Me autopercibo como un estúpido

Detrás de la ideología de género se cuelan este tipo de locuras, presentadas como conquistas de derechos que, por supuesto, serán sufragadaspor el resto.

Por Pablo Esteban Dávila

Uno tiende a pensar de sí mismo que es un tipo bastante abierto, dueño de un carácter liberal y tolerante. Frente a sus conocidos, se ufana de creer en el libre mercado y la globalización y, a un tiempo, estar de acuerdo con el matrimonio igualitario o, con matices, la despenalización del aborto.Tampoco le resulta motivo de ninguna prevención el tema de la autopercepción de género -tan en boga por estos tiempos-o el adoptar algunas de las banderas del feminismo. Uno se siente bien por pensar de tal modo y, en la intimidad, se vanagloria de conciliar aspectos tan diversos del pensamiento social bajo el principio de la libertad individual.
Pero la realidad suele ser cruel con quienes pensamos de esta forma. La ideología de género puede pasar,en un santiamén,de exigenciajusticiera a simple chapuzadebido a los excesos que prohíja. Y no estamos hablando de la jeringonza del denominado “lenguaje inclusivo” (un límite imposible de traspasar para quien esto escribe), sino de ridículas avivadas que, al final, debe pagar la sociedad en su conjunto.
Véase el primer caso. El señor Sergio Lazarovich decidió, a sus 60 años, que había vivido equivocado toda su vida. Como, en realidad, se autopercibía mujer, apeló a la ley de identidad de género y pidió el cambio de DNI. A mediados de año pasó a llamarse, sobriamente, Sergia. La libertad es libre y la ley lo ampara… ¿por qué no asumir su verdadera sexualidad? Bien por ella.
Pero es probable que esta conversión esconda propósitos más terrenales. Sus compañeros de trabajo en la AFIP salteña -que es donde reviste- dudaron desde el inicio que la identidad de género haya sido el verdadero motivo de su mudanza. Señalaron que, en realidad, buscaba jubilarse a los sesenta (la edad que les corresponde a las mujeres) y que, hasta entonces,“jamás había mostrado una actitud femenina”. Lo cierto es que Sergia tuvo derecho, por esta vía, a reclamar lo que a Sergio se le negaba.Tan pronto obtuvo su nuevo DNI, Sergia inició los trámites ante la ANSES.
Claro que instalar la duda puede ser motivo de reconvención por parte de la corrección política. El derecho está allí y puede ser utilizado por quién así lo desee. Sólo basta concurrir al registro civil y decir “yo soy hombre o yo soy mujer” y sanseacabó. La genitalidad es un detalle de la naturaleza y los seres humanos somos, por definición, sujetos culturales. Si fuera sólo este el asunto, ninguna objeción habría de nuestra parte.
Sin embargo, esta decisión personalísima tiene costos de los que no se habla. Jubilarse cinco años ante supone que alguien pondrá la diferencia que existe entre Sergio y Sergia. Y que serán los contribuyentes nacionales y populares quienes lo hagan, sin posibilidad de registrar su verdadera “identidad impositiva” (generalmente reacia a la tributación) en ningún registro de objeción de conciencia. Tampoco nadie tendrá el derecho de investigar si la beneficiaria de la transformación legal vive efectivamente como mujer o si todo se trata de una simulación para dejar de trabajar lo antes posible. La ley lo permite, y los ciudadanos debemos esclavos de las leyes.
El problema es que muchos podrían verse tentados a seguir el ejemplo. Así, la ANSES vería declinar ostensiblemente sus aportantes varones en el rango de los 60 a los 65 años. ¿Por qué no intentarlo? Una conversación franca, adulta, en la mesa familiar bastaría para justificar la visita al Registro Civil de la zona. Los amigos lo entenderían y se comentaría la hazaña en los asados de los jueves que, a partir de entonces, serían mixtos. Tampoco haría falta cambiar de vestuario, porque lo que vale es la autopercepción. Que la plata de la jubilaciónla pongan los demás.
