Frigerio apela a la política ante el fracaso electoral 2.0

Ahora es el tiempo de Frigerio, al menos en lo que al armado territorial respecta. Su paso por visita a Córdoba, el único distrito que el oficialismo puede dar por seguro de cara a octubre, es la afirmación de que las cosas, esta vez, serán distinta.

Por Pablo Esteban Dávila

Mientras Rogelio Frigerio bajaba línea ante la concurrencia, muchos dirigentes radicales se restregaban las manos. “A mi juego me llamaron” susurró uno de ellos a quien tenía al lado. El ministro del Interior estaba, por primera vez en los cuatro años de gestión macrista, pidiéndoles que salgan a hacer política. Música para sus oídos.

El milagro se produjo ayer en Villa Allende, el único bastión del PRO en el gran Córdoba. Frigerio había convocado a intendentes y líderes de Juntos por el Cambio para exponer los trazos gruesos de las próximas elecciones presidenciales. Y, a juzgar por las reacciones, lo hizo con gran estilo.
“Hagan campaña tradicional”, reclamó a los presentes. Esto significa repartir votos, prometer beneficios varios, movilizar gente, visitar los medios de comunicación y comprometer voluntades dispersas en la fiscalización y en el armado político. Ninguna de estas cuestiones elementales se venía haciendo porque, simplemente, no encajaban en el manual de estilo de Marcos Peña. Frigerio aseguró que, lejos de cualquier reprimenda, desde el gobierno se alentará la proactividad territorial aun si esto supusiera la comisión de ciertas herejías en lo que a unidad de mensaje respecta. Fue incluso más allá cuando al recomendar a los intendentes que “siguieran sus instintos” dado que, si fueron capaces de triunfar en sus respectivas localidades, es porque conocen de la materia. El metamensaje fue que ningún consultor, por más encumbrado que sea, tiene el derecho de censurar a un político práctico por pretender salir a la calle a juntar votos, un principio general que no obsta a coordinar sus esfuerzos con la imprescindible estrategia de campaña que, forzosamente, debe ser unívoca. En todo caso, se hizo patente que el mandato estratégico no debe ser un pretexto para reemplazar a la dirigencia por el WhatsApp o el big data y que ambos, la acción personal y la impronta científica, no constituyen términos incompatibles. Estas instrucciones, empero, no fueron sino los primeros movimientos del intermezzo ejecutado por Frigerio. Casi como adivinando la pregunta que sobrevendría al final del encuentro, aseguró con pompa y circunstancia que esta vez se les proporcionaría fondos frescos, tanto para la campaña como para sus respectivas gestiones. Beso, medalla y abrazo. Es un recordatorio de que sin plata no hay política, una máxima tan fatal como la ley de gravedad que, sin embargo, fue ignorada temerariamente por el macrismo hasta el golpe de las PASO. El ahorro, en este campo, se paga muy caro. Aunque se haya cuidado de decirlo taxativamente, Frigerio estableció el criterio de que una campaña exclusivamente basada en redes sociales ya fue y que Juntos por el Cambio debe transitar sobre terrenos más consolidados. Hasta Peña, el principal ideólogo de la política 2.0, admitió recientemente el fracaso de mantener aquella visión a rajatabla. Puede que Facebook, Instagram, Twitter o WhatsApp sean herramientas simpáticas cuando las cosas van más o menos bien (el gobierno triunfó en 2017 con este tipo de abordaje) pero, en un contexto de crisis, se han revelado como inocuas o, en algún aspecto, demasiado esnob frente al sufrimiento, bien real, de mucha gente.

Asimismo, y aceptando aquello de que “el medio es el mensaje”, la centralidad del ministro en Villa Allende vino a sugerir que el ala política del gobierno se encuentra tomando el control de la situación, aunque la movida no deba ser leída como un golpe palaciego en contra de Peña y Durán Barba quienes, pese a todo, continuarán prescribiendo las grandes líneas del mensaje con que Mauricio Macri intentará forzar el balotaje. El momento no es propicio para un golpe de timón que arroje a la Casa Rosada y sus tripulantes hacia lo desconocido. Estos cambios son bienvenidos por todos aquellos dirigentes, especialmente los radicales, que nunca encontraron su lugar dentro del enfoque gerencial propuesto por el jefe de gabinete. Si bien dentro del PRO una discusión semejante no tuvo lugar -al menos públicamente- en la UCR las quejas eran ostensibles.

Por añadidura, la propia figura de Peña se había transformado en una referencia odiosa inclusive antes de las primarias, todas veces que se lo sindicó como el principal responsable de la catástrofe del 12 de mayo en la provincia y el empecinamiento por ungir a Luis Juez como candidato a despecho del prometedor Rodrigo de Loredo. Es un tanto paradójico que el portador de este mensaje de sanación sea un peronista, aunque, a poco de analizar la inconsistencia, es preciso concluir que existe más en común entre Frigerio y los radicales que entre estos y Peña, un típico emergente de cierto vanguardismo post político que caracterizó al PRO en sus años de consolidación. Aunque la devoción del presidente para con él lo ha blindado contra cualquier maniobra tendiente a desestabilizarlo, esto no logró su aceptación como primus inter pares de la coalición. Por el contrario, referentes tales como Alfredo Cornejo o Gerardo Morales -de clara identificación partidaria han intentado zafar de su tutela política toda vez que han podido. Estos intentos han sido crecientemente exitosos después de la debacle de las PASO. Ahora es el tiempo de Frigerio, al menos en lo que al armado territorial respecta. Su paso por visita a Córdoba, el único distrito que el oficialismo puede dar por seguro de cara a octubre, es la afirmación de que las cosas, esta vez, serán distintas y que existirá un razonamiento político que acompañará los grandes lineamientos de la campaña. Es razonable suponer que el mensaje caerá todavía mejor en las provincias en las que el gobierno está más complicado y que contribuirá al crecimiento de la militancia y el compromiso personal, no únicamente al de los likes en las redes sociales que, como se ha visto, valen bastante menos que los votos dentro de las urnas.