Los límites del debate electoral

Mestre, en este sentido, se encuentra en una posición inmejorable para verbalizarla, mucho mejor de la que goza Mario Negri, su rival en las primarias.

Por Pablo Esteban Dávila

Es comprensible que Ramón Javier Mestre se encuentre tentado a sobreactuar. Está en campaña en dos frentes simultáneos que se interconectan y se refuerzan mutuamente. Debe convencer al electorado interno de Cambiemos de que él es el mejor candidato de la coalición para derrotar a Unión por Córdoba y, para ello, tiene que mostrarse como el más opositor de los opositores. Su discurso es el de un Jano bifronte.
No obstante, en ciertas ocasiones la sobreactuación puede resultar una mala consejera. Ayer fue posible advertir este riesgo.
Con motivo de la inauguración de una obra de cloacas, el intendente aprovechó para formular algunas declaraciones fuertes. Su filípica podría resumirse en que el gobernador no quiere hablar de los problemas que afligen a la provincia, que está escondido detrás del cemento y de sus obras viales. Señaló que Schiaretti debería explicar qué pasa con la inseguridad y con el gran campamento narco que, al parecer, se ha establecido en Río Cuarto. Y, para rematar sus críticas, advirtió que el hombre tampoco dice nada sobre su estado de salud, un aspecto que la población debería conocer por más que se alegue que es un tema privado.
Pareció un golpe bajo. Es sabido que el gobernador debió someterse a una angioplastia a comienzos de mes. Aunque es una técnica muy común, prácticamente ambulatoria, la relación del procedimiento con la salud cardiovascular del paciente es innegable. Y el corazón tiene, para los legos, un magnetismo siempre ominoso, una herencia de tiempos pasados en los que poco podía hacerse frente a un padecimiento cardíaco. Afortunadamente vivimos en otros tiempos en donde este tipo de patologías tienen pronósticos favorables.
Mestre, como cualquier otro candidato que se precie de moderno, debería saberlo, bajo el riesgo de transformarse en un dinosaurio terapéutico. De lo contrario, y siempre según su preocupación en la materia, deberían excluirse de la competencia electoral a los diabéticos, los seropositivos, los hipertensos o los pacientes de enfermedades oncológicas, lo cual sería a todas luces discriminatorio. Además, es imposible olvidar que aquel gran político y gobernante que fue su padre, Ramón Bautista, falleció prematuramente siendo él mismo paciente/candidato, víctima de una dolencia crónica. Es difícil creer, por lo tanto, que el intendente haya pretendido sugerir este tipo de cosas.
Debería, pues, reputársele a los excesos de testosterona electoral tal clase de afirmaciones, que difícilmente le traigan réditos políticos. Tampoco debería alentar excesivas expectativas respecto a que el propio interesado le contestase con alguna indignación; el peronismo aprendió la lección duramente impartidaa comienzos de siglo, cuando José Manuel de la Sota respondía con elegancia a las chapucerías de Luis Juez solo para caer de inmediato en otra de las paparruchadas del entonces intendente. En 2011, cuando dejó de caer en aquella trampa dialéctica, el fallecido exgobernador dejó haciendo sombra (del argot boxíistico) a su maledicente adversario, conforme la expresión del siempre elegante manual de estilo juecista.
Por otra parte, es sabido que la sociedad aguarda una oferta política algo más elaborada que una simple sospecha de índole clínica. Mestre, en este sentido, se encuentra en una posición inmejorable para verbalizarla, mucho mejor de la que goza Mario Negri, su rival en las primarias. Tras ocho años al frente del Palacio 6 de Julio es esperable que tenga ya listas propuestas de gestión en materias tales como educación, infraestructura, seguridad o industria. No puede esperarse menos de alguien a quien le cupo conducir los destinos de la segunda ciudad argentina durante dos mandatos consecutivos.
Además, especular con la salud de los rivales no tiene buena prensa, algo especialmente alentador en una época en que una noticia espeluznante no se le niega a nadie. Por caso, tómese un reciente episodio, ahora insuficientemente documentado. Días atrás, una conocida periodista de un medio televisivo tuiteó que el gobernador estaba internado en un importante centro médico de Córdoba, sugiriendo un cuadro de gravedad. Como la especie resultó una fake new hecha y derecha, su autora optó por borrarla rápidamente de su cuenta, pero esto no fue lo más relevante del episodio. Lo llamativo, lo pedagógico, resultó ser la abstención del resto del sistema mediático para reproducirla.
¿Será este tipo de temas el nuevo límite al debate electoral? De ser así resultaría, por cierto, muy edificante. Podrían incluirse a otros tantos, pero entraríamos en un terreno de insondable subjetividad. Lo bueno es que, en adelante, existan ciertos distritos informativos en los cuales no puedan ingresarse con ligereza ni, mucho menos, con intenciones de rédito político.
Finalmente, Mestre debería tomar nota de que, si fuera por Schiaretti, el mejor candidato para enfrentar sería Negri, no él. La mala praxis de Marcos Peña en Córdoba puso a su contrincante interno en la difícil posición de faldero de la Casa Rosada, en tanto que proyectó en el intendente una imagen de dureza que, en otras circunstancias, le habría llevado tiempo y dinero construir. A Negri se le puede ganar sólo con poner a Mauricio Macri en el espejo -se razona puertas adentro del Centro Cívico- pero esta lógica no es homologable para vérselas con Mestre, obligado a radicalizarse por las circunstancias de su candidatura.
Esto significa, ni más ni menos, que una metida de pata originada en una fruslería (como la de ayer) podría frustrar un camino que, luego de la interna, bien podría presentarse como épico, a modo de un vaticinio de lo que ocurrirá después, en la carrera por la gobernación. A cualquier político le gusta este tipo de relatos homéricos, especialmente a los de la talla de Mestre, el primer radical en volver a ganar uno de los mayores premios electivos que ofrece la provincia luego de muchos años de sequía electoral.