El delicado equilibrio inestable del nuevo presidente

Fernández deberá continuar con el ajuste de Mauricio Macri. Quizá lo maquille con alguna pátina peronista, pero esto no podrá ocultar la deriva ortodoxa que habrá de adquirir su gobierno, al menos en los primeros tiempos

Por Pablo Esteban Dávila

Alberto Fernández será un presidente atípico, sui generis. Fue nominado por su compañera de fórmula (cuando siempre ocurre al revés) y, hasta ahora, nunca se había postulado para ningún cargo ejecutivo. Al menos por lo que se conoce, tampoco existe una línea albertista que vertebre un sostén propio, incondicional, dentro del justicialismo. Con la opinión pública no le iba mejor: hasta el dedazo de Cristina, era poco menos que ignoto para el gran público.
Es obvio que el poder real que ostenta es prestado, al menos por el momento. Sus financistas son dos: la vicepresidenta electa y el peronismo clásico, por llamarlo de algún modo. La primera es la más importante, pero el segundo probablemente crezca en relevancia en los próximos meses. Fernández deberá hacer equilibrio entre ambos hasta que encuentre el modo de consolidar su propia autoridad.
Probablemente tenga en mente el emular a su amigo Néstor Kirchner. Al igual que él, el santacruceño llegó a la Casa Rosada siendo prácticamente un desconocido. También tuvo un padrino, Eduardo Duhalde, quién lo prefirió por sobre José Manuel de la Sota en los aciagos días de 2002. Cuando todos suponían que sería apenas un títere de su mentor, Kirchner sorprendió con audaces movimientos políticos y se desembarazó pronto de aquella tutela. Alberto imagina que, a poco de andar, podrá hacerse de similares grados de libertad.
Es, por cierto, un buen modelo de referencia, excepto por un detalle: Duhalde ya había hecho el trabajo sucio y la economía se encontraba en repunte cuando Néstor recibió los atributos del mando. Además, por si hiciera falta recordarlo, la soja batía récords históricos y las comodities en general gozaban de una envidiable fortaleza. Aquellos fueron los cimientos de la impensada construcción política del kirchnerismo, así como Hugo Chávez los obtuvo del petróleo.
No es la actual situación de la Argentina. El presidente electo recibirá un país sumido en una severa crisis económica y social y, a diferencia de su fallecido compañero de ruta, sólo lo esperan sangre, sudor y lágrimas. No hay ningún matafuego a mano, excepto el odiado FMI. No hay fondos de pensión que confiscar, ni impuestos para aumentar, ni dictadores dispuestos a prestar plata. Si se deja de lado la vieja y querida máquina de imprimir billetes (tampoco parece haber margen para reprivatizar empresas reestatizadas en las gestiones K), no queda caja a la cual echar mano.
Esto significa, lisa y llanamente, que Fernández deberá continuar con el ajuste de Mauricio Macri. Quizá lo maquille con alguna pátina peronista o instituya una suerte de neolengua para llamarlo de otro modo, pero esto no podrá ocultar la deriva ortodoxa que, necesariamente, habrá de adquirir su gobierno, al menos en los primeros tiempos.
Tal determinismo tensará, inevitablemente, el sistema de equilibrio interno sobre el cual descansa su poder. Cristina demandará, por sí o a través de la Cámpora -su guardia pretoriana- que se dejen de lado políticas neoliberales y se de comienzo a la redistribución de la riqueza, al tiempo que los gobernadores aconsejarán prudencia, temerosos de una crisis que también se los lleve puestos. El presidente basculará entre ella y los otros hasta encontrar el momento de declarar su independencia o, más probablemente, de proclamar quienes son sus verdaderos aliados para sacar adelante el país.
Fácil es suponer que estos no serían otros que los gobernadores y los dirigentes del PJ, en detrimento de la izquierda incomprensible del camporismo. Y esto sucedería, incluso, si la expresidenta estuviera determinada a callar ante los probables desvíos de su criatura electoral. En este escenario, los “pibes para la liberación” no necesitarían nada más que su silencio para sentirse con las manos libres y amonestar al presidente ante imaginadas traiciones ideológicas.
La cuestión, por lo tanto, no es si esta dialéctica se producirá sino cuando tendrá lugar. Ya existen dos presagios claros. En los festejos por la victoria del Frente de Todos, el presidente electo fue entornado mayoritariamente por el ala izquierda mientras que, en la asunción del gobernador Juan Manzur en Tucumán, lo estuvo exclusivamente por el peronismo tradicional. Tampoco puede soslayarse que, en su discurso del domingo, la propia Cristina le advirtió sobre el inconveniente de cogobernar con Macri, como dejando sentado que la famosa transición es una rémora burguesa y que lo mejor sería dejar librado al actual presidente a su suerte.
Queda a la vista que Fernández tomó nota pero que, sin embargo, decidió obrar conforme a sus propios planes. Aún más, señaló a antiguas viudas del kirchnerismo -tales como Vilma Ibarra y Gustavo Béliz- como integrantes del equipo que habrá de coordinar con el gobierno los aspectos centrales de la transición. Es ya un hecho que prácticamente no habrá cristinistas entre sus ministros. Wado de Pedro, quién suena insistentemente como jefe de gabinete, parece más interesado en instalarse en la Casa Rosada antes que continuar con sus correrías junto a los conmilitones de la Cámpora.
En que proporción afectará todo esto el humor de Cristina es materia de controversia. Algunos aventuran que ya está molesta con estos indicios de liberalidad, aunque no debería exagerarse al respecto. No hay dudas de que se trata de una mujer inteligente (la nominación de Alberto es una señal inequívoca del atributo) y que, por tal razón, no podría pretender subordinación ni obediencia de quién ha sido electo para conducir los destinos de la Nación. Esto no significa, por supuesto, que sus seguidores acepten este hecho como algo inevitable y, como se ha señalado, es aquí donde pueden aparecer puntos de fricción más temprano que tarde.
Siempre podrá especularse que, al final, un sistema presidencialista como el argentino termina por imponerse a los resistentes (especialmente dentro de la propia tropa) y que la billetera del primer mandatario es un poderoso factor de disciplina. Esto es cierto. No obstante, resulta imposible soslayar que las estrecheces que aguardan a Fernández tan pronto reciba el gobierno condicionarán en grado extremo su poder de fuego. Consecuentemente, tendrá que obrar a la usanza de un astuto equilibrista antes que como el estadista en el que sueña convertirse. Deberá tener paciencia; ya tendrá tiempo para quedarse sólo con los leales cuando pase la tormenta, si es que alguna vez finaliza.