La titánica misión de Alberto

La heterogeneidad del espacio, su propia personalidad y el recuerdo de los votantes hacen que la tarea del candidato presidencial del kirchnerismo sea cada vez más difícil.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

albertoAlguien debería compadecerse del pobre Alberto Fernández. Nadie parece darse cuenta de la titánica misión que le han encomendado. No es sencillo ser el candidato del kirchnerismo.

No es poco lo que le piden: necesita recuperar la mística del gobierno de Néstor, apelando al consumo exacerbado del primer mandato de Cristina para conseguir el apoyo popular de la reelección. Casi pareciera que le están pidiendo que logre lo que no pudo Menem en 2003: reinventar la historia para vender el pasado como novedad y esperanza.

Pensemos un momento en las múltiples aristas que tiene la cuestión. Por un lado, es un candidato que debe decirle a los indecisos y desencantados que él viene a resolver los problemas de hoy con las “probadas recetas de éxito” del ayer, aunque eso incluya garantizar el abastecimiento con Guillermo Moreno actuando a punta de pistola.

Además, tampoco puede condenar ese accionar: su núcleo duro, aunque duro, no aceptaría dar un paso atrás con las consignas, básicamente porque consideran que faltó profundización, no moderación. ¿Se puede domar a un grupo de seguidores que entienden el regreso al poder como un acto de revancha?.

Las escenas del miércoles a la tarde son una muestra de que Alberto no está pudiendo cargar con un aparato grande y heterogéneo que no le pertenece. Su candidatura testimonial no es suficiente para llamar al silencio al resto de la tropa, que se resiste a dejar todo centralizado en una única cabeza que no le simpatiza.

Ese complejo entramado de significados, hechos, lealtades y personalidades es el que lo dejó expuesto a lo largo de la última semana. Arrancó el sábado con una frase propia de un demócrata que se precie: “cuando el gobierno perseguía a los periodistas, yo me puse del lado de los periodistas”.

Allí dice, básicamente, que hoy acompaña a los perseguidores. Ese mismo día las redes se plagaron de historias de periodistas que tenían un recuerdo algo diferente de los hechos.

Desde entonces sólo pasaron un fin de semana, un puente y un feriado (casi sin consumo de noticias porque la gente ansiaba gastar el aguinaldo en algún lado) hasta que dejó en claro que los consultores políticos y los asesores de imagen sólo pueden ser tan buenos como la materia prima con la que trabajan.

Primero estalló ante la pregunta de una notera a la salida de Comodoro Py, adonde había asistido a declarar por sus dichos sobre la firma del bochornoso memorándum con Irán. No podía reafirmar los dichos de 2013 para no ofender a la jefa. No podía desdecirse, porque queda mal. Le quedó la opción C, matar al mensajero.

Después llegó a Córdoba a tratar de pescar votos en el territorio del corazón del antikirchnerismo. Enojado, se la agarró con un notero que -según él- no lo dejaba caminar. Poco timing: después de la polémica de esa misma mañana, cualquier político más o menos bien entrenado y con ganas de rehuir al conflicto le invitaría un café, le haría cococho o -mínimamente- respondería una o dos preguntas. No hizo nada de eso.

Poco después se la agarró con el periodista que estaba tratando de sacarse algunas dudas sobre su posible gobierno y la relación con los medios. Alberto, tratando de hacer equilibrio, debía asegurarle al cronista que no haría lo que hizo su compañera de fórmula, situación imposible que lo llevó al tercer exabrupto de la jornada. Increíble.

Lo más interesante de todo es que a los tres periodistas les dijo (de distintas formas) que no sabían hacer su trabajo. Interesante perspectiva esa de decirle a los que deben interpelar a los políticos la forma en que deben hacerlo, casualmente la misma que predomina en los países en los que la prensa no es libre.

Alberto no está pudiendo ser el moderado. Su espacio también está lejos de serlo. Esa forma de hacer política es la que en diciembre de 2013 hizo que se prenda fuego la ciudad de Córdoba y le dio el triunfo a Macri dos años después. Quizás por eso, a un mes de las elecciones, incluso las encuestas más optimistas de la Docta lo ponen 20 puntos abajo del presidente, que sabe que debe lograr que la gente vea 2019 con los ojos de 2015.

Quizás esos números, esas historias y esa heterogeneidad en su base de apoyos hicieron que esta semana Alberto se olvide el clásico dicho: en política, el que se enoja, pierde.