Lo mismo puede decirse para las mujeres. La semana pasada se conoció el caso de un matrimonio constituido por Natalia y Malena. Seguramente de común acuerdo, Nataliagestó un embarazo de la pareja, por lo cual solicitó la correspondiente licencia por maternidad -seis meses según la ley. Hasta aquí todo perfecto. Pero ocurre que Malena solicitó la misma licencia, aduciendo que, técnicamente, también es madre.
Su empleador, la Agencia de Recaudación de Buenos Aires (ARBA), atinó a una respuesta ambigua. Tras sugerir que, en realidad, le correspondería una licencia por paternidad (sólo tres días), luego se desdijo afirmando que analizaba otorgarle una licencia especial, una opción que la solicitante no juzga adecuada. Si es mujer, entonces es madre. El hecho que no sea madre gestante parece no tener importancia.
En el barrio se diría que se trata de otra avivada, pero pensar de esta manera podría tildarse de misógina. El tema es que, desde una aproximación financiera, alguien deberá poner la diferencia para que Malena sea complacida. Si ARBA termina le termina otorgando los seis meses, entonces otra persona deberá suplantarla durante los meses en que se encuentre en su casa, lo que supone mayor presión impositiva tanto sobre el patriarcado heterosexual como sobre el colectivo LGBT.
Otro tanto ocurre con la persona (ya no nos animamos a utilizar el artículo “el” o “la” como determinantes del género) que demandó exitosamente al Registro Civil de Mendoza para que no se consignase su sexo en el DNI. “Podés llamarme como quieras, Gerónimo, Carolina. No tengo drama. Me da igual” sostuvo ante la prensa al publicitar su logro. Lo/la/le felicitamos por eso.
Pero, otra vez, hay una cuestión de recursos que mete la cola en el asunto de la identidad. La legislación argentina (y de todo el mundo) diferencia entre hombres y mujeres en algunos aspectos laborales y, claramente, en asuntos jubilatorios. En este caso, Gerónimo o Carolina, dado el perfil de administrador de su identidad sexual que le ha sido otorgado, podría optar por ser hombre o mujer según le convenga (una especie de portabilidad Sergio-Sergia) en cualquier etapa de su vida. Ser un apátrida del género podría tener ventajas insospechadas que sólo un cambio en la legislación podría atemperar.
Para cerrar este breve resumen, sólo basta mencionar el caso del señor Emile Ratelband, de Holanda, quién se siente veinte años más joven y pidió a las autoridades modificar su fecha de nacimiento. “Me hice una revisión médica y ¿qué encontré?, que mi edad biológica es de 45 años”, señaló anteThe Guardian. Explicó que con sus 69 años se siente “limitado” y que, con un par de décadas menos,podría “comprar una nueva casa, manejar un auto distinto y trabajar más”, asaz de mejorar su perfil en Tinder.
La autopercepción de la propia edad entrañaría, de ser aceptada su petición, una verdadera revolución científica. Los buscadores de la fuente de Juvencia ya no deberían fatigar el mundo para conocer su ubicación exacta,sino que tendrían, simplemente, que hablar con los funcionarios adecuados y convencerlos de que sus edades son muy diferentes a las que señalan sus documentos. Asunto cerrado.
Todos estos ejemplos son bastante grotescos y no resistiríanmucho análisis. Sin embargo, así son las cosas. Detrás de la ideología de género se cuelan este tipo de locuras, presentadas como conquistas de derechos que, por supuesto, serán sufragadaspor el resto. Uno, que se precia de ser liberal, abierto y tolerante, pero que también paga una parva de impuestos sin chistar, se resiste a aceptar este tipo de desmesuras y reclama el derecho a la propia identidad. “Me autopercibo como un estúpido”, se repite cada vez que lee estas cosas. Y, lo peor de todo, es que su autopercepción es absolutamente correcta: nadie hará gran cosa para desmentirla.