Las maliciosas imitaciones del dinero (Segunda Parte)

Concluimos el caso de un litógrafo afincado en Córdoba, al parecer reincidente en la fabricación de billetes ilegales. Y para el cierre, revisamos otros casos de imitaciones de documentos y de monedas falsas que llegaron a circular.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Otro detalle del billete de Córdoba de valor 20 pesos plata boliviana, año 1873.

Se puede pensar que el descargo del litógrafo Carlos Armanino, liberado por falta de mérito en el caso de los billetes falsificados en Rosario en 1869, dejaban del todo limpio su nombre y saldada la sombra de la sospecha que recayó sobre él. Es muy posible que Armanino se mudase a Córdoba en 1872 a consecuencia de aquel episodio. Lo cierto es que su taller funcionó en esta ciudad desde esa fecha y durante la década de 1880 estuvo instalado en la calle Dean Funes 26. Una de sus primeras colaboraciones fue como caricaturista del periódico La Carcajada, que las publicó a partir de 1873, y también realizó otros trabajos en adelante, como ilustrador.
Eventualmente, Armanino entró como oficial en la Litografía e Instituto Litográfico de la Provincia de Córdoba, en San Jerónimo N° 60-62, que dirigía Miguel Potel Junot, según refiere Pedro Grenón en su trabajo La primera litografía cordobesa (1963). Es a partir de ese texto de Grenón que se puede conocer un nuevo episodio policial que involucró a Carlos Armanino, sembrando mayores dudas sobre la autoproclamada honestidad del litógrafo genovés.
Refiere Grenón que el establecimiento litográfico de Miguel Potel Junot -ubicado en San Jerónimo N° 60-62- era el más notable de los que había en Córdoba. Potel Junot era natural de Nápoles, de padre francés. Yendo al episodio referido, dice el investigador que una persona de su amistad, “El Doctor Magnin que lo conoció y trató (a Potel Junot) me decía que era tan hábil que pudo falsificar billetes de Banco de la Provincia”. Suponemos que esa opinión era potencial, no efectiva. Pero lo cierto es que, sigue Grenón, Potel fue encarcelado -injustamente- debido a billetes falsificados que habrían sido impresos en su taller. Sin embargo, siempre según el historiador, “se pudo comprobar que el autor de la falsificación era el oficial Armanino; quien fue capturado al huir a Montevideo. El expediente respectivo -agrega el padre Grenón- se encuentra en el Archivo Histórico, Gobierno, Criminal de 1881”. Al parecer, “el italiano Armanino, que perfeccionaba grabados, en una oportunidad se llevó una pequeña plancha litográfica del taller y clandestinamente imprimió una cantidad de billetes. Para ello tuvo que falsificar la firma del Presidente del Banco. Hizo pasar los billetes como impresos en el taller de Potel.” En el expediente mencionado “se habla de una falsificación de 300.000 bolivianos de 10 pesos”. Agrega Grenón que allí figuran también los nombres -puede que fueran cómplices, o sólo sospechosos, esto no se aclara- de “Edmundo Ignet, belga, tornero; Pedro Guizo, de 54 años del departamento del Marne; José Vangelet, que en el censo de 1880 tenía 22 años (…), Arturo Yamarte, que profugó; Claudio Duchene.” Todos, como se puede ver, eran inmigrantes.
Eso es lo que se sabe de concreto sobre aquel asunto. Para cerrar, cita Grenón al semanario La Carcajada, que en 1889 (ocho años después del hecho) comentaba:
“La Falsificación.
No falta quien crea que los autores de la falsificación de los billetes del Banco Provincial no están en Buenos Aires ni en Montevideo. Y, sino están allí ¿dónde estarán?”.
Pese a esto, Carlos Armanino siguió produciendo sus litografías, ya que entre 1883 y 1884 tuvo a su cargo las ilustraciones y las planchas del semanario El Periódico.
Sin orden cronológico, y con el objeto de ampliar la mirada sobre otros casos de falsificaciones, se mencionan a continuación algunos en los cuales se puede suponer que participaron buenos artesanos de la estafa, ya que esta era una condición necesaria para atrapar incautos.
El primero es de 1870, sobre una mujer que trató de hacer pasar por buenos en Córdoba unos pagarés traídos de la capital porteña. Lo publicaba El Eco de Córdoba el 15 de septiembre de ese año. La nota es larga, nos limitamos a citar el párrafo inicial:
“Una falsificadora
El sábado de la semana precedente ha sido conducida al afamado Hotel del Gallo, con toda la decencia y cortesía posibles y admitidas en la sociedad de buen tono, una Madama extranjera que hace pocos días había venido de Buenos Aires (…) quien se ocupaba en el inocente pasatiempo de hacer circular pagarés falsificados con las firmas más acreditadas del comercio de Buenos Aires.” La mujer había presentado esos documentos al “Banco de los Sres. Otero y Cª” y estaban “extendidos en debida forma y con todos los timbres y sellos, que no daban lugar a duda alguna.” La velocidad del telégrafo permitió a los banqueros aclarar el entuerto y recuperar el dinero que le habían “adelantado” a la Madama.
Una diferente variación sobre el tema aparece en El Progreso a fines de febrero de 1877, dando muestras de otra forma de aplicar la habilidad artística en función de estafar al prójimo. Dice:
“Monedas falsas
Es digno de llamar la atención la gran cantidad de monedas de oro falsificadas, principalmente onzas mejicanas, que circula tanto en esta plaza como en las ciudades del Paraguay.
En el Rosario acaba de ser reducido a prisión un individuo de nombre Luis Roques, de oficio dorador, que era el que se ocupaba de dorar las monedas de cobre que otros hacían.
En el Paraguay fueron interceptados varios cuartos de onzas chilenas que no reunían las condiciones de buenas.”
He aquí el último caso a citar, ocurrido en las calles porteñas, que hacía extensiva la habilidad de los acuñadores a la imitación de una moneda europea. El hecho también aparece publicado por El Progreso de Córdoba, en mayo de 1877, y la víctima fue un señor Manuel Pollet mal aconsejado por su propia avidez de obtener una rápida ganancia. Pollet trabó conversación con un desconocido en la Plaza de la Victoria, y luego ocurrió lo que sigue:
“Estafa
(…) A los pocos momentos, le propuso (el desconocido) venderle libras esterlinas a cien pesos cada una.
A tal oferta y en la esperanza de realizar un buen negocio, no tuvo inconveniente de aceptar la propuesta, comprando libras esterlinas por valor de tres mil pesos.
Fue a reconocerlas a una casa de cambios después que el individuo se había retirado y le dijeron que eran de plomo.”