Que el lunes empiece un nuevo camino

Las elecciones presentan una disyuntiva que, tras tres décadas de estancamiento, no parece ser tal. Sólo el compromiso entre vencedores y vencidos puede torcer ese rumbo decadente.

Por Javier Boher
[email protected]

El domingo es el momento para que los argentinos volvamos a las urnas a elegir presidente. Desde 1983 que regresó la democracia, hemos tenido el privilegio de decidir la conducción del país en ocho oportunidades. Quizás la novena sea la vencida para recuperar la esperanza en el futuro, algo que muchos ponen en duda.

A lo largo de estos 36 años no nos ha faltado forma de elegir: tuvimos colegio electoral (como desde 1853), voto directo, reelección, PASO y ballotage. Tal vez a esta altura el problema no esté en las formas, sino en los perfiles que la gente ha preferido premiar para que se sienten en el sillón de Rivadavia.

Nunca se puede decir que es culpa de la gente, “el pueblo”, que elige como quiere o como puede, valorando lo que le gusta o lo que espera. ¿Quiere votar con el bolsillo? Perfecto. ¿Le interesa votar por alguna creencia personal o algún valor que le inculcaron? Maravilloso. Cada uno hace con su voto lo que le plazca. Sin embargo, siempre vale rescatar que acá hay libertad para votar.

La crisis latinoamericana ha marcado los límites que han alcanzado los distintos modelos que se impusieron en la región a lo largo de las últimas décadas. Con matices, todos abrazaron la democracia liberal y la economía de mercado que se impusieron como valores en la década del ‘90, con algunos manoseos y cosas raras durante las distintas experiencias populistas.

El escenario argentino a futuro se presenta complejo, con ambos polos mayoritarios acusando al otro de que su triunfo significaría el caos. Mientras Juntos por el Cambio denuncia Venezuela o desestabilización en sus rivales, el Frente de Todos responde señalando en ellos la posibilidad de Bolsonaro o la profundización de las políticas que han generado los conflictos en los países vecinos. Si unos denostan la igualdad que emana de la acción del Estado, otros rechazan las libertades de la economía de mercado.

Ninguno tiene razón, salvo que en sus mentes esté la idea de reaccionar a la posible victoria de sus rivales dando por sentado que las cosas serán como mandan sus anteojeras ideológicas. Aunque el país no haya mejorado prácticamente ningún indicador en más de 30 años, todavía está lejos de ser como el resto de latinoamérica.

La pobreza se ha mantenido estable en alrededor del 30% de la población, y aunque la desigualdad no sea tan alta como en otros países latinoamericanos (sólo es menor en Uruguay), tampoco se ha reducido significativamente: según la OCDE, pasar de la categoría social más baja a la más alta (y no volver) llevaría seis generaciones en una familia, mientras en algunos países europeos sólo se necesitarían dos.

Aunque el país haya sido pionero en la eliminación del analfabetismo y la universalización de la educación universitaria, tener la mayor proporción de estudiantes universitarios de la región no se ha traducido en más profesionales: la tasa de egreso es más baja que en Brasil, Chile o Colombia, que al momento del regreso de la democracia miraban de lejos al sistema de formación superior argentina.

Si hace treinta años encabezaba el ranking regional en el PBI per cápita, un estancamiento de casi una década ha relegado al país fuera del Top 5, siendo superado por sus compañeros del Cono Sur, Uruguay y Chile. Sin crecimiento económico no hay perspectivas de ampliación de derechos, aunque algunos no crean que sólo se pueden sostener los derechos si hay recursos económicos para garantizarlos.

Allí están nuestras principales deudas.

La decisión electoral del domingo está lejos de ser tan dramática como la presentan los divinos adoradores de la grieta, que tienen entre sí muchas más similitudes que las que creen, aunque hay una que resulta fundamental: la creencia monolítica en que su contraparte es la única responsable del estancamiento de más de tres décadas en el que está sumido el país. Básicamente, nadie quiere hacerse cargo de la parte que le toca.

Mientras todos señalan herencias de cuatro años, doce años, treinta años, setenta años, militares, radicales, peronistas, liberales, neoliberales, populistas o lo que fuere, ninguno pudo con sus recetas resolver los problemas del país, que aunque no sean tan graves como los que se viven en otro lado siguen siendo determinantes en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Lo único que ha crecido duramente a lo largo de estos años es la fortaleza de la democracia, no como un acto simple o natural, sino por el compromiso que hasta ahora han ido demostrando las sucesivas generaciones de argentinos que se han sumado a la vida política del país.

Tal vez ha llegado el momento de que esa misma voluntad conjunta se empiece a trasladar a la responsabilidad en la gestión de la economía, al compromiso por la reducción de la desigualdad y la pobreza, a la seriedad en la política educativa y al respeto por la propiedad y la libertad individual. El lunes sería un buen momento para que vencedores y vencidos se decidan a empezar a recorrer ese camino.