Cambiemos, entre la interna y San Expedito

Todo está muy claro. El grupo Balcarce intuye que se encamina a una sonora derrota a manos de Ramón Javier Mestre, y este es un riesgo que no puede ser admitido

Por Pablo Esteban Dávila

Hoy, Luis Juez hará lo que mejor sabe hacer: denunciar. En horas de la mañana presentará un escrito ante la Junta Electoral impugnando las elecciones internas de Cambiemos, convocadas para el próximo 17 de marzo, intentando que se tornen abstractas. Argumentará que “no están dadas las condiciones que garanticen un proceso transparente” y que se quiere “evitar un escándalo mayúsculo”. De esto sabe, y mucho: basta recordar la desopilante consulta popular que supo organizar en 2006 por el servicio de agua potable siendo él mismo intendente, en donde se llegó a votar por anticipado un local denominado “Tiendas Mechy”, propiedad de uno de sus funcionarios. El muerto se asusta del degollado.
Sin embargo, y en aras de ser justos, el exembajador en Ecuador no está solo. Mario Negri y su compañero de fórmula, Héctor “la Coneja” Baldassi, lo secundan a pie juntillas en la cruzada. Más aún: también ellos son los autores intelectuales de la impugnación aunque, por una cuestión de legitimación, sólo el Frente Cívico puede presentarla. Esto no es poco. Mientras que Juez no deja de ser un cuerpo extraño dentro de Cambiemos (pertenece al género de la política – ficción el hecho de que sea el candidato a intendente del presidente, nada menos), tanto Negri como Baldassi son miembros fundadores de la coalición. No puede reputárseles, por lo tanto, intenciones ocultas detrás de este reclamo.
Ocultismo es, en rigor, lo que no existe. Todo está muy claro. El grupo Balcarce intuye que se encamina a una sonora derrota a manos de Ramón Javier Mestre, y este es un riesgo que no puede ser admitido. No sólo porque a nadie le gusta perder, sino porque una eventual paliza pondría en entredicho la capacidad de Mauricio Macri para organizar y orientar la vida interna de Cambiemos. Es decir, cuestionaría la eficacia de su liderazgo. Dicho sea en otras palabras: de aquel índice utilizado en 2015 y 2017 para seleccionar sus candidatos mediterráneos hoy sólo queda un muñón trémulo e impreciso.
Poco podría adicionársele a este temor, suficientemente pavoroso para los estrategas de la Casa Rosada, excepto que ellos solos se metieron en el problema. Forzaron al presidente a elegir tarde y mal entre los contendientes cordobeses, y eligieron un método que roza el desprecio. Nadie en el ala política del gobierno supo leer la determinación mestrista ni el resquemor -bastante comprensible- que produce la presencia de Juez dentro del radicalismo local. Hubiera sido mucho más responsable financiar una interna transparente cuando todavía existía tiempo y exigirles a Negriy a Mestre el respeto de ciertas reglas de juego. Con buena voluntad, la alternativa al actual papelón no resultaba tan complicada.
Pero nociones tales como dinámica interna o vida política heterogénea son extrañas al genotipo del PRO, la fuerza que derrama el discurso oficialista. Se prefieren las encuestas o sarasas semejantes, como si todos sus dirigentes fueran clones de una estirpe nacida al calor de la alta gerencia empresaria. Esta es la razón por la que, cuando existe un desafío creíble a la hegemonía de la buena onda o de la búsqueda erotizante del “consenso”, la reacción unánime de la alta conducción cambiemita sea el estupor y su derivado, esto es, la parálisis política.
Esta carestía conceptual se nota, y mucho, cuando la realidad se empeña en negar nuevos créditos de infalibilidad a quienes, hasta no hace tanto tiempo atrás, se mostraban como particularmente duchos en el arte de conducir y ganar elecciones, Marcos Peña incluido. Si a esto se le suman las innegables dificultades por las que pasa el gobierno nacional, el resultado no será otro que reforzar las tendencias autonómicas de quienes, como lo es el caso de Mestre, gobiernan territorios por mérito propio y se sienten destratados por el entorno centralista que rodea al presidente.
