Etiquetando las desviaciones a la doctrina

La necesidad de nombrar a lo que nos rodea es innata, pero ponerle una etiqueta a los que se alejan de lo que conocemos es también una parte fundamental de hacer política.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

En sociología existe todo un campo de estudio que es sumamente interesante. Es el que se encarga de estudiar las desviaciones sociales. No tiene tanto que ver con un anhelo de purificación cultural ni corrección de los vicios de una determinada población, sino simplemente con identificar, estudiar y entender el por qué algunas acciones o conductas contradicen los mandatos que establece una sociedad.
Dentro de dicha área hay una línea en particular que ha desarrollado toda una aproximación teórica centrada en lo que dieron en denominar “etiquetaje”, que no es otra cosa que la acción de ponerle un rótulo a una persona o grupo por haber cometido alguna transgresión cultural.
No es algo nuevo para nosotros, porque aunque no les demos ese nombre, habitualmente usamos etiquetas para identificar a los desviados. En ese sentido los cordobeses hemos sabido hacer escuela a nivel nacional poniendo los más ocurrentes apodos, que no son otra cosa que una variación más familiar y simpática de rotulado.
En los últimos días ha habido una lucha incesante para ponerle nombre a eso que los cuatro redentores del peronismo postkirchnerista decidieron inmortalizar en una placa fotográfica. Todos salieron rápidamente a pelearse por el significado de tan bien lograda composición escénica.
Por supuesto que muchos creen ver en ese cuarteto imperial a los que le van a poner algo de ritmo a la reunificación justicialista. Todos representan al sector del peronismo que está pensando en construir una alternativa no kirchnerista para dar pelea el año que viene.
Los dedos empezaron a señalar a los asistentes a tan distinguida reunión para contarles las manchas de su pasado, como si todos llegaran a la edad adulta con un currículum limpio e inmaculado. “Mejor que decir es hacer”, decía Perón y “quien hace, se ensucia” insinúa Ala para vendernos su jabón.
Una consecuencia positiva de la discriminación sistemática a la que el kirchnerismo sometió a la provincia durante tanto tiempo fue que nuestro gobernador salió indemne. Urtubey y Massa fueron, por varios cuerpos, los que más golpes recibieron, porque su cercanía está muy bien documentada en un profuso archivo gráfico.
Lo de Massa es normal, principalmente porque la gente no olvida su paso por el cristinato. Por eso las etiquetas que acompañan al tigrense no son de tipo “trabajador” u “honesto”, sino más bien que apuntan para el otro lado, especialmente cuando pone su cara de estar pensando si dejó la pava en el fuego antes de irse de la casa.
El cruce inesperado fue el que enfrentó a Facundo Moyano y Juan Manuel Urtubey, que suelen recibir etiquetas de lo más “diversas”. El diputado criticó al gobernador por parecer más cambiemita que peronista, pese a haber sido ultracristinista. Él (massista ex kirchnerista en vías de adscribir al cristinismo) sabe muy bien de qué se trata eso de cambiar de bando.
La crítica de Moyano parece pasar por alto que los otros tres integrantes de la foto también prefieren dejar afuera del armado a la ex presidenta. Quizás sea porque Urtubey, tal como lo clasificó Hugo, es más de la oligarquía, otra etiqueta que le gusta usar al peronismo.
La pelea por ponerle nombre a la foto tiene que ver lo que sigue en el camino hacia el año que viene. Con un hipotético escenario de tercios y posterior ballotage, cada voto peronista vale demasiado para dos grupos que están desesperados por ganar el frente interno. Por eso los renovadores pretenden robarle al kirchnerismo los íconos y la liturgia de la que se adueñó (legal y legítimamente) tras la fallida intervención encabezada por Luis Barrionuevo.
Todos saben que con el poder del peronismo unificado no sólo se recuperan la mística movimentista, los bombos o la foto y el escudo en la boleta, sino también el poder para poner etiquetas. Y ahí sí, todos juntos, empezar a definir de punta a punta al adversario político que intenta desviar a la Argentina de la doctrina -y la práctica- justicialista.