El próximo lunes es 13 de mayo

Dentro de una semana se verán las caras sus principales dirigentes en el Comité Central partidario, retomando una discusión aplazada desde la desde las elecciones a gobernador e intendente de Córdoba.

Por Pablo Esteban Dávila

El calendario no miente: el próximo lunes es 13 de mayo. Esto es irrefutable, al menos, desde la perspectiva del radicalismo cordobés. Dentro de una semana se verán las caras sus principales dirigentes en el Comité Central partidario, retomando una discusión aplazada desde la desde las elecciones a gobernador e intendente de Córdoba. En tal oportunidad están invitados a participar los legisladores electos, tantos los que secundaron a Ramón Mestre como los que acompañaron a Mario Negri.

Las heridas existen y son lacerantes. Está en juego, nada menos, que la definición sobre quién es el que manda. Hasta las presidenciales no tenía mucho sentido forzar este debate; las prioridades pasaban por apoyar, con diferentes grados de entusiasmo, la reelección del presidente Mauricio Macri. Pero ahora, y ya con la perspectiva de regresar a la oposición en el orden nacional, no hay más tiempo para dilaciones. El único lujo que una fuerza política no puede darse es no tener una conducción consolidada.

Desde un punto de vista formal, Mestre es quien maneja los hilos. En tanto presidente del Comité Central, los órganos partidarios le responden casi sin fisuras y es prácticamente inevitable que, al final de las deliberaciones, sea su voluntad la que efectivamente se imponga.

Sus intenciones, a este respecto, son transparentes. Quiere que Mario Negri y todos los que jugaron con él pasen por las horcas caudinas y reconozcan públicamente el desacierto de haber jugado por fuera el pasado 12 de mayo. Estatutariamente tiene el poder de expulsarlos. La carta orgánica establece que el Tribunal de Conducta debe proceder de tal modo con los dirigentes que se hubieran presentado como candidatos de otro partido en contra de los intereses de la UCR. La única manera de evitarlo es que los desafectos sean amnistiados, del mismo modo que, en su momento, se rehabilitó a Antonio Rins luego de haber fungido como segundo en la fórmula de Luis Juez en los lejanos días del 2007.

Mestre sostiene que la sola comparecencia ante el Comité Central de los legisladores electos por la lista de Córdoba Cambia será manifestación de constricción y, por consiguiente, de indulgencia política. Esto no significa, por supuesto, de que aspire a una reunión pacífica. Son muchas las recriminaciones que se encuentran en estado de latencia y se imagina que proferirlas será algo parecido a una sanación. Él es un dirigente clásico, de los que prefieren que los trapitos se ventilen en casa antes de hacerlo a través de periodistas o redes sociales.

Negri, aunque no está invitado a la reunión, no puede ser acusado de pensar diferente en este punto. Nunca ha renegado de su prosapia radical ni del respeto a los ritos que impone un partido organizado. Tampoco les teme a los debates, aunque sepa que se encuentra en minoría. Si su gente decidiera asistir al cónclave y plantar cara a las recriminaciones sería un duelo digno de los grandes momentos políticos.

El asunto, sin embargo, no pasa por las intenciones de cruzarse en una porfía memorable, sino por la negativa del diputado nacional a reconocer al intendente de Córdoba una preeminencia moral sobre el radicalismo más allá de los cargos formales. Porque, si de citar jurisprudencia se trata, Negri y los suyos también tienen su biblioteca. En este sentido, probablemente la mejor carta de la que dispongan sea la resolución de la mesa nacional de Cambiemos por la que se dispuso la libertad de acción de los distritos para resolver esta clase de temas de la manera que juzgaren conveniente. Al no haber acuerdo sobre la candidatura a gobernador, simplemente se optó por uno de los posibles caminos contemplados orgánicamente. Quien puede lo más puede lo menos.

La incógnita, por lo tanto, consiste en saber si los legisladores negristas se presentarán a la asamblea y, trascartón, si le negarán la entidad para juzgar su pasado comportamiento electoral. Va de suyo que asistir significaría convalidar las pretensiones punitivas del intendente y, literalmente, meterse en la boca del lobo. Mestre ya lo dijo hace algún tiempo atrás: bastaría una disculpa para reestablecer la concordia. Si no ha existido ninguna es porque los aludidos no creen que haya motivos para hacerlo.

Si, en este tipo de controversias, existiera algún seguro de mala praxis, de seguro debería ser reclamado ante la Casa Rosada. Fue Marcos Peña el responsable de haber leído la situación cordobesa en clave porteña y de prestar más atención a las encuestas que a la realidad política del distrito. También fue suya la preferencia por Luis Juez como aspirante a la intendencia de la capital por sobre Rodrigo de Loredo, de indudable prosapia radical. Si hubiera colaborado a la realización de las elecciones internas dispuestas en su momento por la UCR probablemente no se hubiera llegado a esta situación.

Claro que, tal vez, sus resultados no hubieran agradado ni a Peña ni a Macri. Mestre llevaba las de ganar debido a su dominio de las estructuras del partido. Inclusive buena parte del PRO, aunque irrelevante en cuanto al número de afiliados, hubiera jugado a su favor. Bueno es recordar que ni siquiera el macrismo local acordaba con la estrategia que se le ordenaba desde la Nación. No obstante el empecinamiento del jefe de gabinete pudo más y, con tal cosa, la división de Cambiemos en la jurisdicción más relevante para el presidente.

Son estas las controversias que deben resolverse para poder volver a hablar, en propiedad, de un radicalismo único. De lo contrario, continuará siendo una organización bicéfala bajo el ropaje de cierta normalidad institucional. Nadie puede negar la ascendencia de Mestre pese a su pobre desempeño electoral, del mismo modo que tampoco es lícito ignorar que Negri es respetado en sectores independientes y que, un dato no menor, terminó con más votos que su contrincante interno las elecciones provinciales. Ambas realidades requieren ser coordinadas en algún momento.

Es problema es cómo hacerlo. Porque, por ahora, las cartas están echadas. Si los díscolos de entonces asisten el próximo lunes, habrá sido una victoria del intendente y de su política de amnistía. Si, por el contrario, aquellos impugnan el indulto que se les ofrece por improcedente y se abstienen de participar, pues la grieta interna no hará otra cosa que profundizarse.

Esto es potencialmente mortal para las pretensiones de regresar al poder al corto plazo. El radicalismo ya no cuenta con la ciudad de Córdoba ni con sus estructuras y, como es harto comprobado, a los intendentes de tierra adentro les falta vocación global para colaborar en su relanzamiento. Es, por lo tanto, razonable suponer que una de las pocas vidrieras que tendrá para mostrarse será la Cámara de Diputados de la Nación, desde donde se procurará ejercer una oposición desde la sorprendente posición de primera minoría legislativa. Es Negri -y no Mestre- quién está mejor parado en tal escenario.

No hay dudas que el próximo lunes es 13 de mayo. Pasaron algunos meses, pero los radicales todavía están parados en el día anterior. Y no podrán avanzar hasta tanto no definan como abordar sus contradicciones y resentimientos en una etapa que, a no dudarlo, se presenta otra vez como aciaga.