Los números de la Legislatura hacen temblar a la República

La abrumadora victoria del peronismo cordobés abre todo un nuevo escenario para el que las instituciones no están preparadas, arrojando una amenaza sobre la forma republicana.

Por Javier Boher
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El poder siempre es más seguro cuando está dividido. No hay dudas de que se pueden hacer cosas buenas cuando se lo posee, pero la historia muestra que hace falta grandeza para no caer en la tentación de usarlo de mala manera.
La excelente elección de Juan Schiaretti (que si logra mantenerse en la senda de la eficiencia y la buena calidad de gestión pueda ser considerado por algunos como el Amadeo Sabattini del siglo XXI) ha abierto aristas insospechadas en el futuro político de la provincia.
Las particularidades del marco institucional cordobés señalan que el oficialismo aumentaría su número de bancas en la Legislatura hasta casi las tres cuartas partes, algo que a simple vista ya se deja ver como algo problemático.
La división de poderes se fundamenta en la necesidad de control recíproco entre las partes, algo que queda ausente si el partido de gobierno y la principal mayoría parlamentaria coinciden absolutamente. Ya no se trata de tener el poder de la iniciativa (que el hoy Hacemos por Córdoba retiene indefectiblemente hace dos décadas) sino todo un conjunto de atribuciones extra que se relacionan con los resortes y controles propio del orden republicano.
El domingo, en su discurso, el gobernador destacó esa última parte: “no habrá república en Argentina sin el peronismo y no habrá futuro para el peronismo si no es republicano”. La definición es contundente. Aunque pueda haber sido un mensaje para los que intentan acercar posturas con el kirchnerismo (alertándolos sobre los puntos básicos de convivencia e institucionalidad sobre los que se debería acordar) esas palabras son valiosas en sí mismas para saber adónde poner la vara para evaluar el gobierno una vez que transcurran los próximos cuatro años.
Nunca está de más recordar la diferencia entre república y democracia. Aunque esta última es fundamental como expresión de la voluntad popular, sólo puede ser válida como una parte dentro del conjunto mucho mayor que representa la república, un sistema en el que la alternancia, la publicidad de los actos de gobierno y la vigencia de un estado de derecho que proteja los derechos e intereses de los ciudadanos son condición fundamental para evitar grotescos demagógicos que afecten a las minorías.
Un ejemplo absolutamente práctico sobre la diferencia entre ambos conceptos puede sacarse de la terrible noticia del abuso grupal en Sebastián Elcano: que siete individuos hayan decidido violar a otro podría ser una clara muestra de democracia (entendida como la voluntad mayoritaria). La república es la que debería entrar en juego para preservar a la víctima y evitar que se concrete el abuso, defendiendo los derechos del individuo ante la turba amenazante.
La caprichosa conformación de la unicameral hoy habilita a que el gobierno pueda impulsar una reforma constitucional (podría resolver el problema de la sucesión de Schiaretti impulsando la reelección indefinida), modificar el sistema de departamentos (dividiendo aquellos en los que gana siempre y unificando aquellos en los que podría perder) o hacer juicios políticos a los que desee el ejecutivo (por ejemplo, si hubiere algún miembro del Tribunal Superior de Justicia que no se alinee con las directivas propuestas).
La extraña forma por la cual se definen las bancas en la Unicameral se impuso en la reforma de 2001, tergiversando el modelo alemán para dotarla de los rebusques necesarios para conformar una mayoría virtualmente eterna. La ingeniería electoral cordobesa propició esta situación por la que la división de poderes es una aspiración que depende más de la voluntad de los que conducen que de las verdaderas posibilidades de control que se derivan de la forma institucional consagrada en las leyes (y ocupada según el dictado de las urnas).
Para situaciones en las que se corre el riesgo de quedar obnubilado por el arrollador triunfo de la voluntad popular, que ahoga la reflexión republicana, nada mejor que recordar la célebre frase de Lord Acton: “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Quizás desde Hacemos por Córdoba deban tratar de evitar el ejercicio absoluto del poder que desde el domingo la gente ha puesto en sus manos.