Un profeta en su tierra

No sería descabellado suponer que buena parte del radicalismo pudiese optar, derrota en octubre mediante, por regresar a sus fuentes y desembarazarse de sus socios del PRO, con quienes nunca se entendieron del todo.

Por Pablo Esteban Dávila

Jorge Sappia, el presidente de la Convención de la Unión Cívica Radical, dice lo que otros callan o susurran en prudente off the record. En la versión abreviada, su opinión radica en que el PRO los trató de mala manera. “Nos ninguneó, no nos consultó, no nos llamó para nada”, por lo que “Hace rato que estoy trabajando para aunar voluntades en todo el país para recuperar la identidad radical dejando de lado Cambiemos y volver a nuestra esencia”. No hay dudas que sería el primero en girar el picaporte de la puerta de salida si pudiera hacerlo.

Sappia habla con la liberalidad que le dan sus años y su prestigio y, un dato no menor, desde su lejanía de los cargos públicos. No muchos de sus correligionarios cuentan con esa ventaja, entrampados como lo están dentro de la brutal lógica de la realpolitik del poder y de sus propias ideas. De alguna manera el veterano dirigente anticipa un escenario altamente probable al que todos los radicales, tanto los conchabados como los de a pie, deberán hacer frente más temprano que tarde.

Este no es otro que el día después de la derrota de Juntos por el Cambio. Buena parte del arco político considera que esto es ya un hecho consumado. Las apelaciones del presidente de la Nación y de sus principales espadas para revertir el resultado de las PASO se inscriben dentro del terreno de lo místico, del milagro. No parece existir una solución científica para remediar lo ocurrido.

La certeza es incómoda, tanto o más cuando, en el fondo, remite a otra cuestión: el rol del actual oficialismo dentro de la oposición. ¿Qué haría la coalición en esta situación? ¿Mantendría su cohesión o se libanizaría irremediablemente? A juzgar por las reflexiones de Sappia y el silente acuerdo de buena parte del radicalismo, es dable suponer que la segunda opción es la correcta.

Probablemente no sea este el deseo institucional ni del PRO, ni de la UCR ni tampoco el de la Coalición Cívica. Sus respectivos referentes creen sinceramente que la democracia tiene, entre sus aristas, la posibilidad de la alternancia republicana y que, cuando toca ser oposición, debe ejercérsela a cabalidad. Pero estas buenas intenciones chocan con un detalle que no es menor: después de diciembre y si Mauricio Macri no logra su reelección, no existirá un líder que nuclee la entente.

Esto significa que, luego de haber campeado mayestáticamente las reglas del consenso interno debido a las restricciones de facto impuestas por la conducción de Marcos Peña, Juntos por el Cambio debería construir una alternativa política sin la argamasa que brinda el poder. La tarea, no obstante que posible, no sería fácil debido a las tensiones internas y a los reproches que, seguramente, abundarían tras una derrota en octubre. Es insoslayable suponer que los interesados tendrían que vencer poderosas fuerzas centrífugas sin claras referencias en lo inmediato. La inveterada inmaterialidad de Cambiemos – JXC está a punto de pasar una enorme factura por tanta fluidez.

Si, hipotéticamente, ni Macri ni María Eugenia Vidal pudiesen concretar sendas hazañas de reelección, sólo Horacio Rodríguez Larreta podría rearticular algo de los rezagos del PRO en torno a su prestigio como administrador. Pero Larreta no sería un primus inter pares de Gerardo Morales, del correntino Gustavo Valdés ni de, probablemente, Alfredo Cornejo, cuyo delfín Rodolfo Suárez tiene chances ciertas de retener la estratégica Mendoza para el redil radical. ¿Quién concertaría las voluntades dentro de un interbloque opositor tironeado como Tupac Amaru por dirigentes que, cada uno a su modo, han demostrado su resiliencia política en un contexto de crisis? ¿Cuál de ellos orientaría el estilo y la agenda alternativa a la que tendría el kirchnerismo ya instalado en la Casa Rosada?

En tal atmósfera, no sería descabellado suponer que buena parte del radicalismo pudiese optar por regresar a sus fuentes y desembarazarse de sus socios del PRO, con quienes nunca se entendieron del todo. A los macristas, por su parte, tampoco les iría mejor. Desafectos en buena parte a la dinámica partidaria por su adherencia a lógicas de gestión, diríase, corporativas, sería complejo reconocerse como parte de un proyecto político destinado a sobrevivir allende el traspié electoral. Con estos supuestos en vista, los pronósticos de unidad son reservados, más allá de las intenciones. Haría falta una notable visión de futuro para mantenerla, una condición de la que buena parte de la coalición adolece de no ser por la guía forzosa que impone el gobierno de Macri, al menos hasta octubre.

El radicalismo, para colmo, probablemente resulte con daños mayores en la actual coyuntura que los irrogados tras la salida de Fernando de la Rua en 2001. En aquel entonces un bipartidismo atenuado todavía regía la política nacional y, al momento del helicóptero, el partido conservaba el gobierno de una considerable cantidad de provincias y ciudades, amén de contar con un mayor número de legisladores que el actual. Y, lo que psicológicamente podría ser más llevadero, es que aquella crisis era una consecuencia de un presidente del palo y que, por tal razón, debían hacerse cargo del desaguisado en soledad. Fue traumático aunque, a la vez, probablemente sanador.

La actual, por el contrario, no es sentida como responsabilidad propia. El radicalismo probablemente quede herido, diezmado, por decisiones en las que no tuvo ni arte ni parte, al menos en las proporciones que sus conductores hubieran juzgado apropiadas dentro de un gobierno de coalición. Los platos rotos serán de todos, mientras que las mieles del poder -mientras duraron- fueron degustadas por CEOs y duranbarbianos casi en exclusividad. Esta hiel preexistente se exacerbará ante un resultado adverso sin que mucho pueda hacerse para aventarla.

Finalmente, y para espanto de la UCR, otra será la suerte de los peronistas que acompañaron a Macri durante tanto tiempo. Ante una situación de diáspora en el plano opositor serán bienvenidos, casi con seguridad, en cualquier entresijo del poder albertista, ávido de sumar legitimidad por derecha debido a que, por izquierda, ya la tiene a raudales. El PJ es pletórico en estos ejemplos. Otra razón para que la voz de Sappia sea considerada como profética si lo peor termina finalmente sucediendo.