La contraofensiva de Montoneros: volver en 2019

La candidatura de Fernando Vaca Narvaja es una señal de alerta ante el renacer de los autoritarismos, que pueden ver en estas elecciones la posibilidad de volver con sed de revancha.

Por Javier Boher
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¿No se les estará yendo la mano con la polarización? La estrategia del gobierno y el kirchnerismo de elegirse como rivales los ha alentado a correrse cada vez más a los extremos. Los personajes que habitualmente preferían mantenerse en las sombras han empezado a mostrarse en público.
Así como ayer tocamos el tema de José Luis Espert y su candidatura sostenida desde un partido abiertamente nazi, hoy es el turno de los que se paran en el otro bando ostentando su pretendida superioridad moral. Aunque parte de sus propuestas son diferentes, la violencia y los uniformes que los enamoran son los mismos.
Camilo Vaca Narvaja, ex yerno de Cristina Fernández de Kirchner, dio a conocer la candidatura de su padre, Fernando Vaca Narvaja, a intendente de Bariloche. Vaca Narvaja padre es recordado por haber formado parte de la cúpula de Montoneros, una de las organizaciones que sumió a la Argentina en el caos y el sadismo de la década del ‘70.
En el video que difundió su hijo, el ex guerrillero reivindica su pertenencia al grupo armado y su “resistencia a la dictadura”, pese a su temprano exilio y a su responsabilidad en la “contraofensiva”, la carnicería a la que enviaron a los pocos militantes que quedaban tras el sangriento inicio de la última dictadura militar.
Su “chapa” de sobreviviente de la Masacre de Trelew legitimó el accionar antidemocrático con el que atacó al nefasto gobierno de Isabel Perón, que prefirió volcarse por otro sector distinto al de la juventud en la interna a la que arrastraron a todo un país.
En los años del exilio, Vaca Narvaja participó -junto a otros argentinos- en el proceso que puso fin a la dictadura de Somoza en Nicaragua, que dio paso a tiempos convulsionados. Uno de los líderes de entonces, Daniel Ortega, hoy es acusado ante el mundo por las masivas violaciones de derechos humanos, avalado por el eje bolivariano y sus seguidores locales.
No se puede sostener desde ningún punto de vista que a la gente se le deba prohibir participar en política en base a sus convicciones pasadas. Por caso, la ministra Bullrich también participó de aquellos tiempos y en el mismo bando, y aunque hoy está al frente de un área delicada por el control de las fuerzas de seguridad, lejos está de reivindicar aquellas prácticas.
Todo parece apuntar a que la grieta se sigue ampliando, con un claro posicionamiento de todos los que desconfían de los valores del respeto de la ley, la tolerancia ante la diferencia y el diálogo ante la disidencia. Las bravuconadas, los dogmatismos y los desafíos parecen ser el camino elegido por muchos.
Los episodios violentos atribuidos a los grupos mapuches que tuvieron sus 15 minutos de fama con el caso de la desaparición de Santiago Maldonado (a la que trataron de usar políticamente) no pueden ser entendidos de manera aislada.
Vaca Narvaja pretende ser el intendente de una ciudad en la que la presencia de estos grupos está documentada. ¿Qué podría pasar si un ex montonero se hiciera con el poder en un entorno en el que hay grupos que tienen reivindicaciones que pretenden hacer valer por la vía de la violencia?.
En ese sentido, las palabras que el ministro de educación de la nación Alejandro Finocchiaro le dedicó a lo ocurrido este fin de semana en Chaco pueden ser esclarecedoras.
A raíz de la celebración por el Día de la Bandera en aquella provincia se vivió un episodio lamentable. En el acto realizado en la escuela pública, los jóvenes -uniformados de rojo- izaron la bandera cubana junto a la argentina, entonaron “Hasta siempre, comandante” y escucharon los discursos promulgados desde un atril con la cara del “Che” Guevara.
El ministro fue claro: “Es una aberración (…) Esa bandera representa un régimen político que es una dictadura, que no tiene libertades, uno de los más represivos del mundo”. Eso es lo que defienden Vaca Narvaja y parte de los que, como él, no se arrepienten de la violencia.
Que los violentos vuelvan a la política no es el problema. Ahora bien, si no se arrepienten de su pasado, la historia puede terminar como en aquella Nicaragua que “liberaron”: 40 años más tarde, la vuelta de Ortega los condenó a profundizar la violencia, la muerte y la falta de derechos. Con tanto miedo de convertirnos en Venezuela, quizás nos descuidamos y nos hacemos Nicaragua.