A. Fernández, empantanado en las encuestas

Nadie contaba con que Macri sorprendería con la nominación de Miguel Ángel Pichetto como su compañero de fórmula y con un rebote económico que, no obstante que a cuentagotas, parece sugerir que el camino es el correcto.

Por Pablo Esteban Dávila

En muchos sentidos, la Argentina es un país que no avanza. Hasta hace poco todavía discutíamos, casi excluyentemente, los sucesos políticos de la década del ’70 como si fueran de actualidad y, a nivel económico, es posible identificar hoy los mismos asuntos que desvelaban a nuestros padres y aun a nuestro abuelos. ¿Exageración? En absoluto: inflación, deuda externa, autoabastecimiento energético y déficit público son algunos de los temas que se repiten desde hace más de 50 años sin que nada haga suponer su pronta extinción.
A nivel electoral, la sensación de estar en el mismo punto de partida de hace cuatro años atrás tampoco es ficticia. En el 2015 Daniel Scioli oficiaba de vicario de Cristina de Kirchner (impedida de presentarse a un nuevo turno presidencial) y Mauricio Macri corría desde la retaguardia al candidato del entonces oficialismo. Aunque el bonaerense triunfó en las PASO y en la primera vuelta de aquel año, al final se impuso Macri. Los excesos del kirchnerismo habían maldispuesto a la sociedad hacia el Frente de la Victoria.
La situación actual tiene parecidos asombrosos. Macri vuelve a correr detrás de otro vicario de Cristina (el caso de Alberto Fernández) y todos esperan que pierda en las PASO. Las encuestas señalan que también quedaría segundo en las generales de octubre y, al igual que cuatro años atrás, los estrategas de Juntos por el Cambio se juegan a que en el ballotage vuelvan a tallar los mismos temores que llevaron al presidente a la Casa Rosada.
Sin embargo no todo es igual, al margen de las coincidencias señaladas. Las diferencias son importantes y en absoluto sutiles. Un punto a considerar es que Macri se encamina a completar su mandato. Podría parecer una verdad de Perogrullo, excepto por un detalle: hay que remontarse a Agustín P. Justo (1938) para encontrar un presidente constitucional no peronista que lo logra. No es un mérito menor, especialmente si se considera que ni siquiera el carismático Raúl Alfonsín pudo lograrlo en 1989 pese a su prestigio.
El otro aspecto a destacar es que Macri pelea su reelección en medio de una crisis económica de gran magnitud. Hasta hora, la economía tenía la virtualidad de derribar a los presidentes. Le sucedió a Alfonsín y también a Fernando de la Rúa. La novedad estriba en que Macri conjura esta amenaza apelando a cierta épica del sacrificio y poniendo las cartas sobre la mesa. La verdad es dura, pero lo que no tiene es remedio, este es su discurso. Y, sorprendentemente, buena parte del electorado está dispuesto a acompañarlo, ahora que el gradualismo de los inicios ha sido arrojado al cesto de las fantasías.
Esto es lo que sugieren las más recientes encuestas, que pronostican un final cerrado, con el presidente acercándose paulatinamente a un Alberto Fernández que luce estacando en la intención de voto. Esto es novedoso. Algo menos de tres meses atrás, la sorpresiva jugada de Cristina había dejado a la defensiva al gobierno. La maniobra tuvo el efecto, junto con el estancamiento económico, de producir cierta impresión de inevitabilidad en el retorno kirchnerista. Buena parte de los gobernadores justicialistas, por entonces distantes de la expresidenta, así lo creyeron. Y, con ellos, buena parte de la opinión pública.
Pero nadie contaba con que Macri sorprendería con la nominación de Miguel Ángel Pichetto como su compañero de fórmula y con un rebote económico que, no obstante que a cuentagotas, parece sugerir que el camino es el correcto. Además, y a modo de un luchador que se aprovecha de la fortaleza de su oponente, el presidente ha logrado anticipar el escenario que sus espadas auguraban para el ballotage. A tal punto llega la sensación de apremio cristalizada por la dupla Fernández – Fernández que la polarización es ya una realidad inapelable. Roberto Lavagna se ha agostado prematuramente; no es el Sergio Massa de 2015, capaz de terciar en esta disputa que, por estos tiempos, todo lo hegemoniza.
El repunte presidencial se explica asimismo por la capacidad del oficialismo de hacer campañas electorales exitosas. Desde el punto de vista comunicacional no tiene fisuras. Todo el mundo parece seguir un mismo e inapelable guion, aunque este relegue a los eslabones más alejados de la Casa Rosada a tristísimos segundos o terceros planos. No hay quejas por tal imposición: Juntos por el Cambio se juega la vida; sin la presidencia, la coalición desaparecería al poco tiempo.
No es el caso del Frente de Todos. Su candidato protagoniza una campaña que dista de ser única, tal como lo sugieren los más elementales manuales políticos. Fernández parece obsesionado por mostrarse diferente de Cristina, y ella no vacila en arrojar munición gruesa que, lejos de ayudar, lo debilita ostensiblemente, como si fuera una segunda marca, un presidente “pindonga”. Aparentemente tampoco Axel Kiciloff colabora mucho (intenta reemplazar a María Eugenia Vidal en la estratégica provincia de Buenos Aires con su propio libreto) y, como si no existieran problemas, el inefable Aníbal Fernández acaba de mostrar sus preferencias por el femicida Ricardo Barreda por sobre la gobernadora en lo que al cuidado de la niñez respecta.
Hay dos datos duros que alimentan esperanzas y desasosiego según el lugar desde el cual se analice. La economía creció en mayo un 2.8% respecto a igual período del año anterior impulsada por el agro, la primera vez que lo hace en 12 meses. Aunque hay sectores que siguen en graves problemas, es evidente que el agropecuario y el de la energía se encuentran atravesando un momento expansivo, sumando divisas genuinas a las arcas del Banco Central (sin dólar quieto la reelección se complica). El segundo lo marcan las encuestas. Según publica Clarín, el promedio de intención de voto a favor de la fórmula opositora es ahora de 3 puntos: 38,23 contra 35,23 del binomio oficial. Los datos surgen de promediar los resultados difundidos por 19 consultoras y muestran un avance del presidente. Incluso ya hay algunas que hablan de un triunfo oficialista en agosto.
Si, incluso perdiendo, aquella fuera la diferencia efectiva el día de las PASO, Macri podría restregarse las manos con fruición. De estar nocaut, en la lona, ahora es el que acorta distancias. Sería algo así como un ave Fénix electoral, bien lejos de la figura del pato rengo con la que la sátira política caricaturiza a los presidentes sin reelección o a lo que, aun teniendo la posibilidad, no tienen chance alguna de lograrla. Un 3% de diferencia, incluso un 5%, no es una distancia irremontable. Incluso ratificaría la impresión de que el kirchnerismo está en un techo que ya no podrán perforar en adelante.
Desde la perspectiva de Macri y de Fernández se trata de una carrera contra el reloj. El presidente se esperanza en que los días por venir le traigan mejores noticias económicas y nuevos dislates de Cristina y los suyos. Alberto, por el contrario, desearía que alguna máquina del tiempo adelantase el calendario y que las PASO tuvieran lugar ya mismo, cansado como lo está de andar explicando cosas inexplicables y de lidiar con quienes tiene más poder que él mismo dentro de su espacio político. Ambos deberán transitar las próximas dos semanas con estas urgencias mutuamente contradictorias y con resultados tan determinantes para sus aspiraciones.