Una lista no tan corta

Podría decirse que a Schiaretti le vendría mejor conservar el estatus quo, pese a que le está vedado reconocerlo en público por razones evidentes. A lo largo de estos años ha sabido arrancarle fondos a la Nación que, aunque muchos de ellos pendientes, no dejan de ser créditos por cobrar

Por Pablo Esteban Dávila

lista-cortaAlberto Fernández y Juan Schiaretti se saludaron sin mucho entusiasmo. Educados, compartieron una reunión a la que no podían negarse pero que tampoco podían eludir. El exjefe de gabinete de Néstor y Cristina Kirchner sabe perfectamente que el gobernador es uno de los pesos pesados del justicialismo -el partido cuya candidatura dice representar nacionalmente- y que Córdoba es la provincia que más detesta a su compañera de fórmula. El gobernador, por su parte, necesita mostrar que su prescindencia en materia presidencial es sincera, lo cual le exige recibir a cualquier candidato que desee una foto con él. Es el precio que pagar por tener muchos votos y una lista corta.

Sin embargo, no es sólo educación lo que obliga a Schiaretti a someterse a este tipo de reuniones. Más allá de sus agravios con los K y también con el propio Fernández (no olvida que Alberto apoyó a Luis Juez y sus ligeras denuncias de fraude en 2007 desde la Casa Rosada), la posibilidad de que la fórmula que integra con la expresidenta finalmente se imponga es un dato que no puede ser soslayado. Casi todas las encuestas sugieren que esto puede ocurrir, por lo que no es aconsejable mostrarse altanero con un potencial primer mandatario. Lo cortés no quita lo valiente, un dicho popular que calza al dedillo con la situación.

El gobernador tiene, además, un par de motivos extra para ser considerado. El primero es de índole político. Una parte aun no precisada del peronismo cordobés militará a favor de los Fernández, por lo que está obligado a calcular el impacto interno que un eventual triunfo kirchnerista podría generarle. Si su actitud general fuera de completo aislamiento hacia Alberto, la ocurrencia de este evento repercutiría fuertemente sobre su liderazgo partidario. Es mejor curarse en salud y conceder los encuentros que fueren necesarios.

La segunda razón es financiera. Su gobierno viene haciendo un esfuerzo enorme por mantener en marcha todos los frentes de obra, de entre los cuales sobresale el de la avenida de circunvalación. Con aportes inexistentes de la Nación, pródiga en compromisos pero avara con las remesas vinculadas, los fondos provienen casi en su totalidad del tesoro provincial. Esto supone, de por sí, potenciales restricciones al mediano plazo, una certeza que se agrava con la constatación de que la recaudación propia le va en zaga a la inflación.

Este un combo que, aunque todavía resulte asintomático, merece tomar precauciones. Es un hecho que, si Mauricio Macri no resultase reelecto, dejaría muchas de sus promesas para con Córdoba en manos de Fernández. Por lo tanto, mal haría Schiaretti en indisponerse con él a sabiendas que podría darse la paradoja de que los enemigos de ayer terminaran pagando los compromisos incumplidos del actual presidente, un buen amigo con bolsillos flacos. Quedar bien parado en la actual coyuntura política es, antes que una picardía electoral, casi un asunto de estado.

El asunto se vuelve aun más interesante al aceptar que buena parte de los votos de Schiaretti son, a un tiempo, votos de Macri. Esta singularidad es conocida tanto por el presidente como por el gobernador, lo cual los obliga a la prudencia y la cohabitación. Buena parte de la crisis de Cambiemos en el distrito se explica por esta característica dual.

Tal constatación fuerza a Macri a no desairar a su amigo cordobés, en el entendimiento de que, si llegara a hacerlo, podría alejar al indispensable apoyo mediterráneo de su lado. El hecho de que mañana visite la provincia en su ausencia no es un dato para la preocupación, toda vez que Schiaretti tenía ya previsto un viaje a Madrid. Además, la coincidencia soluciona un potencial conflicto protocolar: no correspondería que el presidente visitara al gobernador en su despacho, aunque el candidato sí podría hacerlo. ¿Cómo distinguir un Macri del otro? Mejor dejar de lado, de la mejor forma posible, estos problemas de etiqueta.

Podría decirse que a Schiaretti le vendría mejor conservar el estatus quo, pese a que le está vedado reconocerlo en público por razones evidentes. A lo largo de estos años ha sabido arrancarle fondos a la Nación que, aunque muchos de ellos pendientes, no dejan de ser créditos por cobrar, en tanto que la convivencia institucional entre ambas jurisdicciones ha sido homologable a la que observan los cantones suizos. La alternativa de Fernández es, claramente, mucho menos auspiciosa.

No obstante, no debería perderse de vista que son los candidatos los que necesitan la foto con el gobernador y no al revés. No puede haber pasos en falso en la provincia. El macrismo está obligado a cuidar su electorado en la misma medida que Alberto debe encontrar la forma de erradicar la leyenda negra que penaliza al kirchnerismo. Ambas tareas son exigentes y requieren, ante todo, la neutralidad de quién logró el 57% de los votos tan cerca como el 12 de mayo pasado.

Dada esta realidad, y con encuestas que auguran un final cabeza a cabeza, las convicciones de los interesados se vuelven más flexibles en lo que a Córdoba respecta. Esto significa que Macri y Fernández están dispuestos a privilegiar sus propios tramos presidenciales con independencia de la suerte que puedan correr los diputados que llevan colgados, asumiendo que, en la práctica, la lista corta del gobernador podría fungir como una completa encabezada por uno u otro según la preferencia del elector de turno. Es una curiosa cortesía electoral que la abstención del peronismo local aporta a las PASO y más allá.