Hay que pasar el verano

Mauricio Macri está convencido de que lo peor ya pasó. Sugiere, aunque no lo diga abiertamente, que lo que se le endilga como otro de los errores no forzados de su administración (la crisis financiera de mayo) fue, en realidad, un manejo acertado de una coyuntura internacional impredecible.

Por Pablo Esteban Dávila

Mauricio Macri está convencido de que lo peor ya pasó. Sugiere, aunque no lo diga abiertamente, que lo que se le endilga como otro de los errores no forzados de su administración (la crisis financiera de mayo) fue, en realidad, un manejo acertado de una coyuntura internacional impredecible. Y que, gracias a las medidas que se tomaron, el país está listo para reencontrarse con la senda del crecimiento.
Políticamente, la relativa estabilidad que se vive por estos días ha permitido que su objetivo reeleccionista vuelva a ser enunciado sin reservas. “Estoy listo para continuar si los argentinos creen que este camino del cambio vale la pena”, señaló la semana pasada. No es, contrariamente a lo que muchos comentaristas han sugerido, una expresión apresurada. El presidente advierte -con razón- que lo peor que podría ocurrirle a su gobierno sería ingresar en los dominios del pato rengo. La irrupción de este fenómeno sería letal en esta encrucijada. Lejos de ser una mera cuestión de ego (a nadie le gusta ver licuado su poder ante la proximidad del final del mandato), mantener viva la perspectiva de continuar en la Casa Rosada es una contribución indispensable para la gobernabilidad, independientemente si pueda o no lograr el objetivo.
Más allá del voluntarismo de Cambiemos -una anomalía espiritual de la que la coalición hace gala todo el tiempo- hay algunos datos que permiten cierto optimismo. El dólar ha detenido su carrera alcista, las tasas de interés que paga el Banco Central insinúan una tímida retracción y algunos gurúes se atreven a pronosticar cierta reactivación a partir de marzo, cuando la cosecha gruesa aporte algo más de veinte mil millones de dólares a la economía doméstica. Además, los logros en materia de seguridad, encarnados en la hiperactividad de la ministra Patricia Bullrich, permiten mostrar un contraste notable respecto a la pasividad que Cristina Fernández obsequiara sobre el tema a lo largo de sus dos períodos.
La información es tangible. Tanto los que adhieren al presidente como sus críticos pueden concluir que son señales macro que fortalecen la idea de que el gobierno se encuentra pisando un terreno más firme. Si la reunión del G-20 prevista para finales de mes concluye sin mayores contratiempos, Macri podrá sumar a estos resultados la chapa de referente internacional, una cucarda que nunca está de más, especialmente en una época en donde la aparición de nuevos e impredecibles liderazgos se encuentra al orden del día.
Para el presidente, por lo tanto, se trata de pasar el verano. Y el verano comienza, técnicamente, el 21 de diciembre, uno de los meses más calientes en el calendario político nacional.
La fecha es siempre agorera. Cuando hay dificultades, su proximidad con las fiestas de fin de año la transforman en la antesala de protestas, cuando no de inconvenientes mayores. En el conurbano bonaerense, el incremento de la temperatura mercurial suele ir acompañado de rumores de saqueos a supermercados, tensiones con los movimientos sociales y reclamos en contra de la insensibilidad oficialista, todo convenientemente atizado por las facciones más radicalizadas del kirchnerismo.
Es un test inevitable de la política nacional. En las fases iniciales del estío Macri deberá descansar, antes que en Nicolás Dujovne o Guido Sandleris, sobre las espaldas de Bullrich y de su ministra de desarrollo social, Carolina Stanley. Garrote y zanahoria administrados en prudentes proporciones para garantizar que nada se salga de control en el último año de su gobierno y, tal vez, en los prolegómenos del segundo.
Durante enero las cosas serán diferentes. No es un mes particularmente intenso para los asuntos políticos, especialmente porque piqueteros y opositores se toman vacaciones. Nadie quiere cortar las avenidas de ciudades vacías, ni protestar frente a un Congreso en receso. El secretario de turismo, Gustavo Santos, podrá aportar adicionalmente una cuota de chauvinismo turístico al proclamar récords de veraneantes en los destinos internos, retenidos dentro de las fronteras del país por un dólar cercano a los cuarenta pesos. El emular a padres y abuelos descansando en la Brístol o en Carlos Paz, retratados en brumosas fotografías de los ’80, aportará cierta nostalgia funcional de lo que, en rigor, se tratará de un empobrecimiento generalizado.
Con febrero llegarán las certezas. Será el momento adecuado para evaluar si la economía ha vuelto a funcionar o si continúa en zona de descenso. Dujovne será el ministro del mes, tanto para el cuadro de honor como para las reprimendas. El INDEC aportará lo suyo, develando si la inflación al fin ha cedido al fin y si los indicadores macro pudieron regresar a la vida. A suerte y verdad, el macrismo deberá tomar este mes como la bisagra de su gestión. Luego será tarde para cualquier tipo de creatividad.
Marzo, finalmente, desnudará que el programa presidencial de “pobreza cero, unir a los argentinos y luchar contra el narcotráfico” quedó definitivamente en aguas de borrasca. Con suerte, y al final del mandato de Macri, la pobreza orillará los mismos números que dejó su antecesora. La lucha contra el narcotráfico, aunque con mayor suerte que las demás promesas, también quedará con cuentas pendientes. Y, respecto a unir a los argentinos, se concluirá que lo más redituable continuará siendo el polarizar con la viuda de Kirchner, profundizando la división que ya existía en 2015. Sólo de esta manera Cambiemos se garantizaría triunfar en un eventual balotaje. El espanto sigue siendo más fuerte que el amor, al menos en la Argentina.
Claro que todo dependerá, al fin y al cabo, de que el dólar continúe domesticado y que las tasas de interés retrocedan a niveles compatibles con el planeta tierra. Lo demás importa poco. La economía requiere de certezas para reactivarse, y estas variables son seguidas de cerca por operadores y empresarios para decidir inversiones o expandir sus nóminas, que son las dos caras de la moneda del crecimiento.
Hay que pasar el verano. Todo el programa presidencial se reduce a eso. Puede decirse que es un proyecto minimalista, atado a las olas y el mar, bien lejos de la redención que el gobierno prometía hace tres años atrás. Pero, bien mirado, no es poca cosa. Aunque Macri no pueda cumplir con su sueño de permanecer cuatro años más en la Casa Rosada, el mero hecho de que un presidente no justicialista pueda traspasar los atributos del poder a otro mandatario será el aporte más revolucionario para la democracia argentina.