Sin Daniele (y sin certezas)

No es poca cosa lo que está en juego y, precisamente por esto, la guerra de sucesión dinástica promete ser lo suficientemente intensa para que Mestre, en algún momento de sosiego, pueda preguntarse si la jubilación que impuso manu militari no fue peor que la enfermedad.

Por Pablo Esteban Dávila

Ya está. Es historia. Rubén Daniel ideó un plan (bastante elemental) para perpetuarse en la conducción del SUOEM y falló. En enero pasará a situación pasiva, esta vez sin posibilidad de pataleo. Game over.
¿Qué salió mal? Prácticamente todo. Cuando el histórico cacique sindical fue jubilado por decreto a mediados del año pasado tuvo que apelar a un vicariato que le garantizara continuar en el sindicato. Mientras discutía la decisión del intendente en la Justicia -que, con el tiempo, terminó dándole la razón- impulsó la candidatura de Beatriz Biolatto como nueva Secretaria General del gremio. Biolatto y la mesa directiva debían, a poco de asumir, renunciar para que Daniele pudiera regresarcon bombos y platillos.
Pero alguien se olvidó de advertir que, según las leyes que regulan la actividad gremial, una renuncia de la conducción en pleno ponía al sindicato en situación de acefalía y que, en una coyuntura semejante, se abría la puerta de par en par para una intervención del Ministerio de Trabajo que conduce el macrista Jorge Triacca. Esto hubiera significado el fin de la larga hegemonía de Daniele y los suyos al frente del SUOEM.
Sin posibilidades de retornar a la vida gremial, el histórico dirigente tuvo entonces que regresar a su conchabo de planta, confesando que con la tecnología no se llevaba del todo bien. Biolatto, mientras tanto, debió permaneceren la Secretaría General a disgusto y tachando los días restantes de su mandato, como una prisionera que sólo piensa en el día en que recuperará su libertad.
Justo es decir que, desde la vereda de en frente, el asunto Daniele fue, indiscutiblemente, uno de los éxitos cabales de Ramón Mestre en sus dos períodos como mandamás del Palacio 6 de Julio. Utilizando hábilmente el calendario y sus prerrogativas como jefe de la administración, supo doblegar la estrategia de perpetuación diseñada por el capitoste sindical. El golpe resultó tan rotundo que el grado de conflictividad en el último año fue el más bajo de la historia reciente. El desconcierto gremial pudo más que sus motivos de protesta.
¿Debería el intendente, por lo tanto, ufanarse de su triunfo? Nadie podría negarle tal derecho, excepto porque, tal vez, se trate de una victoria táctica y no de una definitiva. La maniobra para sacar a Daniele del juego fue ejemplar, pero, aparentemente, ninguno de sus coroneles tuvo en cuenta las implicancias de la sucesión del líder caído. Biolatto, como se dijo, se encuentra fuera de la ecuación. Lo que viene después de ella es la verdadera incógnita.
Debe recordarse que el SUOEM no es, como podría serlo la UEPC, un gremio homogéneo. Desde estas páginas se ha dicho varias veces que, en rigor, se trata de una federación de delegados que, a lo largo del tiempo, se las han arreglado para funcionar más o menos como una unidad pese a sus severas diferencias internas. El responsable de este mecanismo confederal fue, invariablemente, Rubén Daniele.
Resulta un ejercicio contra fáctico estéril el preguntarse qué habría sucedido si el Secretario General hubiera sido otro. Los intendentes y sus funcionarios padecieron su cogobierno virtual y el poder de veto del sindicato sobre cualquier política que no resultara de su agrado. Pero, al menos, siempre tuvieron claro quién era el enemigo. Y, como enseña la historia militar, siempre es mejor tener un único enemigo a tener varios.
Este es el dilema que enfrenta Mestre en su último año de gobierno, lo que equivale a decir su coartada electoral. ¿Sucederá a Biolatto otro líder de perfil bajo o lo hará alguien dispuesto a emular las hazañas combativas del “gringo”? De la respuesta adecuada dependerá la pax municipal que Mestre requiere a modo de carta de presentación en su camino al Centro Cívico.
No se trata sólo de voluntarismo o de suponer que el SUOEM aprendió alguna lección en estos meses de relativa tranquilidad. Por el contrario, todo hace suponer que la sucesión de Daniele será sangrienta y no exenta de torneos para demostrar quién de los postulantes es el más combativo. No dejaría de ser paradójico que los intendentes lamentaran, en el futuro, haber festejado su jubilación frente a la jauría de sindicalistas sin control intentando ocupar el lugar vacante.
La lista de interesados puede ser un tanto impersonal, más no por ello menos sombría. Es un hecho que los delegados de las áreas operativas están listos a reclamar el control del sindicato, después de haber fungido como los cuerpos de choque de sus compañeros más atildados durante las sucesivas gestiones de Daniele. Es un cesarismo todavía sin César.
No es una figura meramente literaria. El plural “áreas operativas” remite a generalatos también diversos. En las etapas más complejas de la relación con el Departamento Ejecutivo -cualesquiera haya sido su titular- fueron las que sustentaron las acciones de subversión que, casi siempre, lograron beneficios desproporcionados para los municipales. Roto el equilibrio de poder por la transición de Biolatto, todo hace suponer que la línea dura tiene grandes chances de hacerse con la conducción del gremio.
Daniele, por supuesto, tiene sus preferencias personales, pero su poder se encuentra en un cuarto menguante. Ariel Quiñone, el delegado de recursos tributarios podría ser, si de él dependiese, el elegido. Dueño de un perfil funcionalmente contestatario, Quiñone es, sin embargo, un integrante racional del sindicato, si es que el adjetivo calzara de alguna forma en el SUOEM. El hecho de que se hayan enfrentado en las elecciones de 2011 no supuso un agravio permanente entre ambos ni un condicionante para el futuro inmediato.
Pero este delegado tiene el pecado original de integrar una facción de oficinistas, lejos de la calle que las áreas operativas consideran su dominio. Que Daniele también lo fuera no tenía importancia, dado que, en treinta años, nunca pisó ninguna. Pero ahora es distinto. Sin alternancia legal obligatoria, quién comande el SUOEM puede soñar con ejercer una monarquía guerrera, que tutele a los futuros intendentes y se codee con la oligarquía gremial del SURRBAC y Luz y Fuerza para hacerle la vida difícil a los cordobeses. No es poca cosa lo que está en juego y, precisamente por esto, la guerra de sucesión dinástica promete ser lo suficientemente intensa para que Mestre, en algún momento de sosiego, pueda preguntarse si la jubilación que impuso manu militari no fue peor que la enfermedad.