Peregrinación de Tinelli a la Meca del PJ

Hasta no hace tanto tiempo atrás, los dirigentes del interior viajaban a la Capital Federal para recibir unciones o bendiciones de toda laya. Ahora son los referentes nacionales (o los aspirantes a serlo) los que recorren el camino inverso.

Por Pablo Esteban Dávila

Es complicado seguir a Tinelli, y no solo desde el punto de vista televisivo. Sus supuestos movimientos políticos también mueven a desconcierto.
¿Qué es lo que quiere el conductor de Bailando por un Sueño? ¿Quiere ser candidato? Y, si es así, ¿a qué aspira? Son todos enigmas cuyas respuestas Tinelli oculta astutamente. O, tal vez, ni siquiera él tenga en claro el propósito de su reciente vocación por la cosa pública. No sería la primera vez que esto sucede con un famoso.
El hombre de Bolívar cuenta con una condición necesaria (aunque no suficiente) para una carrera política exitosa: es conocido. No debe existir argentino que ignore quién es o a que se dedica. Pero esto también podría ser un arma de doble fijo. En el imaginario popular, Tinelli es sinónimo de jolgorio pasatista y mujeres hermosas. Todo bien para relajarse… ¿lo sería para gobernar?
Algunos sondeos sugieren que la opinión pública no come vidrio. Una cosa es divertirse frente a la TV y otra bien distinta es sufrir improvisaciones, aunque vengan de la mano de un tipo festivo. Hay encuestas que señalan que la división entre la alta farándula y la alta política goza de buena salud. No es una grieta; sólo especialización funcional.
Algo de esto debe estar rumiando el interesado. El triste derrotero de Miguel del Sel sirve de recordatorio que el asunto no es cosa de soplar y hacer botellas. Si su decisión es lanzarse a la política, pues necesita un baño de seriedad, un curso intensivo de estadista. Sus coqueteos con Roberto Lavagna y otros caciques bonaerenses apuntarían en este sentido.
No es la primera vez, por cierto, que Tinelli se mete a bailar este minué. A comienzos del gobierno de Mauricio Macri supo visitar la Casa Rosada y mostrarse empático con el proyecto de Cambiemos. Sin embargo, los flirteos no duraron mucho. Quizá la colisión de egos con el presidente o con algunos de sus colaboradores lo hayan convencido, por aquel entonces, de que el camino oficialista estaba cerrado. Decidió seguir con ShowMatch hasta que escampase.
Posteriormente, la acentuada pérdida de popularidad de Macri y del mejor equipo de los últimos 50 años puede que le hayan enseñado que hay más cosas en el cielo y la tierra de las que sospechaban sus preferencias iniciales. Todo indica que, por estos tiempos, Tinelli se encuentra más cerca de Juan Domingo Perón que del libertario José Luis Espert pese a que, a diferencia de otros aspirantes a políticos, su fortuna proviene del mercado y no del Estado. Si el general era “el gran conductor”, él no entiende porque lo sería menos, ¡con la experiencia ganada en la TV!
La peronización de Tinelli, debe decirse, viene viento en popa. A sus reuniones con Lavagna deben sumarse las que mantuvo con Sergio Massa y con el kirchnerista Ariel Sujarchuk, el intendente de Escobar. El economista Marco Lavagna, hijo de Roberto y diputado nacional del Frente Renovador, lo asesora en los meandros de la ciencia maldita, en tanto que su reciente reunión con María Eugenia Vidal no parece haberlo desviado del rumbo trazado. “Tengo mis raíces en el peronismo. O mejor dicho, siempre pienso en ayudar y beneficiar a los que menos tienen, no a los grupos financieros ni a los poderosos”, ha señalado recientemente. Parece haberse olvidado de su socio reciente, el kirchnerista Cristóbal López, completamente ajeno a las suertes del lumpenproletariado.
La estrategia tinellista quedaría inconclusa si Córdoba no estuviera incluida en su despliegue. El distrito es el más importante que gobierna el justicialismo y todo indica que Juan Schiaretti será reelecto con holgura. Tinelli no podría continuar con su peregrinación si no recibiera el abrazo del gobernador, como previamente lo hizo Miguel Ángel Pichetto o Juan Manuel Urtubey.
No engañó, en este sentido, el hecho que hubiera visitado la Casa de Gobierno con sus productores, a los efectos de solicitarle a Schiaretti “consejos para realizar filmaciones en puntos turísticos y culturales” de Córdoba para su nuevo programa. Para eso bastaba una conversación por Skype, un WhatsApp o, para los más clásicos, un correo electrónico. Fue una coartada, una excusa, para hablar de política y, seguramente, para sondear la aquiescencia de Schiarettifrente a una eventual aventura electoral.
Lo que le haya dicho el gobernador forma parte del mundo de las especulaciones, pero es positivo el hecho de que una persona tan famosa requiera del contacto de un político decididamente tradicional para validar sus pretensiones. Es un buen instinto el de Tinelli. Percibe con justeza que, más allá del justificable enojo de los argentinos por los yerros del gobierno nacional, no existe una vocación universal por el suicidio. Nadie quiere otro “que se vayan todos” porque los que vinieron después fueron infinitamente peor de los que se habían ido. No queda otra que apretar los dientes y aprender de los políticos exitosos, por más veteranos que luzcan ante las cámaras.
Bien podría el conductor televisivo intentar emular a Giuseppe “Beppe” Grillo, el bufón antisistema que hizo temblar el sistema político italiano a partir de 2009. Estaría en su derecho y, en muchos sentidos, la actual estructura de interpretación social del poder -tan alejada de la Constitución y sus rituales- podría favorecerlo. Sin embargo, percibe que un experimento cómico-populista no sería aceptado por las mayorías populares, al menos por ahora. El peronismo tradicional sigue siendo su mejor atajo.
Para Schiaretti debe ser, asimismo, placentero recibir este tipo de visitas. Hasta no hace tanto tiempo atrás, los dirigentes del interior viajaban a la Capital Federal para recibir unciones o bendiciones de toda laya. Ahora son los referentes nacionales (o los aspirantes a serlo) los que recorren el camino inverso. Es un cambio de época, que sugiere una alteración en las tradicionales leyes del poder argentino. Dios parece haber dejado de atender en Buenos Aires, al menos a semana completa.