La vuelta al mundo de un dibujante (Primera parte)

En 1848 Robert Elwes cruzaba el sur cordobés en dirección a Chile. De allí seguiría viaje rumbo a China, la India, el Mar Rojo, el Sahara, Alejandría, Italia y otros países, regresando a Londres dos años después.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Una vista de Buenos Aires por Robert Elwes, incluida en su libro de viajes de 1854.

Robert Elwes (1819–1878), un viajero inglés de la época victoriana visitó Sudamérica en el año 1848. Tras permanecer unas semanas viajando por el Brasil, pasó a Montevideo y de allí cruzó a Buenos Aires. Emprendió luego el camino rumbo a Chile a lomo de caballo, atravesando las provincias argentinas de Santa Fe, el sur de Córdoba, San Luis y Mendoza hasta el pie de la cordillera. Elwes era artista del lápiz y el pincel que completaba las anotaciones en su cuaderno realizando dibujos de vistas de los lugares que visitaba. Sus bocetos eran trasladados por él mismo al color mediante bellas acuarelas. El producto de la descripción de sus viajes y de las ilustraciones fue el libro A sketcher’s tour round the world (Viaje de un dibujante alrededor del mundo), 1854.
Elwes no se limitó a viajar por Sudamérica -adonde había llegado desde Tenerife- sino que visitaría a continuación Manila, Hong Kong, Canton y Shanghai, Singapur, Penang, Bombay, Aden, el Mar Rojo. De allí pasó a Suez, atravesó el desierto hasta el Cairo y siguió después a Alejandría vía Malta, Sicilia, Nápoles y Génova. Fue luego a Milán y por el Rhin llegó a Rotterdam, regresando a Londres en 1850.
Compartimos sus páginas sobre el cruce de la pampa hasta los Andes, una travesía de mil millas,en especial su paso por el sur cordobés.El grupo llevaba cuatro caballos: uno para Elwes, otro para Pavón, su guía, otro para el postillóny el cuarto para el equipaje. Tras su partida de Buenos Aires los jinetes hacían alto en la última posta santafecina antes límite con Córdoba:
“Al tercer día llegamos a Guardia de la Esquina, donde termina la provincia de Santa Fe. Esta parte del país es todo pasto. Anteriormente era una zona muy hostigada por los indios, y las casas de posta están fortificadas por altos muros de cactus y un pequeño foso, defensa suficiente para un enemigo que a pie nada puede hacer para salvar esa barrera. El cactus tiene una flor amarilla, que llega a crecer cerca de cinco metros de altura. La puerta tras ese cerco era angosta y cinco o seis hombres armados con mosquetes podían oponer una buena defensa contra una partida de indios. Aquí hicimos breves paradas y entre posta y posta raramente se veía algo más que unos cuantos venados, u ocasionalmente una perdiz.”
Además de esos animalitos, el camino también podía deparar un encuentro con seres humanos, como en este caso, entrando en la provincia de Córdoba:
“En la cuarta mañana partimos antes de las cinco, tratando de hacer una jornada más larga, pero al llegar a Cruz alta, a las seis en punto, nos encontramos con un correo que venía de Mendoza. Llevaba con él un postillón y cargaba la correspondencia en un caballo principal. Él, Pulgares y Pavón eran por supuesto viejos amigos y como en Sudamérica, por más que todos anden al galope nada es urgente, ni siquiera el correo, pararon a charlar un rato. Les preguntamos las noticias ‘al pie del camino’. Dijo que no había peligros y que todo estaba muy bien: ‘Muy lindo, muy bueno es, Señor.’ Comparamos en un momento nuestros relojes y él dijo que el mío estaba mal, ya que adelantaba media hora. ‘Está bien’ dije yo, porque él tenía el tiempo de Mendoza y yo el de Buenos Aires, pero no me detuve a explicarle la diferencia. Pavón le ofreció entonces su chifle (un cuerno de vaca usado como recipiente de licor), del que el correo tomó un profundo trago. Pavón bebió a su vez por cortesía y tras un saludo respetuoso partimos.
En la siguiente posta el grupo verá demorado su viaje:
“En Cruz Alta, una villa cercada de cactus, encontramos a la gente preparando mate y tomamos algunos con ellos. Los caballos habían sido ensillados y cargados cuando comenzó a llover tan fuerte que no pudimos partir y debimos permanecer en la casa de postas hasta que parase. No pudimos hacerlo hasta las 4 p.m., y a esa altura el camino estaba muy malo y resbaloso. El tiempo calculado es de cuatro leguas por hora; pero no creo que aquí las leguas tengan tres millas, pese a que un oficial del Kestrel (un barco) caminó seis leguas cerca de Buenos Aires, y dijo que la distancia en total era de dieciocho millas. La gente pensó que estaba loco, y suponía que era demasiado pobre para comprarse un caballo.”
Robert Elwes compara lo que ve en el lugar con su lectura de La Pampa y los Andes, del escocés Francis Bond Head quien había pasado por allí veintidós años antes.
“Dormimos en la Esquina de Lobatón, una casa solitaria cercada de cactus. Antes arribar allí, pasamos a una fila de veinte carretas en ruta a Tucumán. Habían hecho un alto y los bueyes estaban pastando. A veces me veía enfrentado a la veracidad de la descripción de las pampas que había hecho Head, ya que los hábitos de los gauchos han cambiado muy poco en los últimos treinta años. Algunos adelantos se han hecho. Unas cuantas sillas reemplazaron los cráneos de caballos como asiento; pero los niños aún se columpian en hamacas de cuero, juegan con largos cuchillos, y los muchachos aún juegan a enlazar a los perros que entran y salen del rancho.”
En Fraile Muerto el inglés cambiará algo más que de caballo.
“Casi todo el camino a Esquina de Medrano, pasamos sobre una planicie ininterrumpida de pasto. El río Tercero era una pequeña corriente hacia el norte, y lo demarcaba una línea de arbustos. Las dos últimas casas de posta estaban cerca de él. La posta de Fraile Muerto era un lugar agradable y allí pudimos tomar una buena cena. Conocimos a dos viajeros que iban a Buenos Aires y uno de ellos, un soldado, cambió dinero conmigo entregándome plata de Córdoba por mis billetes porteños. Nos sentamos en una cama en la casa de posta, pusimos el dinero y lo intercambiamos, tomando cada uno según lo que consideraba su valor. El otro viajero era una especie de joven comerciante que trató de involucrarme en una conversación política y parecía ser un librepensador. Pero yo evité el tema fingiendo no entender lo suficiente lo que me decía, y me limité a señalar que Buenos Aires se veía bastante tranquilo y que los caminos eran seguros.”