Condenado a ser cordobés

Toda una genealogía cuartetera se respira detrás de las canciones, de las coreografías, de las palabras, de las bebidas y de la sensualidad que expone la ficción de la película “El potro: lo mejor del amor”, de la directora Lorena Muñoz, espejando a su manera los hechos reales.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

rodrigoDentro de la música, se verifican episodios que exceden el ámbito ártistico o el de la industria discográfica, para transformarse en fenómenos sociales y, en algunos casos, hasta políticos. La adhesión del público a un intérprete puede empezar a través de las canciones, pero se completa con el look, con el carisma, con las opiniones, con la actitud y con la biografía, hasta constituir una referencia que moviliza a miles de personas de una forma que está fuera de toda lógica. No cualquiera puede provocar este efecto y, de hecho, cada vez que eclosiona una figura de estas características, lo registran todos los sismógrafos.
El caso de Rodrigo Bueno ingresa, sin dudarlo, dentro de estos parámetros. Convertido en un paria del cuarteto en su ciudad natal, probó suerte en la escena de la bailanta porteña y consiguió allá todo lo que acá le era negado. Y para combatir ese chauvinismo cuartetero que señala como traidor al que abandona el circuito local de los bailes, Rodrigo hizo que todos los argentinos (y muchísimos extranjeros) cantaran “Soy cordobés”, una declaración de principios que resume el amor que el músico sentía por su lugar de origen, por más que aquí se lo hubiera expulsado hacia la zona marginal del género.
Por eso, si bien en la película “El Potro: lo mejor del amor” se escuchan la tonada, los modismos y el tunga tunga de la región mediterránea, el enfoque desde el que se atisban la vida, la pasión y la muerte del ídolo es netamente porteño. Y es que no podía ser de otra manera, porque fue allá donde Rodrigo brilló hasta enceguecer a todo un país, hasta reventar el Luna Park con una serie interminable de shows, después de haber padecido en los noventa un peregrinaje por los pocos salones de la Docta que los ilustres del cuarteto no ocupaban.
Y a pesar de la mirada capitalina que posa el filme de Lorena Muñoz sobre el Potro, no hay forma de obviar en su relato ese drama interno que consumió al cantante, obsesionado por reivindicar su estirpe cordobesa y cuartetera, pero exiliado del contexto donde esa identidad había cobrado sentido. Erigido ya en un embajador cultural del cuarteto cordobés en la gran metrópolis, jamás renegó de sus raíces y, por el contrario, decidió compartir su fama con las grandes glorias del género y retomar el sonido característico de un estilo que nunca antes había llegado tan lejos.
Es allí donde “El Potro: lo mejor del amor” alcanza su mayor mérito, porque consigue que los grandes éxitos de Rodrigo suenen de una manera tan formidable, que es imposible no contagiarse de la energía de su interpretación, acometida con un prodigioso empeño por Rodrigo Romero, un riocuartense que hizo así su debut antre cámaras. Todos los clichés que puedan caber en las dos horas que dura el filme, se disuelven en esos tramos musicales donde se puede apreciar con fidelidad cuáles eran los argumentos que el astro bailantero ponía en juego para seducir al público.
Toda una genealogía cuartetera se respira detrás de esas canciones, de esas coreografías, de esas palabras, de esas bebidas y de esa sensualidad que expone la ficción de la película, espejando a su manera los hechos reales. La parábola que va de aquellos bailes familiares de la Leo en la pampa gringa hasta ese trágico final de Rodrigo en la autopista Buenos Aires-La Plata, se dibuja con nitidez en el trazo de una realizadora que no puede evitar situarse desde un vértice metropolitano, pero que permite que su personaje central trasluzca la cordobesidad que fue al mismo tiempo su toque de distinción y su condena.