Nocaut a la impunidad

“Campeón” es el término que más veces se escucha en los tres episodios que se han visto hasta ahora en el canal Space de la serie “Monzón”, donde se lucen las muy buenas actuaciones y el esfuerzo encomiable (aunque no infalible) por reconstruir las distintas épocas que atraviesa la historia.

Por J.C. Maraddón
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En cierto momento, la jerga cotidiana incorporó palabras que denotaban cierta complicidad para dirigirse a un semejante. “¡Hola, titán!”, “¿qué dice, maestro?” o “¿cómo andás, mago?”, fueron algunas de las salidas cancheras que se sumaron a la charla de todos los días, ya fuese en el almacén, en la estación de servicio o en una reunión de amigos. Una vez disparada la idea, con el correr del tiempo el repertorio de palabras aplicables a esa situación se fue ampliando cada vez más, hasta incluir vocablos como “figura”, “amor” o “cabeza”, para transmitir respeto, afecto o simpatía, según las necesidades de cada circunstancia.
De todos esos apelativos, hubo uno en particular que se hizo de uso más frecuente, sobre todo cuando se querían resaltar las cualidades de aquel con quien estábamos entablando comunicación. Con el fin de realizar una especie de guiño que consiguiera la llave para franquear distancias, se empezó a emplear como una especie de título nobiliario el sustantivo “campeón”, que sin perder el amplísimo abanico de significados del que siempre disfrutó, se asimiló de esta manera al trato informal entre personas, allí donde uno busca ganarse la confianza del otro mediante el truco poco honroso de la adulación.
En todo caso, lo que se hace de esa manera es transferir a un ciudadano común y corriente las prerrogativas de las que gozan los campeones. Si un jugador de fútbol se consagra porque su equipo obtiene un torneo, es entendible que alguien lo trate de campeón. Pero cuando una persona que no ganó ninguna competencia recibe el mismo tratamiento, el calificativo empieza a perder su valor trascendente y se transforma en un artilugio retórico más, que por su reiteración tiende a pasar casi desapercibido. Es más bien una bienvenida al diálogo, un puente, antes que una medalla para colgar.
“Campeón” es el término que más veces se escucha en los tres episodios que se han visto hasta ahora en el canal Space de la serie “Monzón”. Con muy buenas actuaciones y un esfuerzo encomiable (aunque no infalible) por reconstruir las distintas épocas que atraviesa la historia, esta producción argentina parte de la muerte en 1988 de Alicia Muñiz, esposa de Carlos Monzón, para relatar cómo es que un boxeador que ha llegado a lo más alto de su categoría, se convierte en un femicida y termina recluido en una prisión, para finalmente fallecer en un accidente.
El juez, el fiscal, el guardiacárcel. Todos le dicen “campeón” y no se trata de una genuflexión inocente. Ese pugilista santafesino, que por entonces tenía 45 años, ostentó entre 1970 y 1977 la corona mundial de peso mediano y se retiró tras 14 defensas exitosas de su título. Con su estilo frío y contundente sobre el ring, se convirtió en uno de los deportistas más admirados del país, aunque acerca de su vida privada se tejían rumores que opacaban la gloria de sus pergaminos boxísticos. Era el típico ejemplo del ídolo embriagado de poder que caía en peligrosas tentaciones al bajar del pedestal.
“Yo soy Carlos Monzón”, responde siempre el expúgil en la serie cuando lo increpan, dando a entender que pertenece a una casta superior a la del resto de los mortales y que, por lo tanto, no tiene nada que temer. Si hasta quienes deben juzgar sus actos o custodiarlo lo reconocen a cada rato como un “campeón”, ¿por qué no se iba a considerar él mismo cobijado por el manto de la impunidad? Lo que se aprecia hasta ahora en la tira es a un hombre que doblegó a los rivales más aguerridos que se le opusieron sobre el cuadrilátero, pero que cayó noqueado por algunas de sus más oscuras pasiones.