Poner la culpa afuera

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

“Gobernar es poblar”, dijo Alberdi y propuso llenar el país con inmigrantes venidos desde una Europa que sufría las consecuencias del hambre y la pobreza. Aquellas ideas de la brillante Generación del ‘37 apuntaban a ocupar el vasto territorio nacional, en aquel entonces pisado por pocos campesinos, algunos animales errantes y unas cuantas tribus nómades.
Sarmiento le dio el primer impulso, pero fue con Roca y la laboriosa Generación del ‘80 que los barcos llegaron de a montones, ilusionados con poder venir a buscar un futuro mejor. Desde aquella lejanía los argentinos nos acostumbramos a esa idea de que descendemos “de los barcos”, no de algún pueblo mítico que poblara por siglos estas tierras. Somos una nación inventada y autopercibida: somos argentinos aquellos que decidimos vivir sobre suelo argentino, aguantando los fustazos de cada gobierno que pasa.
Pese a nuestro pasado inmigrante, la década del ‘90 significó un resurgir de cierto racismo y xenofobia, producto de un aumento exponencial de la inmigración desde países limítrofes. Con voluntad y esfuerzo, esos inmigrantes venían buscando lo mismo que los primeros, un futuro mejor para sus familias, optando por el doloroso desarraigo.
A diverso ritmo, según la coyuntura económica, a esa oleada se fueron sumando chinos, senegaleses, venezolanos y algunos otros, todos con la misma ilusión de prosperidad o incluso de libertad para poder vivir la vida que su país de origen no les permitió. Los años de bonanza taparon un poco esas demandas antiinmigración, que en épocas de vacas flacas vuelven a aparecer en boca de los ciudadanos pero -afortunadamente- no mucho en las de los políticos.
Los incidentes en el Congreso (movilizados por el kirchenrismo y la izquierda) dejaron la “novedad” de cuatro extranjeros detenidos: dos venezolanos, un turco y un paraguayo. Aprovechando parte de ese sentimiento que permaneció oculto, desde el gobierno salieron a asegurar que esperan deportarlos lo más rápido posible.
Acá no debe haber dudas respecto a la conveniencia de retirarles la posibilidad de vivir en el país a aquellos que no respeten las leyes y los valores bajo los que se les permite la inmigración. Si hay extranjeros que delinquen y atentan contra las instituciones se los debe tratar con todo el rigor de la ley, pero eso no debe esconder el hecho de que el gobierno no está prosperando en meter presos a los delincuentes que tenemos acá nomás, a los que son nuestros desde siempre.
El gobierno está jugando con fuego, porque cargar -al menos simbólicamente- la responsabilidad en cuatro tipos (el 15% de los detenidos y mucho menos que el 1% de los participantes en los disturbios) está abriendo la puerta a que estas expresiones de odio que hoy sólo circulan por redes sociales empiecen a salir a la calle, hasta finalmente convertirse en la plataforma electoral de algún candidato. Europa, Estados Unidos o Brasil lo subestimaron y hoy sufren las consecuencias.
No hay dudas que bajo el gobierno anterior nuestras fronteras fueron un colador, pero lo más grave de eso no fue que llegara gente deseosa de progresar (que trabaja, genera riqueza y paga impuestos en este país), sino que se establecieron redes de narcotráfico a través de las fronteras que beneficiaron a extranjeros que siguen en sus países de origen y a más de un político que hizo y financió (o hace y financia) su actividad política con dinero de infames actividades hasta para el mismísimo Vito Corleone interpretado por Marlon Brando.
La posible deportación de delincuentes extranjeros es una buena noticia, pero la estigmatización de los inmigrantes que vienen a poner el lomo en trabajos que el resto rechaza es una señal de alarma pensando en las consecuencias para el discurso político. El devenir de ese discurso no puede ser controlado por un gobierno que ha demostrado incapacidad para controlar a una oposición destructiva, que cansa a los ciudadanos con sus actitudes totalitarias y su discurso garantista.
Pensando en lo que viene hacia adelante, los responsables de la toma de decisiones deberían dejar de poner las culpas afuera o en los que vienen de afuera, para concentrarse en ellos y en los que desde siempre estuvieron adentro.