Convertir la tragedia en farsa

Pretender equiparar las motivaciones y personalidades del Cordobazo con las del paro de hoy es una falta de respeto a la memoria colectiva de los cordobeses.

Por Javier Boher
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El aniversario del Cordobazo no es una fecha más para los cordobeses. Con el orgullo chauvinista de aquellos que se sienten protagonistas de la historia, todos los habitantes de la Docta (aún los que se encuentran ideológicamente en las antípodas de aquellos que se rebelaron contra la dictadura de Onganía) inflan el pecho cuando se menciona a una de las mayores gestas del movimiento obrero cordobés.
Pero, como dijo Marx en su momento, la historia ocurre como tragedia y se repite como farsa. El paro convocado para el día de la fecha, aunque pretende honrar a aquellos referentes populares, es sólo una burla a los ideales y la dignidad con la que entendieron la lucha.
Nunca está de más recordar el contexto de aquella experiencia. La dictadura de Onganía (que pretendía erigirse en el eterno generalísimo Francisco Franco del Cono Sur) se sentía con fuerza en la calle, las fábricas y las universidades.
El plan económico imponía restricciones concretas a los trabajadores, que veían cómo sus derechos se les escurrían entre los dedos. Influidos por las tendencias ideológicas de la guerra fría -y por el reprimido peronismo- la pregunta era clara: ¿por qué aceptar el infierno cuando se pretende el paraíso?.
Los niveles crecientes de represión colmaron la paciencia de las diversas organizaciones que, tras varios intentos de organización, convocaron a un paro para el día 30 de mayo. Para los cordobeses fue mucho tiempo: el 29 se decidió el abandono de tareas y la ocupación del centro.
A partir de allí, un gobierno que no supo manejar el descontento se combinó con una masa popular que encauzó los deseos de libertad contenidos durante meses a través de la más bella destrucción del orden establecido. Los cordobeses inscribían -no sin esfuerzo ni sacrificio- otra página rebelde en el prontuario que el centralismo porteño conserva sobre nuestras acciones.
Pretender equiparar aquella gesta heroica de oposición a un gobierno que negaba todas las libertades políticas y civiles con este intento desesperado de recuperar protagonismo que se ve en los referentes que convocan a la marcha de hoy es -mínimamente- una ofensa a los sacrificios de los que participaron de aquel estallido.
Que Tosco (fallecido por la falta de tratamiento médico y los rigores de la vida en la clandestinidad), López (asesinado por sicarios de su propio partido, protegidos por el gobierno del momento) o Salamanca (desaparecido el mismo día del golpe de 1976) sean igualados por los aparatos de prensa gremiales a Moyano, Yasky y demás sindicalistas millonarios en base al esfuerzo ajeno es una burla a los trabajadores.
Las condiciones económicas impuestas por el actual gobierno nacional son malas, con una mala gestión de la crisis. Sin embargo, esa mala situación económica no tiene como correlato un incremento de la represión a la protesta social, la persecución ideológica o una pérdida de libertades generalizada. La situación de falta de democracia que se vivía hace medio siglo no tiene absolutamente nada que ver con las que se viven actualmente.
Sin dudas el aparato sindical en su conjunto (paradójicamente beneficiado por el mismo Onganía ante el que se rebelaron los cordobeses en aquel mayo de 1969) siente el golpe del accionar judicial, que aunque sea lento y contemplativo no puede dejar de tocar los sensibles intereses que fueron tejiendo con el paso de los años.
La obligación de los que pretenden mantener vivo el recuerdo de aquellos dirigentes sindicales es siempre hacer notar la amplia brecha existente entre su mundo y el nuestro. De paso, por qué no, remarcar también las profundas diferencias entre aquellas personalidades y modos de vida y las de los que hoy gustan de viajar al Caribe, manejar autos caros o acumular propiedades de a montones gracias a lo que generan los mismos trabajadores que se dice defender.
Quizás la mejor manera de rescatar a esos dirigentes que supieron estampar su nombre y el de Córdoba en la historia grande de la lucha por derechos que solo se pueden disfrutar bajo un gobierno democrático, sea nunca dejar de recordarles a los farsantes que hoy pretenden hablar en su nombre cuáles eran las banderas que aquellos sindicalistas defendían y honraban con sus actos.