Barriendo sobre el Surrbac

La detención de los líderes del Surrbac deja otra vez a la vista el nefasto papel que juegan las asociaciones de trabajadores, que pretenden ocultarse tras la pátina del deber ser del sindicalismo.

Por Javier Boher
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La detención de los líderes del Sindicato de Recolectores de Residuos, Mauricio Saillén y Pascual Catrambone, volvió a echar luz a una de las zonas más opacas de la política argentina, la de los sindicatos.
Nacidos de la mano de la inmigración, fueron aprovechados por Perón para respaldar su carrera política. Aquel espíritu corporativo de la organización original nunca contempló, sin embargo, que los trabajadores tuvieran todo el poder. Con la viveza que lo caracterizaba, el General supo usar el amor de la fuerza de trabajo para traducirlo en la fuerza de los votos.
Con el paso de los años, distintos dirigentes se obnubilaron por esa estructura verticalista e irreflexiva, tratando de comprarla con distintas concesiones. Nunca entendieron que la lealtad no se negociaba. El alto precio por la traición era la vida, como quedó claro con el ejemplo de “El Lobo” Vandor.
Desaparecido el líder, la pata sindical aflojó. En los años de la convertibilidad la elevada desocupación rompió la representatividad de los sindicatos. Como mecanismo para resistir a la pobreza pasaron de ser la voz de los trabajadores a feudos en los que los afiliados pagaban con su sueldo la defensa que brindaban los dirigentes.
La década del kirchnerismo se construyó sobre las ruinas de la anterior, con los sindicatos encontrando un nuevo relato que los ponía en el centro de la escena. Los trabajadores habían resistido los embates de inescrupulosos empresarios que durante el menemismo sólo habían querido fugar divisas. Ellos eran la dignidad del laburante.
Esa historia se combinó peligrosamente con la realidad de que ya habían dejado de lado la representación popular: los intereses sectoriales valieron como justificación para ambiciones particulares. Los dirigentes pasaron a valer por la capacidad de mover gente y hacer lío, apoyando a algunos políticos y hostigando a otros. Negociaron en las mesas del gobierno el precio de su fuerza de choque y los negocios paralelos que se abrían con la expansión de sus franquicias.
El caso del SURRBaC cordobés es una clara muestra de ello, un poder que creció a la vista de todos y con la connivencia de los que cortan la torta. Pocas personas denunciaron en silencio -como la concejala Laura Sesma- mientras otros lo aprovecharon para conseguir los punteros y la militancia que no tenían por otros medios.
De un gremio marginal a controlar parte del sindicalismo cordobés en un par de años, con estrafalarias puestas en escena, una estética particular y un discurso de dura defensa de los trabajadores.
Sin la pelea con su antiguo protector -Hugo Moyano- ni el amparo recibido desde el anterior gobierno nacional por la utilidad de ese enfrentamiento, difícilmente estaríamos en presencia de un gremio con tal fortaleza. Después llegaron la expansión a las listas del kirchnerismo local, las condiciones a los pliegos de la recolección y la opulencia de dirigentes cuyo principal mérito fue la falta de escrúpulos.
La obra se remata con lo de siempre, una tracalada de argumentos sobre la persecución neoliberal a los honestos dirigentes sindicales, el hostigamiento a los que han elevado la dignidad del pueblo obrero y la envidia de los que no tienen sindicatos que negocien por ellos con la misma fuerza, casi como si esto se tratara exclusivamente de un diálogo entre corporaciones ajenas a las voluntades, necesidades y aspiraciones de los ciudadanos que se mueven atomizados por la vida.
El relato de un sindicalismo impoluto y altruista pretende esconder algo que ya hace décadas es inocultable. Gran parte de los dirigentes sindicales ha convertido a sus gremios en pseudoempresas desde las que obtienen ganancias a costa de los trabajadores, pero con la particularidad de que no arriesgan capital, no respetan las leyes, no enfrentan auditorías serias, no necesitan habilitaciones especiales, no contratan a los que producen la riqueza ni la generan por ellos mismos. Su principal habilidad es “morder” gracias a las rígidas leyes sindicales y laborales para colarse en la vida de los que más tienen.
No hay dudas de que esto es un mal que se extiende a la mayor parte del sindicalismo, lo que le vale su descrédito. Aunque es comprensible que esa corrupción sobreviva como forma de construir poder, es inaudito que pretendan convencer a la gente de que lo hacen por los afiliados: si se barre un poco la superficie, se puede ver que eso murió hace rato.