernández. También lo es que esta movida pudo, en un primero momento, aglutinar la mayor parte del justicialismo alrededor de un único candidato y que, posteriormente, tuvo el mérito de ablandar la oferta electoral del Frente de Todos, logrando la presidencia de la República a despecho del fuerte rechazo que provocaba la exmandataria.
Estas son certezas difícilmente controvertibles. No obstante, a partir de este punto, se abren interrogantes cuyas respuestas no son definitivas. La más importante de ellas es saber si el gabinete que se encuentra ensamblando el presidente electo le pertenece en su totalidad o si es una solución de compromiso pactada con su mentora.
Hasta ahora no parece haber nada nuevo bajo el sol. Los nombres que circulan provienen del peronismo o del cristinismo casi en exclusividad. En economía todavía se juega al misterio. Guillermo Nielsen, el más liberal de los que lucen con alguna chance, ha sido vetado por Cristina precisamente por esto. Matías Kulfas es de confianza de Alberto pero también un relativo desconocido, en tanto que Martín Guzmán, un profesor de la universidad de Columbia y admirador del Joseph Stiglitz, ha sido lanzado recientemente a los mentideros políticos. Huelga decir que, si Kulfas es un técnico ignaro, Guzmán lo supera por amplio margen en cuestiones de anonimato.
El resto de los posibles ministros exudan endogamia política. Entre los convocados no habría nadie proveniente de otras canteras ideológicas o alguno que sugiriese cierta continuidad en tal o cual política de Estado. Sean del PJ o de La Cámpora, los candidatos que han trascendido lucen cortados por similares tijeras.
Esto parecería responder por la afirmativa las dudas planteadas originariamente sobre si Fernández no estaría supeditado a opiniones vinculantes de Cristina. No obstante que aún falta conocer la integración definitiva del gabinete (se supone que el 5 de diciembre cesarán las incógnitas), todo indica que la dependencia del primer mandatario, al menos en los primeros tramos de su gobierno, será importante.
Esto contradeciría las afirmaciones del presidente electo sobre que no sería otro sino él quién llevaría las riendas de su administración. No obstante, y dado el origen de su nominación, algún nivel de coordinación con CFK debería reputarse de inevitable, más allá de sus previsibles intenciones autonómicas. Nestor Kirchner también debió aceptar, en el amanecer de su gestión en 2003, el patrocinio de Eduardo Duhalde. Pero el santacruceño, al poco tiempo y contra todo pronóstico, no sólo se desembarazó de aquella tutela sino que se las arregló para doblegar al conjunto del peronismo y subyugar a la principal parte del progresismo argentino.
El antecedente debería bastar para convenir que Fernández pudiera tolerar diferentes grados de intromisión en sus decisiones -al menos en los primeros meses de gestión- pero que esto no determinaría, necesariamente, su futuro político. Sin embargo, y aunque pudiese concederse tal cosa, todavía subsistiría una diferencia no menor entre Kirchner y él: mientras aquel era gobernador desde 1991, Alberto era, al momento de ser postulado, un comentarista de la política desde que la propia Cristina lo expulsara de palacio en 2008.
No es un asunto insalvable, por cierto, pero denota algunos aspectos interesantes. Por caso, el círculo de Néstor al momento de asumir, aunque provinciano y de escasas luces, ya era un entorno consolidado y con años de complicidades y trabajo conjunto, amén de las relaciones trabadas por su líder en su condición mandatario patagónico. Fernández no puede presumir de tal cosa. Sus allegados son apenas un puñado y es notorio que no tuvo, en los últimos tiempos, un think tank que le proporcionara cuadros e ideas. Su armado de poder es de último momento y, consecuentemente, igualmente sus lealtades.
Cristina y sus corifeos tienden a llenar este vacío, contrarrestado por la búsqueda de alternativas dentro del peronismo tradicional que encarnan los gobernadores y ciertos dirigentes lo suficientemente líberos, como lo es el caso de Felipe Solá. Estas fuerzas tienden a configurar un futuro gabinete que, de no mediar sorpresas, estará lejos de constituir un dream team que enamore a los argentinos y despeje las dudas que, a pocos días de la asunción presidencial, se empecinan en obscurecer el horizonte.
En este punto, los escépticos podrían contrargumentar de que esto tampoco es relevante. Que, como prueba en contrario, Mauricio Macri tuvo al inicio de su gestión un elenco de ministros de altísimo nivel intelectual pero que, a poco de andar, se reveló como de paupérrimo desempeño político y administrativo. Es innegable que es un buen punto. No siempre los pergaminos son garantía de eficiencia ni, mucho menos, de temple político.
No obstante, el hecho de tener gente con lustre ayuda a decodificar el real peso específico de quién los lidera. El prestigio de los convocados habla más de la influencia del convocante que el de sus propios laureles. Por ahora esto no ocurre con el armado del que se tienen noticias. El presidente electo se encamina a presentar un equipo que revela los límites de su propio poder y de la compleja transición que habrá de sortear incluso con quienes lo secunden dentro de la Casa Rosada. Si a esto se le añade un Congreso prácticamente monopolizado por su vicepresidenta y las medidas a tomar que, de seguro, serán antipáticas, el pronóstico es reservado. Pero claro, todo esto ya se sabía. Falta poco para verificar hasta que punto este entramado será funcional (o no tanto) para el voluntarioso de Alberto, dispuesto a poner la Argentina de pie sobre cimientos de dudosa entereza.