La cuenta regresiva que entusiasma a Macri

A diferencia de otras crisis vividas en la Argentina, la presente parece tener un pronóstico favorable.

Por Pablo Esteban Dávila

macrA diferencia de otras crisis vividas en la Argentina, la presente parece tener un pronóstico favorable. Esto no obsta a reconocer que muchas variables continúan en un derrotero escabroso (la caída en el consumo y el empleo, por ejemplo), pero hay otras que reverdecen con el correr de los días. Son las que entusiasman al presidente Mauricio Macri.

Algunas son evidentes por sí mismas. La estabilidad del dólar, la baja en las expectativas inflacionarias y el repunte en ciertos sectores se cuentan entre ellas. Sin embargo, no son las más importantes. Las que verdaderamente estarían cimentando la recuperación económica son aquellas que, al decir del Principito, resultan invisibles a los ojos.

El superávit comercial es una de las que se enrolan dentro de esta categoría. Hace ya muchos meses que el país exporta más de lo que importa, lo que resta presión al tipo de cambio. Aunque no puede soslayarse que este “logro” sea, en realidad, el producto mecánico de la mega devaluación del año anterior, el hecho de que continúe vigente señala que, a su precio actual, el dólar sigue siendo competitivo. El cómo lograr mayores exportaciones con base a mayor productividad es, por el momento, harina de otro costal.

La producción de más energía es, asimismo, otro de los datos auspiciosos. Cuando Macri llegó a la Casa Rosada recibió, en esta materia, una herencia funesta. El país debía importar gas licuado por mar, gas natural desde Bolivia, energía eléctrica desde Brasil y petróleo desde donde se lo vendiesen. Ahora el panorama es muy distinto. Gracias a una sensata política tarifaria y razonable estabilidad en las reglas de juego, Vaca Muerta está produciendo cada vez más y, por primera vez en más de una década, la Argentina ha vuelto a exportar energía, con el consiguiente ahorro de dólares e ingreso de divisas genuinas.

El campo también ha aportado su parte. La extraordinaria cosecha de la campaña 2018 – 2019 ha llevado al sector a pulverizar sus propios récords. La zona núcleo del país vive un momento de especial dinamismo, que repercute sobre la agroindustria, el comercio y la extensa red de proveedores del complejo agropecuario, fieles votantes del presidente. Huelga decir que tanto los cereales como las oleaginosas que se exportan generan la mayoría de los dólares que cimentan la actual calma financiera y que garantizan que, al menos hasta las elecciones, el precio del billete estadounidense no se dispare.

También hay aciertos del gobierno que, aunque no producirán efectos inmediatos, contribuyen a crear el clima necesario para la reactivación. El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur es un claro ejemplo de ellos, entre otras cosas, porque alimenta el principal activo del que se puede jactar Macri, esto es, su política exterior.

Es en este terreno donde el contrapunto con el kirchnerismo es más nítido que en cualquier otro. La Argentina pasó de ser aliada de Venezuela, patrocinar la UNASUR y firmar lamentables acuerdos con Irán a congraciarse con el mundo, hospedar al G20 y reestablecer sus lazos con los Estados Unidos y Europa. Es candidata para integrar el selecto grupo de la OCDE y, aparentemente, ninguno de los miembros de aquella organización vetaría su ingreso. Donald Trump analiza obsequiar una visita de estado a su colega en Buenos Aires a la brevedad, casi un gesto de campaña. Este reingreso a la escena internacional es celebrado por muchos argentinos, probablemente más de los que se cree, y forma parte del discurso con el que Juntos por el Cambio intenta retener el poder.

Tal vez sea este rubro, el de las ideas, en el que el presidente haya sacado más ventajas en los últimos tiempos. No deja de ser un tanto paradójico para un hombre que, al menos en lo que se le ha conocido hasta ahora, es enemigo de las definiciones profundas o de los alambiques ideológicos, muy lejano a la afiebrada pasión dialéctica de la que gustan jactarse sus adversarios kirchneristas.

Y, sin embargo, esto es lo que ha ocurrido. Tarde, aunque en con algún sentido de la oportunidad, Macri ha utilizado la crisis para enfatizar sus puntos de vista políticos. “Es duro, duele, pero no es lo que debe hacerse”, es su actual muletilla. Hay quienes sostienen que, si lo hubiera dicho (y, por supuesto, llevado a la práctica) al principio de su mandato, el país no estaría pasando por la actual zozobra y el camino a su reelección estaría expedito. No obstante, esto es contrafáctico. Lo interesante es señalar que, a su modo y con un estilo infinitamente menos cautivante, el presidente ha encontrado su propia versión de “sangre, sudor y lágrimas”.

Sorprendentemente, muchos agradecen que se les hable claro de una vez por todas. Todos los seres humanos están dispuesto a hacer sacrificios, desde participar en ayunos o ir a la guerra, pero deben tener un motivo. Este es el gran mérito del gobierno por estos tiempos: por primera vez ha dado razones para votarlo de nuevo. La crisis que se atraviesa -es el mensaje- resulta la antesala a un futuro de prosperidad, a condición, claro está, de que no regresen Cristina ni sus vicarios. La incorporación de Miguel Ángel Pichetto a la fórmula presidencial ha sido, probablemente, la ratificación más convincente de este postulado.

Es un escenario que ha tomado de sorpresa, precisamente, a la expresidenta. Con una frescura similar a la que exhibía Carlos Menem a inicios de 2003, cuando todavía dolían las heridas infringidas por la salida de la convertibilidad ejecutada por Eduardo Duhalde, Cristina había interpretado no haría falta más que la crisis engendrada por el propio Macri para ganar y que con la nominación inversa de Alberto Fernández se disiparían las prevenciones que pudieran existir por los pecados de sus anteriores gobiernos. Justo es decir que desde el 18 de mayo hasta mediados de junio su visión pareció materializarse.

Pero en este momento, con una economía entregando señales de recuperación, con el gobierno hablando del futuro y lanzado sin complejos a justificar la necesidad del ajuste, la estrategia kirchnerista parece trastabillar. El reportaje concedido por Fernández a La Nación el pasado domingo -desabrido e impreciso- es un ejemplo de que ya no basta con el lifting ideológico de Cristina: ha llegado el momento de decir que es lo que harían en el caso de regresar a la Casa Rosada.

He aquí el problema: los Fernández no dicen lo que harán cuando el macrismo ahora lo dice sin sonrojarse. ¿Volverán los subsidios? ¿Habrá cepo cambiario? ¿Se expandirá otra vez el gasto público? ¿Cuál será el programa político? Todo se ha vuelto un misterio; súbitamente, el kirchnerismo se ha vuelto un Marcel Marceau del discurso, decodificable sólo a través de sus mímicas y privado de palabras.

Con encuestas que le han devuelto la calma y despojado del miriñaque de decir siempre lo políticamente correcto, el presidente mira el futuro próximo con más ecuanimidad. Las elecciones presidenciales, aquellas que, hacia finales del año pasado, hubiera deseado que no llegaran nunca, se han transformado en el objetivo de una cuenta regresiva en la que cada día que pasa se imagina más fuerte. Todo dependerá de cuan firme se mantenga en sus convicciones y de si las cifras de la economía real, por supuesto, las terminan convalidando.