Mestre–De Loredo: potencialidad política de una dupla disruptiva

El acuerdo de los antiguos rivales internos abra una impensada serie de cálculos que inevitablemente tiene como referencia a la historia política cordobesa de las últimas décadas.

Por Javier Boher
[email protected]

La interna de Cambiemos en Córdoba sigue dando que hablar. Cada uno de los precandidatos aprovecha cada oportunidad para hacer declaraciones que sirvan para marcar la cancha a sus competidores, tratando de poner presión en el tiempo que falta hasta el momento de materializar el voto.
El acuerdo al que llegaron Ramón Mestre y Rodrigo De Loredo preocupa a muchos de los que sentían que podían disponer del futuro de la alianza, en la que el componente radical es absolutamente necesario. La obsesión de los estrategas porteños por excluir a algunas de las figuras más importantes empujó a que se elijan nombres que hacen difícil conciliar posiciones sin debilitarse en el frente interno.
La obstinación del laboratorio peñista por elegir a un persistente Luis Juez carece de toda la lógica posible, ya que las encuestas que le aseguran un buen caudal de votos omiten un dato importante: si el ex intendente fuese el candidato del oficialismo, el radicalismo perdería su principal bastión en la provincia en las manos de un político que lleva la condición degenerativa del peronismo en su torrente sanguíneo.
Si Juez fuese el candidato de Cambiemos a la intendencia, los vecinos cordobeses estarían atados a lo que prácticamente sería una interna del justicialismo, perdiendo el grueso del voto antiperonista que quedaría sin un candidato claro. Muchos parecen olvidar que sacó alrededor de 20.000 votos menos que Negri y casi 30.000 menos que Macri en las PASO 2015, cuando fue candidato de mentirita a Senador.
Pese a todo, lo que más preocupa a la oposición al tándem Mestre-De Loredo no es lo que pueda pasar el 12 de mayo, sino el futuro que podría tener dicho acuerdo. Tanto los rivales intra como extra partidarios entienden que este primer entendimiento podría significar el surgimiento de una nueva hegemonía política en la provincia.
Aunque a muchos políticos cordobeses les cueste decirlo, en sus mentes circula la idea de que la pareja de rivales internos que unen esfuerzos para consolidar el triunfo es algo que ya se vivió con Schiaretti y De la Sota, un experimento con un éxito de dos décadas.
Los 20 años de Unión por Córdoba en el poder (que probablemente puedan estirarse por un tercer mandato del actual gobernador) implican que en algún momento la gente reclame una renovación, la que no parece estar asegurada desde las filas del justicialismo, en las que son demasiado prolijos como para contradecir el liderazgo de Schiaretti.
Las nuevas generaciones del peronismo, aunque pueden mostrar algunos perfiles interesantes, deben cargar con representar al mismo partido que ganó la gobernación en aquel lejano tiempo en el que el “Luifa” Artime y el “Cachi” Zelaya eran las máximas figuras del fútbol cordobés.
Por otro lado, esa cautela por la organicidad los empujó a postergar durante mucho tiempo su proyección provincial, algo que sirve para sobrevivir en tiempos de abundancia de votos, pero no prepara para cuando hay amenaza que cambie la tendencia.
Finalmente, la demografía está del lado de los radicales díscolos. Mientras la vieja guardia del justicialismo cordobés excede la edad jubilatoria (con Schiaretti pisando los 70 años), Mestre tiene 46 años, 19 menos que Negri, 9 menos que Juez y 7 más que De Loredo. Difícilmente los jóvenes se identifiquen más con políticos con rostro de abuelo que con los que pueden ser sus tíos o sus hermanos.
El desafío que lanzaron los “jóvenes” radicales al aparato oficial del macrismo es una novedad que puede significar un cambio de época en la política cordobesa. Por supuesto que para ello no sólo alcanza con que unifiquen esfuerzos para una interna, lo que es relativamente fácil. Para que sus cálculos a futuro sean acertados, deberán dejar de lado sus vanidades y pretensiones, a la vez que comprometerse con un trabajo de cooperación que -por sus antecedentes- no termina de aparecer con claridad en el horizonte.