Que cierre el gobierno

Los norteamericanos tienen un mecanismo maravilloso para resolver el problema de la negociación por el presupuesto. Si no se aprueba, el gobierno se cierra.

Por Javier Boher
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gobiernoAllá por el año 2013 desde Argentina recibimos con sorpresa la noticia de que se cerraba el gobierno de Estados Unidos. Para los desprevenidos eso sonaba casi a la caída del comunismo, a una especie de colapso de la URSS que cambiaba radicalmente la política mundial. Por supuesto que no era nada tan trascendental, tan sólo un mecanismo político para visibilizar las trabas de la oposición o la intransigencia de los oficialismos.
Allá por los fines de los ‘70 y principios de los ‘80 el presidente Jimmy Carter, cansado de las volteretas de la oposición republicana, ideó un plan para dejar en evidencia las presiones de los legisladores del eterno rival de los demócratas. El plan era simple, pero brillante.
En base a una vieja ley para controlar el gasto público, resolvieron que si no se aprobaba el presupuesto, el gobierno no tenía cómo financiar su funcionamiento. Así, cada dependencia debía recurrir a una guardia mínima para cubrir sus labores hasta agotar su propio presupuesto y cerrar. Esto dejó a más de un millón de trabajadores sin cobrar su sueldo, que reclamaron por ello al partido republicano, que debió negociar bajo presión.
Muchos oficialistas de aquel entonces se reían de la falta de seriedad de nuestro vecino país del norte para encauzar sus conflictos. Entendían que era un símbolo de la decadencia política norteamericana que no podía imponer un simple presupuesto, algo que acá salía casi siempre con la fusta abajo del brazo. ¿A quién se le puede ocurrir que se puede debatir de plata con la oposición?
Aunque el actual presupuesto lleva meses de negociación entre las provincias y el equipo de Dujovne, aquellos que sólo gobiernan en centros de estudiantes y decadentes asambleas barriales creen poder imponer su voluntad sobre lo que ya negoció la política por los caminos correspondientes.
Los reclamos contra el ajuste y la deuda carecerían de sentido si las principales consecuencias de negar el debate del presupuesto fuesen -tal como logró señalar Carter- el ajuste y la deuda.
Si los planes sociales, las jubilaciones y los fondos para investigación o universidades se discontinuaran por la negativa a aprobar el presupuesto, probablemente la reacción de la oposición quedaría evidenciada.
Es difícil saber de qué manera podría reaccionar la gente si el gobierno empezara a restringir su labor. Tal vez nadie se daría cuenta, o quizás los más perjudicados serían los menos capaces de quejarse, porque seguramente los jueces, legisladores y funcionarios del ejecutivo seguirían cobrando en tiempo y en forma.
Las escenas de los choques entre las fuerzas de seguridad y los militantes de las múltiples agrupaciones que no son respaldados cuando intentan la vía de la representación partidaria son tan repetidas que cansan. Lejos de contribuir al establecimiento de mejores condiciones políticas, contribuye al agotamiento de las capas medias de la sociedad, que en lugar de agradecerles por su lucha contra el ajuste espera que ajusten a los que luchan.
La teatralización de la política que buscan los diputados opositores con sus imágenes como víctimas de la represión, ondeando banderas de Estados Unidos o sentando a una Lagarde de cartón en el recinto es una práctica válida en los tiempos de las redes sociales y la pelea por la viralización, pero sólo sirve para hacer política de redes, no para demostrar que uno sabe manejar las redes de la política.
Para los que se jactan de sabérselas todas (y que aseguran que no se gobierna con globos y temas de Queen) es una vergüenza su intento de ser oposición con maquetas y panfletos, pero ciertamente es más serio que la violencia que promueven con las piedras en la plaza. Ese infantilismo en las formas es peligroso, por cuanto la paciencia de los que no se identifican con sus ideas eventualmente se acabará.
Visto a la distancia, aquel episodio por el cual nos enteramos que en Estados Unidos el gobierno “cierra” cuando no se aprueba el presupuesto, lejos de ser un papelón internacional es un ejemplo de madurez democrática para resolver conflictos e imputar responsabilidades a los que se niegan a debatir. Porque las instituciones republicanas están para evitar los palos y las piedras en las calles, no para complementarlos.