La sensibilidad desconocida

La noticia de la muerte del líder de Talk Talk, Mark Hollis, me retrotrajo al descubrimiento de ese grupo, un episodio del que ya han transcurrido 35 años, por más que en mi memoria siga tan fresco como si el tiempo se hubiera esmerado más en preservarlo que en hacerle sentir su rigor.

Por J.C. Maraddón
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Corría el año 1984, cuando el difusor en Córdoba del sello EMI llegó a la redacción del diario La Calle y abrió su maletín, para extraer de allí un par de discos de vinilo que iban a ser fundamentales para la formación de nuestro gusto musical. Aunqueen la Argentina ya empezaban a publicarse los álbumes de edición nacional en una fecha bastante cercana a la de su salida en el hemisferio norte, todavía se registraba una demora de unos seis meses que alimentaba la ansiedad de quienes leíamos la noticia del lanzamiento en las revistas, pero debíamos esperar largas semanas hasta que llegara a las bateas de las disquerías locales.
Esa tarde, recibimos para comentar en la sección Espectáculos el disco “Seven and the Ragged Tiger”, el tercero de la banda inglesa Duran Duran, que venía (im)prolijamente traducido como “Siete y el tigre harapiento”, porque en ese entonces se mantenía la costumbre de poner en español lo que originalmente estaba en inglés. Al proyecto encabezado por Simon Le Bon lo conocíamos de sus anteriores producciones, aunque no tanto por escucharlas sino más bien por degustarlas en el circuito de videobares, que ante la ausencia de MTV por estos lares cumplían la función de visualizar la música de moda.
Fue esa la primera vez que tuvimos en nuestras manos un álbum de Duran Duran. No sólo lo escuchamos hasta el hartazgo, sino que además comprendimos que nuestro fanatismo debía ser expresado a través de la imagen. Nos procuramos unos sacos de elegante sport con prominentes hombreras, camisas de vestir y unas corbatas largas y finas. Combinando esa indumentaria con jeans y zapatillas, más un jopo esponjoso, creíamos estar a tono con la tendencia new romantic, que era la corriente a la que parecían adherir los Duran Duran, según lo que habíamos leído por ahí.
Junto con “Seven and the Ragged Tiger”, aquel difusor discográfico nos entregó otra joya sonora a la que tardamos un poco más en asimilar. Porque del grupo Talk Talk no poseríamos noticias hasta ese momento, a pesar de que habían debutado en 1982 con el álbum “The Party’s Over”. El tipo nos dijo que tenían “la misma onda que Duran Duran”, que era precisamente el motivo por el que los fichó el sello. Y nos dejó un ejemplar de “It’s My Life”, sin saber que, en ese sencillo acto, nos estaba abriendo la puerta a un descubrimiento milagroso.
Al disco de Duran Duran lo escuchamos hasta rayarlo y nos aprendimos las canciones de memoria. Pero al de Talk Talk lo tuvimos que apreciar de otra manera, porque más allá de los raros hits que incluía, como “Such a Shame” o “It’s My Life”, nos paseaba por maravillas como “Dum Dum Girl” o “Call In The Night Boys”, que nos trasladaban a paisajes etéreos como los que había pintado Bryan Ferry con su Roxy Music. Después de ese sacudón inicial, revisitamos la banda cada vez que tuvimos noticias de un nuevo álbum, hasta que al despuntar los noventa su nombre desapareció del firmamento rockero.
El lunes pasado, la noticia de la muerte del líder de Talk Talk, Mark Hollis, a los 64 años, me retrotrajo a aquel descubrimiento del que han transcurrido más de tres décadas, por más que en mi memoria siga tan fresco como si el tiempo se hubiera esmerado más en preservarlo que en hacerle sentir su rigor. El diario La Calle cerró pocos meses después de haber abierto, y la magra indemnización me alcanzó para comprar un equipo de música. Sobre su bandeja giradiscos, “It’s A Shame” dio vueltas una y otra vez, alumbrándome una sensibilidad que hasta ese momento desconocía.