Convención radical, realpolitik y felicidad

Lo resuelto, en definitiva, se trata de una cuestión de cálculo: los radicales han subido su precio frente a un Macri que, a diferencia de 2017, hoy los necesita más que nunca para lograr su reelección.

Por Pablo Esteban Dávila

En uno de los capítulos del excelente ensayo “Sapiens, de animales a dioses” el historiador israelí Yuval Noah Harari se pregunta sobre si los seres humanos modernos son más felices que sus antepasados gracias a los colosales logros científicos y la innegable calidad de vida que gozan en comparación a siglos anteriores. Concluye que esto no es necesariamente así y que todo depende de la correlación entre las condiciones objetivas y las expectativas subjetivas, apuntando que “cuando las cosas mejoran, las expectativas aumentan” pero que, cuando empeoran, “las expectativas se reducen y, en consecuencia, aun una enfermedad grave nos puede dejar tan felices como lo éramos antes”. Que, en definitiva, la felicidad consiste en “estar satisfecho con lo que se tiene antes que obtener más de lo que se desea”.
Los radicales encajan perfectamente dentro de esta reflexión. En 2015, y de la mano de Mauricio Macri, creyeron sacarse la lotería. Regresaban al poder después de catorce años. Estaban felices. Sus expectativas eran muy altas. Esta embriaguez emocional comenzó a desvanecerse lentamente cuando comprendieron que Cambiemos no era una coalición de poder sino una del tipo electoral, una entente de cuño duranbarbista. Esto significaba una considerable distancia de las grandes decisiones nacionales y, lo que no es menor para un partido tradicional, pocos cargos para repartir.
Pero, no obstante esta limitación, cierta felicidad del tipo racional permaneció dentro del radicalismo hasta el primer trimestre del año pasado. Las elecciones legislativas de octubre de 2017 habían demostrado que Cambiemos podía seguir triunfando, incorporando diputados y senadores propios y limitando el poder territorial del peronismo. Tal éxito prometía mayores espacios de poder y, tal vez con el tiempo, tal vez una auténtica participación en la cocina del gobierno.
Esto cambió abruptamente tras el estallido de la crisis financiera. Al compás de indicadores que se desbocaban (el dólar y las tasas de interés) y de otros que se marchitaban (la producción industrial y el consumo), la dirigencia radical se sumió en el desconsuelo. ¿De qué les había servido tolerar tantas cosas de sus socios amarillos? ¿Realmente eran corresponsables de políticas en las que no habían tenido ni arte ni parte? ¿Había algún futuro para Cambiemos en medio de aquella debacle económica? Lentamente comenzaron a surgir las voces que requerían cambios de rumbo o, menos sutilmente, la lista y llana ruptura con el macrismo.
Aunque, en las últimas semanas, esta última línea de argumentación fue perdiendo fuerza, no era inverosímil suponer que podría haber llegado a prevalecer en la Convención Nacional que se dio cita en Parque Norte el lunes pasado. En rigor, razones no le faltaban: para muchos radicales, el partido ha sido un convidado de piedra del gobierno y, en aras de sumar tirrias, “el mejor equipo de los últimos años” resultó ser un apasionado cultor de los errores no forzados. La cacareada candidatura de Roberto Lavagna, por otro lado, permitía a quienes postulaban la ruptura presentar a un viejo amigo de la casa como una opción progresista y con alguna expectativa electoral.
Sin embargo primó el realismo político, una virtud de la que no siempre el radicalismo ha hecho gala. No puede leerse en clave diferente la decisión de permanecer en Cambiemos pese al contexto socioeconómico y los yerros ajenos. No obstante que Alfredo Cornejo, el presidente de la fuerza, se esmeró en marchar la cancha con filípicas tales como “necesitamos corregir los errores políticos garrafales que se han cometido en este Gobierno” o que “se ha endeudado el país y no tenemos el resultado económico que necesita el pueblo”, fue evidente que el cónclave supo ponderar las negativas consecuencias que hubiera tenido el romper la coalición para el futuro del partido. Que el número de convencionales que apoyó la permanencia haya sido mayor que el logrado en 2015 habla a las claras de la pedagogía que encierra el haber estado tantos años en el llano.
Lo resuelto, en definitiva, se trata de una cuestión de cálculo: los radicales han subido su precio frente a un Macri que, a diferencia de 2017, hoy los necesita más que nunca para lograr su reelección. Si efectivamente esto tuviese lugar, es de esperar que la factura que habrán de pasarle incluya mucho más que un par de ministerios o ciertos roles beligerantes en el Congreso de la Nación. A su manera, han vuelto a ser felices: están satisfechos con lo que tienen (aunque lo juzguen insuficiente) simplemente porque podrían estar peor dentro de pocos meses. Cambiemos es mejor que la nada. Y, de paso, los recorre esa corriente de expectativas que vertebra un proyecto político que, pese a las dificultades de la hora, aun tiene chances de seguir ocupando la Casa Rosada por cuatro años más. Dentro de su malabar dialéctico, la justificación de Cornejo fue consistente: “estamos proponiendo ratificar el instrumento que tuvimos en el 2015 para salir del populismo”. Si sale bien, el premio será mayúsculo y todos comerán perdices.
Dentro de este contexto, merece cierta reflexión la unanimidad mostrada tanto por Mario Negri como por Ramón Mestre respecto a la continuidad. Ambos mostraron, conforme se desarrolló el debate, claridad conceptual y similar dosis de realpolitik en torno al principal problema de la fuerza. Enhorabuena. Pero, puesto este dato en perspectiva, debe concluirse que lo suyo ha sido una vocación de aliancismo tardío y, por lo tanto, inútil. Han sido particularmente funcionales para resolver una alianza que, en términos de intereses personales, hoy les resulta ajena, pero resultaron pésimos para ensamblar una que les deparase algo parecido al triunfo en la provincia de Córdoba. Porque, descartada que hubiera sido la posibilidad de acceder a la gobernación yendo juntos o separados, la ciudad de Córdoba merecía un epílogo diferente. Basta sumar los porcentajes obtenidos por Luis Juez (un capricho) y Rodrigo de Loredo para comprender que no había nada de inevitable detrás de la vitoria de Martín Llayora.
Probablemente haya sido el espejo de Córdoba el inspirador de uno de los análisis más certeros de Cornejo en las deliberaciones, afirmando que Cambiemos no ha sido una buena herramienta para ganar elecciones locales y provinciales. Todas las evidencias respaldan esta conclusión. Para el macrismo lo único importante ha sido, hasta ahora, la presidencia, la alcaldía de la ciudad de Buenos Aires y la gobernación de la provincia homónima. El resto, es decir, el territorio gobernado por, o potencialmente asequible, el radicalismo, ha sido tratado como res derelictae, cosa abandonada. De otra manera no puede explicarse la irresponsable intromisión en la interna cordobesa de importantes espadas presidenciales. Este será otro de los temas que, en el futuro y con justicia, la UCR intentará poner sobre el tapete y más allá de los expansivos objetivos aprobados en su convención.