Pasa el agente del préstamo inglés (Segunda Parte)

Robert Proctor, un rico ciudadano británico, viajaba a Lima en 1823 para establecer una oficina vinculada a un empréstito para el gobierno peruano. Lo vemos cuando atraviesa el sur cordobés.

Por Víctor Ramés
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Luego del trayecto por la pampa al sur de Córdoba, el grupo que conduce a Robert Proctor asiste a un cambio de paisaje. Asomarán otras formas y colores, poco a poco, para cortar la larga monotonía de la llanura. Y al mismo tiempo el camino se ira volviendo cada vez más trabajoso y accidentado.
Aquella soledad apenas interrumpida por postas derruidas, por mínimos caseríos, vive años claves de la emancipación sudamericana. Las notas de viaje de Proctor intentan ser los ojos de los intereses británicos en medio de esa gesta de independencia. El pasajero se entrevistará pronto con San Martín en Mendoza.
Entretanto, la inevitable extensión del territorio resulta lo peor del viaje. Ese tiempo, entre infaltables vicisitudes, era una invitación a ejercitar la mirada curiosa del viajero y a describir su experiencia.
“El país, el 30, y especialmente el 31 (de febrero), presentaba aspecto muy salvaje, y se levantaban por todos lados cerros rugosos con poquísimo verdor. A lo lejos veíamos la lista azul de la Sierra de Córdoba que, situada exactamente en la línea, obliga al viajero a dar largo rodeo para evitarla.”
El viaje se volvía cada vez más arduo debido a la superficie irregular de los caminos y les obligaba a avanzar a paso de hombre. A esto se suman imprevistos, como el del día 1° de abril en que, cuenta Proctor, “… tuvimos la desgracia de quebrar el eje de la carretilla y habría sido accidente muy serio si no hubiésemos tenido repuesto, pues no hay trozo de madera, en todo el país, bastante grande y derecho que sirva para ese objeto; pero, teniéndolo, solamente demoramos dos o tres horas.”
Más adelante siempre aparecen nuevos inconvenientes a resolver: “Alcanzamos finalmente el ancho lecho de un río, con caudal de agua considerable, cuya orilla opuesta erar tan empinada que los caballos probablemente no sacarían el carruaje: por consiguiente, mandamos pedir auxilio a la posta de Barranquita. La orilla, efectivamente, era casi perpendicular y se requirió toda la fuerza de los caballos de refresco para tirar la carretilla”.
En medio, surge una descripción: “Barranquita es una larga fila de ranchos, con buena huerta y un cuarto espacioso para pasajeros, pero cubierto, como de costumbre, con polvo y suciedad, hasta ser imposible sentarse o acostarse con comodidad.” Y luego, surge nuevo retraso: “A consecuencia de copiosa lluvia durante la noche, no pudimos salir hasta cerca de las once de la mañana.”
Por fin, una recompensa de orden estético: “al subir una altura vi una preciosa variación de cañada y cerro: no pude menos de imaginar cuan bello paisaje constituiría si la mano del hombre se hubiese empleado en este país dotado por la Naturaleza con las bendiciones de lindo suelo y clima incomparable. El brillo del sol caía sobre esta bella perspectiva.” El paisaje era bello; la intervención de personas más aptas, ingleses, por ejemplo, lo harían aún más bello, parece decir Proctor.
La siguiente parada es en Achiras, de la que da noticias agradables: La casa, como todas las demás, está en el bajo, con huerta cerrada de rocas desnudas, llena de lindísimas higueras cuyo exuberante follaje obscuro, mezclado con el verdor de manzanos y perales, se doblaban por el peso de la fruta, mientras las parras con riquísimos racimos colgaban en festones llenando los claros. Los corrales para ganado se hacían limpiando el suelo de piedras y amontonándolas en círculo para formar el cercado.” Y se detiene a describir una industria casera: “La gente aquí aplicaba un método de hacer orejones para consumir en el invierno, que después encontré empleado en Chile como ramo comercial. Descarozan los duraznos, los extienden encima de las rocas para secarlos al sol: luego los arrollan en varitas de doce pulgadas, de largo, y se utilizan como conserva. Esta tarde nos regalamos con fruta, especialmente manzanas, las primeras que gustamos después de dejar nuestro suelo natal.”
Tras dejar Achiras, divisan en el camino una tropa de mulas proveniente de Mendoza, que transportaban “cincuenta cargas de vino, acondicionado en barrilitos, uno a cada lado de la mula. El campamento estaba formado con la mayor simetría; las cargas en círculo, cada una separada, con el aparejo de totora en forma de mojinete descansando sobre los barriles. Los arrieros se divertían en medio del círculo mientras las bestias vagaban en libertad por el pasto natural. Conseguimos de esta gente algún vino tinto de Mendoza muy tolerable, que se vende mucho tanto en las ciudades provincianas como en Buenos Aires.”
Poco después, una probable alarma se disipa rápidamente: “Como teníamos que recuperar esta demora y alcanzar los carruajes que no se habían detenido, partimos a toda carrera y se despertaron fuertemente mis recelos cuando de lo alto de una loma vi un carruaje tumbado. Al llegar al sitio, sin embargo, encontré a las mujeres muy alegres, pues felizmente no habían sufrido ningún daño. Me alegró muchísimo también que el carruaje no hubiera tenido desperfectos, irreparables en este país.”
Ya en la última sección cordobesa del camino y prontos a internarse en territorio de San Luis, resulta de interés un apunte hecho por Proctor a la hora de hacer las cuentas en los negocios relativos al viaje. “Con frecuencia me había fastidiado el largo tiempo empleado por los maestros de posta en calcular cuántos reales han de cobrar por caballos: nunca estaban contentos si yo hacía la cuenta, ni conformes con que no la hiciera. Por fin me vi obligado a adoptar el método de esperar tranquilamente hasta que se desembrollaran y, si era exacta, pagaba. Esta vez el maestro de posta, joven de aspecto decente, no podía hacer la suma ni confiaba en que yo la hiciese; llamó al cura de la parroquia que pronto resolvió la dificultad, aunque pasó largo tiempo antes que el maestro de posta se convenciera de que fuese el mismo resultado sacado por mí. Este clérigo fue el primero que vi desde que dejé Buenos Aires.”
Viajeros y caballos, tras despedirse de Córdoba, prosiguieron rumbo a San Luis de la Punta.