Lo peor del caso es que esta metodología de decisión, hoy en crisis, produce micro sublevaciones que, aunque no se verbalicen a cabalidad, terminan minando la moral de quienes deben llevar adelante campañas electorales de gran intensidad, como debería ser cualquier interna avant la lettre. Algo de esto ocurre con el PRO orgánico, es decir, con la militancia macrista.
Si fuera por este conjunto de dirigentes -entre los que debería incluirse desde su presidente hasta los últimos integrantes de sus órganos de conducción, pasando por diputados, legisladores y concejales- el destinatario de sus pasiones sería Mestre y no Negri, a contramano de lo que se les ha ordenado desde Buenos Aires. No es que exista algún encono personal en contra del diputado nacional (probablemente todo lo contrario) sino porque se encuentra secundado por el también diputado Baldassi, alguien que no ha sabido ganarse ni el afecto ni el respeto de sus correligionarios, allende su condición de favorito del propio Mauricio Macri. Lo mismo podría decirse de muchos radicales que, aun perteneciendo al grupo Balcarce, se las ven en figurillas para acompañar la candidatura de Juez en contra de Rodrigo de Loredo para el Palacio 6 de Julio.
No es, como se advierte, un momento sencillo para el tridente oficialista, una situación que se torna todavía más sombría en cuanto se la contrapone con la realidad que protagoniza el intendente de Córdoba. A diferencia de sus contrincantes, Mestre está metido de lleno en la campaña. Tiene un spot directo, sin sutilezas, que convoca a votarlo para ganarle al peronismo. Es obvio que sus destinatarios son los propios radicales más que potenciales independientes (una categoría que reparte sus votos con endiablada ecuanimidad, al menos en lo que a esta provincia respecta) porque, en su visión estratégica, serán los afiliados a la UCR lo que le darán este primer triunfo, condición necesaria (aunque no suficiente) en su camino a la gobernación.
El hecho que la logística de la interna no se encuentre todavía asegurada mucho no le preocupa. Como presidente del radicalismo, le cupo a él fijar la fecha tan pronto supo de la convocatoria de Schiaretti para el 12 de mayo. Todos los interesados sabían del calendario; si no se prepararon adecuadamente es un problema que a él no lo atañe. “Nadie puede alegar su propia torpeza” podrá argumentar sacando chapa de abogado. La Junta Electoral tampoco es su problema: es, en definitiva, un órgano independiente de las listas en pugna, integrado por las fuerzas que integran Cambiemos. No estaría bien -ni le sería personalmente conveniente- meterse a hacer de maestro ciruela con sus integrantes.
Pero entre la preocupación del grupo Balcarce y la vitalidad del proyecto mestrista existe una zona de peligro objetivo: hay posibilidades concretas de que la interna termine fracasando. Sea porque nadie pueda garantizar su realización (en buena medida, un acto electoral es un acontecimiento logístico), sea porque una de las partes decida no participar -hacen falta dos para bailar el tango- la perspectiva de que, finalmente, nada ocurra el 17 de marzo sobrevuela los ánimos de unos y otros.
¿Qué sucedería ante tal eventualidad? ¿Habría una suerte de “Congreso de Lanús” que, al igual de lo decidido por el peronismo en 2003, habilitase la competencia por separado contra Unión por Córdoba tratando de salvar, in extremis, la fe macrista tanto de Negri como de Mestre? ¿O el diputado optaría por declinar su candidatura, habida cuenta sus difíciles perspectivas? Ocurra lo que ocurra, no será gratis. Si el intendente ganase, fuera por abandono o por victoria, será otro radical exitoso frente a la impotencia presidencial; por el contrario, si se concurriese con listas separadas, ninguno tendría chances reales de derrotar a Schiaretti, con similares consecuencias para Macri y nada menos que a comienzos del año electoral.
Si alguien dentro de Cambiemos cree en San Expedito, es hora de organizar una procesión; al menos para esto todavía hay tiempo.