Una marcha hacia ninguna parte

Por Pablo Esteban Dávila

La convocatoria sorprendió a todos, más aún al presidente. El sábado, diferentes multitudes se reunieron en las principales ciudades del país para expresarle su apoyo. En la Capital Federal la concurrencia a la Plaza de Mayo fue muy importante. Mauricio Macri, que tuvo que llegarse de apuro a la Casa Rosada, ni siquiera tenía un micrófono a mano para arengar a los espontáneos. Tuvo que gritar a capela algunas ideas, únicamente inteligibles para los que estaban bajo el balcón de la casa de gobierno.
Aunque no es la primera vez que las redes sociales catalizan movilizaciones de este tipo, esta se destacó por tener un exclusivo propósito: que Macri continúe en el poder. En este sentido, resultó una catarsis de sectores medios y urbanos ante el cachetazo que supusieron las PASO y la comprobación de que el escenario de paridad que se vaticinaba había sido, apenas, un espejismo de los encuestadores. La apelación a la República operó como un mantra taumatúrgico contra el riesgo de un revival autoritario de la mano de los Fernández y el pretexto para recordar que todavía faltan las elecciones reales.
Salir a la calle fue una reacción, probablemente tardía, a un voto que el electorado macrista no termina de entender. ¿Cómo es posible que el kirchnerismo se encuentre próximo a regresar al poder después de todos sus desaguisados y latrocinios? ¿Realmente consiguió Alberto Fernández el 47% de los sufragios? ¿Quiénes lo votaron? Son preguntas decididamente aterradoras para el tercio de la Argentina que apoyó a Juntos por el Cambio en las últimas elecciones pese a la crisis que azota a la economía nacional.
Para los románticos, este tipo de movilizaciones son un canto a la democracia. Organizadas horizontalmente, sin líderes convocantes ni aparatos partidarios y con un propósito común -distribuido osmóticamente a través de las redes sociales- resumen todo lo arquetípico de la ciudadanía. Durante buena parte de los gobiernos de Cristina fueron la principal herramienta de protesta pacífica que tuvieron a mano los agraviados por sus políticas y decisiones.
Pero estos méritos son, paradójicamente, sus principales desventajas. Las redes sociales no reemplazan a la conducción clásica. Organizan protestas de indignados, mas no acción política. Y, para ganar elecciones, hace falta organización y método. Si los movilizados del sábado realmente quieren que Macri continúe en el poder, pues deberían ayudarlo sumándose al esfuerzo de campaña del oficialismo, lo que supone donar tiempo y recursos a partidos políticos de corte clásico.
Y es aquí donde reside el problema. El macrismo comparte mucho del formato de las redes sociales y de su dialéctica felicidad – indignación pero no cree en las estructuras partidarias, a las que considera vetustas y amañadas. Este talante le ha traído dificultades culturales con el radicalismo en casi todas partes, al tiempo que lo ha acercado hacia expresiones que, como las de Carrió, son apenas clubes de admiradores. El PRO, de hecho, nunca terminó de configurarse como una fuerza de gobierno allende sus responsabilidades, tironeado por esta forma de entender la praxis de la política.
Es cierto que, cuando uno se encuentra en el poder, los partidos son un calvario. Dirigentes y militantes se vuelven especialistas en pedir cargos y en ofenderse cuando no se los dan. Las reuniones de comités o asambleas son odiadas por los funcionarios porque insumen horas valiosas y deben dar explicaciones a gente razonable y, también, a grandes mitómanos. Sin embargo, la importancia de contar con ellos se vuelve enorme cuando se atraviesa una crisis. Es allí donde las estructuras colaboran decididamente con las operaciones de control de daños o los contraataques necesarios para recuperar la iniciativa.
Por tal razón, no es una señal positiva de que en las manifestaciones organizadas exclusivamente por las redes sociales no existan banderas políticas o que, si las hubiera, terminen siendo repudiadas por los concurrentes. Es esta ausencia la que simboliza su composición esencialmente efímera y, por lo tanto, irrelevante para mantener o acrecentar el poder. Tampoco es halagüeño que la conducción de Juntos por el Cambio, una coalición autoproclamada hi-tech, haya sido tomada por sorpresa por estos apoyos e impedida, por consiguiente, de liderarlos o, cuanto menos, de orientar su clamor hacia algo más redituable. El pasmo no habla bien de sus conductores.
Estas características -fluidez, horizontalidad y falta de propósitos operativos- hacen de estas manifestaciones una marcha hacia ninguna parte. Es, por supuesto, un gesto bienvenido para un gobierno todavía golpeado y sin buenas noticas en casi ningún frente, pero para forzar un balotaje hace falta mucho más que gente en las calles coreando “Argentina – Argentina” o portando banderas celestes y blancas.
La política, las elecciones, son expresiones agonales y, como tales, pertenecientes al distrito de la lucha. Marcos Peña o quien quiera sea el estratega de cara a octubre deberá estructurar motivos que muevan a mucha gente a pintarse la cara por el presidente y salir a buscar a los desencantados, más allá del compromiso virtual de postear mensajes en Facebook o viralizar consignas en WhatsApp que sólo leen los que piensan parecido. Y, fundamentalmente, pensar en las técnicas más efectivas para lograr que sus contrincantes pierdan votos, tantos como sean necesarios para que haya una segunda vuelta. Probablemente no sea lo más republicano (o lo más agradable de leer en las redes), aunque suelen ser lo más eficiente. Tanto o más que las convocatorias espontáneas que suelen llenar las plazas del país cuando la situación se vuelve límite.